Los brotes de mayo

Los brotes de mayo

Este mes que comienza viene cargado de muchas conmemoraciones que le dan sabor al caldo de la convivencia humana que le da sabor a la vida de los mexicanos en escalas de magnitudes diferentes aunque todas muy importantes. El 1º de mayo, Día del Trabajo; 3 de mayo, Día de la Santa Cruz; el 5, Aniversario de la Batalla de Puebla; el 10, Día de la Madre; el 15, Día del Maestro; 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia; 20 de mayo, día del Psicólogo y el 23, el Día del Estudiante.

Para empezar, ya el pasado primero de mayo la gente se la pasó cachetonamente sin hacer gran cosa, porque a pesar de caer a mediados de semana, como en los viejos tiempos hubo suspensión de labores. Bendito Día del Trabajo en el que muy pocas gentes trabajan y aquellos que lo hacen, aunque sea por gusto, arrastran sentimientos que van desde la culpabilidad hasta la deshonra cuando tienen que explicar a quienes disfrutan el derecho del asueto que están en paz con su conciencia cívica. A fin de cuentas, la paradoja sigue siendo que por qué carambas alguien se atreve a trabajar en este glorioso día, surgido como siempre de un acontecimiento histórico en agravio de los trabajadores en Chicago el año de 1889. Como todos los movimientos de los trabajadores, deben mantenerse las luces de alerta en la lucha por sus derechos, pues su contraparte, los poderosos y sus subordinados en el gobierno, siempre están velando armas para inhibirlos.

El día tres, Día de la Santa Cruz, está destinado a festejar a los trabajadores de la construcción, hay varias versiones sobre el origen de la celebración, sobre todo las que datan desde la fundación del cristianismo, pero se dice que la celebración en México data desde la Colonia en los tiempos de Fray Pedro de Gante y aunque Juan XXIII la eliminó del calendario litúrgico, la celebración tiene tal arraigo que el Episcopado mexicano la permite y la celebra. Feliz día, compañeros de la construcción, ingenieros y arquitectos.

El 5 de mayo se conmemora el único episodio bélico del que de algún modo hay que escribir a casa en nuestra muy apabullada República Mexicana –junto a algunos episodios heroicos de la guerra de independencia contra las fuerzas realistas y la memorable Derrota de la Noche Alegre contra Hernán Cortés y sus aliados-, la Batalla de Puebla, sobre todo por el resultado, la feroz paliza que el ejército mexicano y sus refuerzos, los aguerridos guerreros de los pueblos originarios, en especial los zacapoaxtlas (que en realidad se trataba del sexto Batallón de Guardia Nacional del Estado de Puebla) le pusieron al orgulloso ejército francés, que vino a un día de campo y descubrieron que las peras estaban a veinticinco y tuvieron que regresarse a sus posiciones en Veracruz con la cola entre las patas, literalmente, porque algo traían arrugado en el cuerpo en su desorganizada huida del campo de batalla.

Y ahí viene el 10 de mayo. Un día de celebración que de acuerdo a este escribiente no debía de existir, el Día de la Madre. No debe celebrarse porque a la mamá no debe festejársele, se le debe honrar con el pendiente directo de procurarla, respetarla y ver por su bienestar todos los días, no solo uno. Por otra parte, la mejor manera de honrar a la madre y en general a la familia de donde se procede, es siendo buenos hijos, buenos ciudadanos, buenos seres humanos, pero parece ser que algo en la educación colectiva de nuestro pueblo no sido bien encauzado. Por alguna razón cuando se piensa en lo más puro honesto, venerable y respetable, la mayoría de las personas acuden a la imagen de su propia madre, sea la señora como sea en lo que se refiere a su presencia familiar y social, pero cuando se trata de ofender a otra persona, se acude a la ofensa que inicia con la mención a la ascendencia materna del ofendido. Probablemente, este tipo de menciones dio origen a lo que popularmente se denomina “mentadas de madre”. Otro resultado más de esa tara social que distancia a los ciudadanos de la convivencia civilizada con el prójimo, la mala educación.

Ahora bien, volviendo a la tesis de los amores de madre, ¿por qué no, estimado lector, hacer el siguiente experimento? En lugar de desbordar todo el amor de hijo en una sola canasta el 10 de mayo, habría que administrarlo de a poquito y recordar que todos los días se tiene madre, hablándole por teléfono y haciendo visitas cortas, procurar, aunque sea uno o días a la semana, convivir un buen rato con ellas y disfrutar su felicidad por tener a sus bodoques a su lado. Ah, y lo mejor de todo, olvidarse de las mamás ajenas. Además, cuando ellas llegan a faltar, queda un vacío de amor irrecuperable. Ellas no siempre son culpables de la clase de valores o antivalores que sus hijos van acumulando en sus procesos de vida.

Mejor, habrá que aprender a ser respetuosos con nuestros prójimos.

Después se seguirá platicando de nuestros festejos de mayo desde una perspectiva más amable. Mientras, a todas las madrecitas, ¡feliz Día de las Madres!

Y a la mía, mi amor, mis oraciones y respeto, a donde quiera que esté.

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