Una de cine

Una de cine

En “La Jornada” del sábado 27 de julio de 2019 aparece un breve artículo de Juan Arturo Brennan, titulado “Roy Battyin memoriam”, en el que recuerda al androide Roy Baty, protagonista de la película “Blade Runner”, con motivo del deceso de su interprete Rutger Hauer (1944-2019). Si leemos la novela en la que se basó Ridley Scott para su filme de 1982, titulada “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, comprobaremos que Baty aparece hasta el capítulo 13, de 22, acompañado de su esposa Irmgard, carente de contraparte en el filme, y que Dick imaginó, como escenario de su historia, un mundo destruido por la guerra, carcomido por el polvo radiactivo, con una población diminuta alienada por dos religiones en competencia: el mercerismo y la televisión. Pero en las pantallas cinematográficas nada se nos dice de guerras o radiación, las deslumbrantes imágenes llenan ese vacío al retratar un mundo urbano, oscuro, pletórico de arengas favorables a la migración y anuncios de coca cola. Antes del advenimiento de las redes sociales todavía podía decirse que: “como una forma de cultura de masas, el cine constituye uno de los medios más influyentes para moldear significados políticamente relevantes” (Douglas E. Williams “Ideology as Dystopia: An Interpretation of Blade Runner” International Political Science Review (9) #4, 1988 pp. 381-394). Por eso interpretar películas constituye un medio de clarificar prácticas políticas, culturales y sociales. Blade Runnerdespliega una serie de temas típicos de la ciencia ficción reconstruidos bajo las convenciones de la novela negra popularizada por Chandler y Hammett, lo que permite una mayor indagación sociopolítica de las consecuencias del desarrollo tecnológico bajo el capitalismo avanzado. Así, son reconocibles tres temas clave de la ciencia ficción: la inteligencia artificial (IA), la guerra nuclear y los viajes al espacio como condiciones de desarrollo de una trama policial que revela la alienación, insatisfacción, ansiedad y corrupción de una sociedad postapocalíptica o posmoderna. Vamos por partes. La guerra nuclear no es problema explícito de Blade Runner, lo que vemos son sus consecuencias y las soluciones que se proponen para afrontarlas. Ante un mundo contaminado la solución no es cambiar el modo de producción, por el contrario, las corporaciones (como la Corporación Tyrell) han ensanchado el volumen de sus operaciones debido a que, como después de la segunda guerra mundial, se han abierto muchas áreas de oportunidad. Viajar al espacio para evitar el polvo radiactivo es una solución que genera el problema de la respuesta anímica de los seres humanos ante el duro ambiente alienígena, pero la solución es construir humanoides “más humanos que los humanos”, para que acompañen a los colonos. Sin embargo la aventura del espacio no es para todos: los muy viejos, los enfermos, los retrasado mentales, los rebeldes y los melancólicos no tienen permitido el viaje estelar, deben permanecer en la Tierra. Aparece explicito lo que podríamos llamar “entusiasmo tecnológico”, la creencia en que no es necesario cambiar el curso de las cosas, no hace falta detener el calentamiento global porque la geoingeniería puede reconfigurar las masas polares o, si no puede, un mayor nivel de las aguas permite la utilización de nuevas tecnologías hidráulicas. Ilan Semoha enfatizado la “ceguera ecológica” del capitalismo (La ecología, la clave. “La Jornada” 27/julio/19), cosa que queda clara en la reflexión sobre Blade Runner, pero además, cuando nos movemos del plano de la ciencia ficción de la película hacia su esfera “noir” notamos la acción del proceso de alienación. Cada androide Nexus-6 es superior a los humanos, en particular a los dejados en la Tierra, por lo que cuando ingresan en la atmósfera de nuestro planeta deben ser “retirados”, destruidos, lo que sugiere un manejo de la otredad típico del campo de concentración. Deckard no es un policía, semeja más un detective privado que caza a sus presas por orden de su patrón, que en la ficción de Dick es el gobierno mundial de las Naciones Unidas o, para el caso, cualquier gobierno que ya decidió cómo resolver sus problemas de migración ilegal. Retirar a un Nexus 6 no es un evento que se haga del conocimiento del público, queda bajo la severa vigilancia de la policía, y tampoco es un hecho del que se pueda enorgullecer un cazador, lo que queda de manifiesto en el capítulo 12 de la novela cuando Deckard medita sobre la manera en que Resch concibe la liquidación de los Nexus 6. Quizá es en este punto donde la conflación entre la componente de ciencia ficción y novela policíaca diseñada por Scott tiene su máximo acierto, porque se cambia la presencia del cazarrecompensas que infunde dudas en Deckard por la relación que se desarrolla entre éste último y Rachel, la “femme noir”. Al sentirse enamorado de un Nexus 6, de una cosa, Deckard y sus espectadores reflexionan de manera más profunda acerca del significado de la pregunta ¿qué es lo humano? Rutger Hauer, a pesar de carecer de los rasgos mongoloides del Baty imaginado por Dick, fue la viva encarnación, en la conciencia racista de nuestra época, del ser humano superior pregonado por la Corporación Tyrell: “Más humano que los humanos”.

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