Oro Molido

Oro Molido

Oro molido, decían mis tías que me había encontrado. Ay ese Ernesto tan formal, tan serio, tan buen muchacho, tan guapo, tan… será campana, pensaba. Y yo de tonta me creía todo lo que me decían. Ahí está que cuando me pidió que me casara con él no dudé un momento en aceptarlo. En la boda todo mundo lo chuleaba y me decía: Te has encontrado una mina de oro, qué suerte te ha tocado, ojalá y mi sobrina Luz se encuentre un marido igual. Pero llegamos a la casa después de la luna de miel y empecé a verlo con otros ojos. El oro poco a poco fue perdiendo su brillo. Mientras recogía la ropa que dejaba tirada en el piso, cuando tenía que lavar la taza del baño, cuando lavaba los trastes o tenía que prepararle hasta tres veces la taza de café, cuando teníamos que dormir los dos juntos en la misma cama. Oro molido, nada más recordaba, ahora entiendo por qué mis tías me lo decían, en la familia nunca fuimos buenos para eso de las inversiones. El oro simplemente se fue desintegrando.

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