Una colcha roja en un cuarto azul

Una colcha roja en un cuarto azul
Javier Manrique y Maliyel Beverido en la exposición.

La Gualdra 323 / Arte

 

La cola para la taquilla llegaba hasta el eje cruzando toda la explanada. Adentro había otra cola, que controlaba el acceso por la doble escalinata del Palacio. En el primer piso había una cola más, para el ingreso a salas. Tal vez porque las vacaciones decembrinas son el tiempo ideal para pasear en familia o con amigos, o porque había surtido efecto la publicidad enfocada en la reconstrucción tridimensional del Dormitorio en Arles, cuadro de Van Gogh, la exposición Rojo Mexicano parecía ser un éxito de concurrencia, de modo que el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México parecía un centro comercial en quincena.

La última cola fue, por supuesto, para entrar en la famosa habitación y poder tomarse la foto. Porque en suma de eso se trataba, de poder hacer una bonita selfie dentro de un diorama de la pintura que Van Gogh hizo a fines del siglo XIX de su austera habitación en el sur de Francia. Por lo que podía escuchar de los comentarios de quienes, como yo, estaban esperando su turno para pasar unos breves y apresurados instantes en esa instalación de ensueño, la mayoría había sido atraída por el cuarto, sin poner mucha atención en cuál sería el contenido de la exhibición hasta que llegaron a ella. Y sí, digo bien por el cuarto, más que por el cuadro mismo, que también forma parte de la muestra. Del Dormitorio en Arles existen tres versiones, y si se incluyó una en esta exposición es porque en todas la colcha o cobertor que cubre la cama es de un intenso rojo que casi no ha variado a pesar del tiempo, pues fue obtenido usando grana cochinilla como pigmento, y ése es precisamente el tema: el uso y expansión de este insecto, parásito del nopal, que tanto influyó en el desarrollo de las artes sin que hasta ahora se considerara su real importancia.

La expo es un acierto en varios sentidos. Incluye una base científica derivada del coloquio internacional sobre la grana cochinilla al que Bellas Artes convocó en 2014, con una importante participación del Instituto de Ecología de Xalapa. El concepto curatorial de Georges Roque es vasto y variado. Y es que la grana cochinilla fue durante más de 300 años, el segundo producto de exportación más importante del país (después de la plata). Dado el valor simbólico del color rojo, su comercio tuvo importantes repercusiones desde mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XIX en ámbitos más allá de la pintura, y por eso la expo se divide en los apartados Arte, Ciencia, Economía y Sociedad. Así, analizando desde su naturaleza hasta sus diversas aplicaciones, se nos desvelan algunos aspectos de la grana cochinilla que ignorábamos.

La revista Artes de México había consagrado en 2013 un número, Del rojo al rosa mexicano, a la descripción de la aventura cultural que representa la gama de tonalidades que identifican a nuestro país ante el mundo. En esta revista se menciona, por supuesto, a la grana cochinilla, pero aborda otros pigmentos, como el cinabrio, y se enfoca en el valor estético y simbólico del color, no en su obtención.

En el congreso de 2014 investigadores de los museos más importantes del mundo descubrieron que la grana cochinilla mexicana estaba presente en algunas de las obras de arte más famosas de la historia. Valía la pena reunirlas.

La muestra cuenta con 21 piezas de 11 acervos internacionales (una de las cuales es El Dormitorio en Arles) y 49 de 16 colecciones nacionales.

Están, por supuesto, los diversos ejemplos del uso, desde tiempos prehispánicos, de este tinte rojo en el textil. Se ve el abanico tonalidades que se puede alcanzar en un muestrario de madejas de lana. Fue a través de textiles teñidos como los españoles tuvieron el primer contacto con el pigmento. También se traza la importancia del rojo como símbolo de poder político y religioso en el periodo novohispano, y siguiendo el recorrido histórico del arte se pueden observar obras de los grandes maestros venecianos Tiziano y Tintoretto, así como de Velázquez y el Greco. También se exhibe una extraordinaria marina de Turner (aunque se dice que los análisis científicos no pudieron determinar al 100% que la obra tuvieran rastros de cochinilla), así como su caja de materiales, pieza que además de interesante (ésa sí contenía pasta de cochinilla) resulta conmovedora pues nos acerca al hecho artístico desde la intimidad.

Pero parece ser que los impresionistas y posimpresionistas gozan de mayor popularidad que los otros, y la publicidad apostó por Van Gogh, cuya obra incluso está en la portada de la página web dedicada a la exposición (museopalaciodebellasartes.gob.mx/rojomexicano). El boletín de prensa también pondera esta pieza, y la mayoría de las reseñas abren mencionándola. Es un valor seguro, reconocible.

Afortunadamente el espléndido catálogo que, en colaboración con la Fundación Mary Street Jenkins, se imprimió para la ocasión (que, dicho sea de paso, constituye un excelente documento de consulta con sus 19 ensayos) prescindió de privilegiar una obra artística y optó por una portada tipográfica.

El caso me devuelve a las reflexiones acerca de los cómos y porqués de la promoción y difusión de las actividades artísticas. Creo que es válido hacer uso de las tendencias (como en este caso la ya inevitable selfie) y de lo más público y notorio para enganchar al espectador a tener una experiencia sensible y profunda como lo es visitar una exposición tan amplia y compleja. Ojalá que al menos la mitad de los que fueron atraídos sólo por la posibilidad de la selfie tengan, efectivamente, además de un instante superficial y anecdótico, un momento lúdico, de esos que dejan una entrañable huella, intelectual o emotiva. ¿Tendrá Bellas Artes implementado un seguimiento a su campaña para evaluar sus consecuencias? Ojalá. Yo la verdad sí salí impactada de la muestra… y también me tomé mi selfie.

En todo caso esperamos ver en el futuro una exposición dedicada al azul añil así de bien lograda.

 

 

 

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