Historia

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Nadie vive en el pasado pese a la melancolía, el futuro permanece desierto, aunque es inminente que será habitado, el presente es el faro desde donde observamos lo que queremos, o esperamos, que llegue a ser. Por eso la historia del presente es partisana, quien la escribe vive en el incesante hoy para tomar partido, para decidir. Suscitada la pregunta por el estatuto epistemológico de la historia del presente por Luciano Concheiro en su artículo sobre María de Jesús Patricio Martínez, la vocera del CNI (Revista de la Universidad de México, #829 (2017) Octubre, pp. 56-61), su pertinencia no decrece pese a que el nombre de Marichuy no alcance las urnas. Para Concheiro la historia del presente es partisana sólo si nos fijamos en las resistencias, nos gustaría afirmar que en el presente no hay más que resistencia frente a la dominación, que es una actualización de la “débil potencia mesiánica” que poseen todas las generaciones que peregrinan por la tierra.
Desde el principio se asumió que el fin de la iniciativa del CNI y su vocera Marichuy no era lograr la candidatura, sino organizar a los mexicanos y escuchar acerca de las luchas que libran, es decir: alcanzar no una posición en las jerarquías estatales, sino en el plexo del presente mexicano mediante la propuesta de que la gente se auto organice para mejor gestionar sus demandas. O, por decirlo de otra manera: la propuesta es construir la “sociedad civil”, algo que los partidos no han hecho y no podrán hacer por una buena razón: están constitutivamente impedidos para ello porque su propuesta consiste en lograr el poder estatal para desde ahí organizar centralmente la sociedad. Su imaginación postula un centro desde el que todo irradia, no una pluralidad enlazada de centros que indican que no hay un centro, sino un rizoma, una apretada red de comunicación en la que se difumina la capacidad de control unilateral para privilegiar el diálogo y el conflicto descentralizado.
El presidente de la República sigue siendo el núcleo de todo el sistema político, y cualquier lucha fuera del escenario electoral es marginal, como las luchas de una posible, siempre en ciernes, sociedad civil. Todo se resuelve en el centro, y quien está fuera de Ciudad de México casi no existe. La historia de las regiones del país es historia provinciana carente, casi, de interés, incluso para los que las habitan, que cuando pueden migran hacia algún centro (la Cd. de México, o alguna ciudad de allende el río Bravo) o permanecen como “colonizados” mentales, cuyas aspiraciones caducaron cuando la tierra que los vio nacer no les permite el desarraigo. Proponer que en cada lugar de residencia la gente se auto organice para enfrentar sus problemas es reconocer la importancia de cada lugar, así como la inteligencia y capacidad de sus habitantes: nadie mejor que uno mismo de administrador de sus aspiraciones, para descubrir que el centro está en todos lados y el mundo natural mantiene una cierta homogeneidad que la acción humana puede alterar. Planteado así es una batalla cultural que tiene la esperanza de volverse, un día, batalla política en el sentido que le dio Carl Schmitt en su “El concepto de lo político”. ¿Por qué? Simple: la esencia de lo político es el reconocimiento del antagonismo irreducible entre concepciones sustantivas del cómo vivir y la consecuente toma de partido. La crítica hacia el liberalismo es directa, y la tomó Schmitt mutatis mutandis de Donoso Córtes: el talante liberal no acepta tomar ninguna decisión respecto a cuestiones radicales, postergándola mediante el diálogo indefinido en el parlamento. No resuelve, simula que resuelve, por lo tanto, conserva una estructura ya dada de sociedad. Este es el punto nodal del antagonismo que se vislumbra entre las dos propuestas, y las dos sociedades que imaginan (incluso una dictadura sin fin es difícil de imaginar). Lo que tenemos en México es una democracia liberal que tiene dos objetivos: garantizar la representación y facilitar el acceso a la información para propiciar el “mercado de las ideas”, limitado por el marco constitucional. A los partidos pertenecen los medios de representación, y a los medios de comunicación el debate de las ideas; aquellos sufren, en México, un descrédito general mientras que los medios de comunicación (e.g. “Este país” (2017) Agosto) están acechados por la “posverdad”. Las batallas electorales y parlamentarias de los partidos casi nunca son el escenario del debate de las ideas que acontece, si lo hace, en otro lugar, pero casi siempre modulado por las necesidades del Estado-nación que, en fin, está configurado por los partidos. De tal suerte que la democracia liberal se reduce a una serie de convenios entre los actores principales, siendo fundamental la preservación del marco jurídico y la forma del sistema económico. Cualquiera que pretenda irrumpir sin aceptar las premisas de partida, que están sesgadas de inicio, perderá, acaso implante una leve conmoción en las cúpulas, agite en algo a sus seguidores, aparezca de pronto en los medios de comunicación, pero resultará ignorado en general, mostrando con ello algo básico: la discusión es irrelevante. Ningún partido discutió la propuesta de la vocera del CIG, ninguno asumió debatir la estructura de representación o los problemas ecológicos. Postergar, hasta ganar, para después olvidar. ■

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