Denuncia inmediata

Denuncia inmediata

Conozco el caso de un amigo cuyos cuentos admiro, no así sus novelas (ahora mismo ni siquiera recuerdo cuántas ha escrito), en realidad muy malas, forzadas, como auténticas camisas de fuerza para el más obeso de la clase. En una ocasión se lo comenté: tus novelas, en realidad pocas, para fortuna de los lectores, parecen, dan la impresión, de ser cuentos con finales de más páginas de las que en realidad merecería cualquier mediocre final (le cité algunos de los finales narrativos más memorables).

Fui burlón: parecería que te ponen una pistola en la cabeza y que tu editor te obliga a alargar las “short history” hasta que haces de ellas las novelas tan malas que te salen. Guardó silencio y dijo que sí moviendo la cabeza como si se tratase del chavo del ocho. Luego me explicó: él creía lo mismo, vamos, lo pensaba acerca de su propia obra literaria y me decepcionó por completo. Las mayoría de las editoriales importantes en México —recalcó importantes como quien dice el nombre de su canción favorita— ya no se interesaban por libros de cuentos, ahora sólo pedían (en realidad, contrato en mano, exigían) novelas… medianamente buenas, mediocres, malas, apestosas, pero novelas, de esas que te escribes de cuatro a siete y con cuatro wiskis de más, de esas sin pies ni cabeza, de esas donde basta que pongas a un personaje clave contra una serie de circunstancias adversas (estilo XIX), dos o tres personajes malos, geografías inauditas o de ciencia ficción y ya está: abres la puerta del horno de la estufa, sacas tu engargolado, tu memoria USB y la llevas a cualquier editorial, pero, ¡anímate, hombre!, la fama como mediocre novelista te espera, y en México, si se mira bien, cualquiera puede ser novelista.

Mi amigo dejó de serlo por líos de faldas, continúa escribiendo novelas mediocres que él mismo sabe que tan solo cumplen las expectativas de un mercado literario poco exigente como el mexicano (y que se venden a 20 pesos en los remates de libros), obtuvo una (¡anímate, hombre!) beca del Sistema Nacional de Creadores (SNC) come y bebe mejor, usa sombrero de hacendado sin ser hacendado y vive como un intelectual rico sin serlo; se olvidó de lo buen cuentista que era y como nostalgia de una vocación que se fue al carajo queda su primer libro de cuentos.

A muchos escritores les ocurre lo mismo. Se saben buenos a la hora de escribir cuentos, los presumen, talentosos, con mucha vocación, y ceden a los caprichos de las editoriales en cuanto éstas les condicionan los contratos a cambio de que cambien de género literario. En ocasiones el resultado es que se produce un nuevo género literario que se sitúa a media distancia entre el cuento tradicional de la abuelita y los primeros albores de la novela rusa, y se vuelven historias flojas que pudieron haber sido excelentes cuentos, pero que al ser forzados como novelas se quedaron ahorcados.

No es el caso, por supuesto, de Jeffrey Eugenides, ni tampoco son las mismas circunstancias editoriales: hablamos de un país (Estados Unidos) donde escribes un cuento, lo mandas a un publicación periódica, gusta, te lo publican y aparte… ¡te pagan! Lo anterior condujo a F. Scott Fitzgerald a forzarse a escribir sus últimos horribles cuentos, “The Pat Hobby stories” (Esquire, 1940-1941) con tal de ganar unos cuantos dólares que le permitiesen seguir viviendo a lo Gatsby cuando en realidad él era más maldito que hermoso.

Jeffrey Eugenides destaca como lo mejor de la narrativa estadounidense actual y son varios los motivos para que ello ocurra. Su voz narrativa es original, de tal manera que ahí donde uno puede pensar que no existe tema para la literatura él da con uno, lo desarrolla, al principio puedes pensar que de manera complicada, luego llegas al final del cuento, revisas su estructura, te percatas que en realidad es más sencillo de lo que parece y que, sin embargo, tras de tal andamio existe una maestría en el arte de narrar.

Eugenides saltó a la fama por “The Virgin Suicides” (1993) y por la inmejorable adaptación cinematográfica realizada por Sofía Coppola; posteriormente escribió una segunda novela, “Middlesex” (2002), la cual fue reconocida con el Premio Pulitzer de ficción y de la que ignoro si existe traducción al español (ahora mismo veo que sí hay y está también en Anagrama), sin embargo se deja leer bien en inglés (y el inglés de Eugenides, créanme, no es propiamente el de Wilde) y se consigue e-pub a muy buen precio. Fue la editorial Anagrama quien se encargó de publicar en español la siguiente novela, “La trama nupcial” (2011), la cual es un entramado de situaciones ridículas, amorosas, intelectuales, sexuales, de experiencias literarias en torno a una pareja que un buen día decide unirse y un buen día decide mandarse al diablo (una novela que, estoy seguro, a Jorge Ibargüengoitia le habría encantado).

De aquí nos llega “Denuncia inmediata” (Anagrama 2018), una recopilación de cuentos que Eugenides ya había publicado en distintos medios impresos de Estados Unidos y la cual está muy bien sopesada tanto por el número de cuentos que Eugenides incluye, 10 cuentos, como por la muy buena edición del libro, porque en lo que respecta a los libros de cuentos no sólo se debe propiciar una unidad temática (al menos mínimas similitudes) sino saber distribuir los cuentos de tal manera que cuando el lector finalice la lectura de la obra completa, los 10 cuentos, sienta el golpe dramático de todas las narraciones, por ello es que cuando hablamos de un libro de cuentos hablamos de dos efectos, uno de ellos inmediato y otro retardado; el inmediato es el que ocurre cuando finalizas la lectura de un cuento, cuando consigues atar todos los cabos sueltos que el autor dejó por el camino y te quedas con la impresión de que tú mismo viviste esa historia, que los personajes, por muy lejanos que parezcan, son tuyos por medio de la lectura; el retardado es cuando vas hilando cada uno de los cuentos, hasta que comprendes desde el título, hasta todas las emociones vertidas en el libro, y con “Denuncia inmediata” lo anterior se cumple con creces.
Eugenides nos entrega personajes e historias realmente entrañables con grandes lecciones de vida (acaso sin que él mismo se lo propusiera) que no tienen que ver para nada con posturas moralinas o dogmáticas (no se confundan). Hay a lo largo de los cuentos ese toque de humor que tanto caracteriza la prosa de Eugenides, pero también esos efectos dobles donde ese mismo humor se mezcla con alguna situación dramática que termina por detonar la narración para llegar al desenlace. Encontramos cuentos cuyo arranque nos parecería humorístico y repentinamente sufren un revés para mostrarnos los rincones más oscuros de los personajes; finales totalmente inesperados, narrativamente perfectos.

Poco a poco Jeffrey Eugenides se ha consolidado como un autor al que vale la pena seguirle los pasos. “Denuncia inmediata” es un libro de cuentos muy recomendable.

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