El Coronel ya no tiene quién lo escriba [Taller Liteario Gabriel García Márquez]

El Coronel ya no tiene quién lo escriba [Taller Liteario Gabriel García Márquez]
Taller Literario Gabriel García Márquez en Colombia

La Gualdra 337 / Literatura

 

 

Toda iniciativa para promover las letras y la convivencia es loable, pero hay ciertas palabras, ciertos nombres, que generan expectativas excedidas.

De viaje para presentar un cuaderno de cuentos en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, fui invitada al Taller Literario Gabriel García Márquez que opera en la sede de posgrados de la Universidad Autónoma de Colombia, ubicada en el tradicional barrio La Candelaria.

¿Cuántos talleres literarios en Colombia (y en el resto del mundo) ostentarán el nombre “Gabriel García Márquez”? Lo ignoro. Al que me referiré fue el primero en fundarse, según me cuentan orgullosamente.

Justo después de que le fuera otorgado al escritor el Premio Nobel de Literatura, en 1982, como reconocimiento a su obra, un curioso personaje, Eutiquio Leal, organizó en Bogotá, en el seno de la Universidad Autónoma de Colombia, el primer taller de escritura.

Eutiquio Leal en realidad se llamaba Jorge Hernández Barrios, y su trayectoria es, por lo menos, particular: el escritor fue jornalero, periodista, agente viajero, soldado raso, guerrillero y profesor universitario. Siendo empleado de un banco en Cali al momento del “Bogotazo” de 1949, decidió internarse en la montaña con la naciente guerrilla. Allí usó varios sobrenombres y alcanzó el grado de comandante, pero, al cabo de los años, volvió al ámbito urbano para continuar su militancia desde las trincheras de la literatura. Ganó numerosos premios y todas sus semblanzas aluden a la casa que se hizo construir con sus ganancias.

No sólo fue iniciador en Colombia de los talleres de escritura, sino que fue miembro fundador y directivo de la Unión Nacional de Escritores, UNE.

En sus inicios el taller fue un laboratorio que generaba vigorosos textos marcados por el compromiso social, tan apremiante en el país. En fin, a la muerte de Eutiquio Leal, en 1997, el Taller Gabriel García Márquez quedó en manos del abogado Hugo Correa Londoño, quien lo maneja hasta hoy en día.

El taller actual es una especie de club social que se dedica a cultivar el placer de las letras en modo diletante, sin requisitos precisos, sin normas estrictas, sin programación o rigor, de manera que los miembros se sientan libres. Se reúnen todos los sábados en el Patio de las Leyendas de un inmueble de la Universidad Autónoma, y comparten durante tres horas sus escritos y, sobre todo, anécdotas de sus vidas y opiniones sobre la situación política, económica y social que les tocó vivir.

Dado que no hay normas de ingreso y permanencia, los participantes, más personajes que autores de fabulaciones literarias, se presentan en número variable en cada ocasión, habiendo unos quince miembros regulares y otros que asisten de manera esporádica, la mayoría retirados de muy diversas profesiones. Varios han autopublicado sus obras y ocasionalmente obtenido el apoyo de la universidad.

También organizan presentaciones de libros, tertulias en las que recuerdan a los miembros desaparecidos, reuniones extraordinarias de clausura de sesiones y otras conmemoraciones.

Mi visita fue considerada una de esas asambleas fuera de lo común y buena parte de mi estancia en el recinto se fue en constatar el cariño que los colombianos le tienen a México; se habló de cine, de música, de la violencia. Poco de libros o de procesos creativos, aunque sí pudimos hacer un pequeño ejercicio de ficción mínima a partir de una imagen.

Me enteré también de que el taller promovió la creación de un premio literario con el nombre de Eutiquio Leal, que tuvo cuatro ediciones: 1999, 2012, 2014 y 2017. El último, convocado a los veinte años de la muerte del escritor, tuvo que declararse desierto a falta de participantes.

Esto me hace pensar que, pese a las buenas intenciones y el deseo de legitimar esfuerzos, el uso de los nombres de personajes de un modo u otro consagrados, ya sea en la literatura, la plástica u otras artes, no asegura el éxito de los proyectos ni certifica las cualidades de sus partícipes.

Ésta no necesariamente es la situación generalizada de las letras colombianas, por fortuna. Y, no obstante las críticas que de manera local levanta, la FILBO es la prueba fehaciente de que existe una próspera industria editorial (lo que se puede entender como próspero en términos latinoamericanos), con una multitud de propuestas independientes y marginales respaldadas por proyectos emergentes pero cuidadosamente cavilados, así como una nueva generación de escritores que intenta dejar de lado la imitación del Boom y que no se alinea en la continuidad del realismo mágico, sino que procura otros lenguajes con los cuales expresarse.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-337

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