Llámame Brooklyn

Llámame  Brooklyn

Es un hombre misterioso. Observador. Silencioso. Acordamos la entrevista en un viejo lugar del centro donde ahora hay una pizzería en el patio principal. No vamos a poder charlar. Fue lo primero que pensé cuando entré al lugar: la música, la charla de los comensales, el ruido. Una marejada de interrupciones.
A Eduardo Lago lo conocía por fotografía, así que cuando entré lo vi en lo alto del segundo piso del lugar, recargado en el barandal, observando detenidamente a todos los que se encontraban abajo. Una mirada especial. Es necesario restar exageraciones: tampoco se trataba de una mirada que te fuese a cambiar la vida.
Cuando has entrevistado a más de un autor sabes que su mirada no sólo dice mucho de ellos sino de su prosa. En el caso de Eduardo Lago una de las mejores prosas hoy en día. Nadie me paga por promocionarlo. Lo digo tras leer detenidamente una de sus novelas más representativas: Llámame Brooklyn, puesta en español gracias al loable trabajo de la Ediciones Malpaso. Pero me estoy adelantando. Permítanme regresar a ese primer momento en que me encontré con su mirada.
Apareció en medio de las grandes escaleras la mujer responsable de prensa de la editorial. Me reconoció, nos saludamos. ¿Ya estás listo? Me preguntó. En ese momento yo ignoraba Llámame Brooklyn. Iba a la entrevista por una de las novelas más extrañas que me había tocado leer. Tan sólo el título parece retar nuestra cordura: Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee (Malpaso ediciones 2013).
Si ustedes dan con la imagen de Eduardo Lago le pueden poner cuantas identidades se les ocurra. Podría pasar por un asesino serial. Pero también podría pasar por el protagonista de una serie ácida de humor inglés. Y por excelente novelista.
Llegamos al segundo piso. Ahí estaba. Alto, un poco encorvado, con sus lentes de pasta negra y cuerpo como de luchador grecorromano. La responsable de prensa le preguntó si le parecía conveniente que la entrevista se llevara a cabo en uno de los salones vacíos. No me pregunten por qué estaban vacíos. El hecho es que sólo había, al fondo, una mesa y dos sillas. En lugar de entrevista aquello parecía el banquillo de los acusados. Hacia allá nos dirigimos Eduardo Lago y yo mientras la responsable de prensa nos preguntaba que si queríamos tomar algo. Pedí una cerveza Victoria. Eduardo hizo lo mismo. Y comenzamos a charlar.
Si algo distingue la prosa de Eduardo Lago son los juegos muy bien planteados que hace entre la realidad y la literatura. A través de su prosa construye múltiples escenarios que en sus diferencias guardan más de una similitud. Pongamos que llega un momento en que no sabes de qué lado estás. Juega con el lector a la vez que lo entretiene. Pero sabe tomarse su tiempo. Si algo no le urge a Eduardo Lago es publicar: tiene la paciencia, necesaria en muchos autores, de dejar que las cosas tomen la forma que les corresponde. Así sea para el capítulo de una novela. Y claro que hablamos de la novela. De los juegos que hace con las voces narrativas. Y de literatura. Parecía como si a Eduardo Lago le preocupara más hablar de sus afinidades literarias, de los consejos de sus amigos, que de su obra en sí.
Entonces me lo confesó. Yo también he entrevistado a muchos escritores, ¿sabes? Entre ellos destacó un nombre: Paul Auster. Lo hizo porque, agregó, era muy buen amigo de él, incluso había una correspondencia epistolar de por medio donde cada quien hablaba de lo que en esos momentos estaba escribiendo.
Luego enumeró una lista de autores a los que también había entrevistado y una que otra anécdota curiosa. Así fue como en esa primera ocasión llegamos a Llámame Brooklyn, novela que para entonces no tenía traducción al español y conseguirla en inglés era difícil. Digamos que la capacidad de sinopsis literaria de Eduardo Lago fue tal que me emocioné lo mismo que un niño cuando descubre una dulcería a unas cuantas calles de su casa. Ahora era yo el que le hacía preguntas acerca de la novela. Eduardo me contó todos los detalles. Lo hizo como el arquitecto que presume una de sus mejores obras. Me habló de los balcones. Me habló de las habitaciones. De la cocina. Me quedé con las ganas y al final prometió hacerme llegar un ejemplar en inglés, lo cual por cierto nunca ocurrió.
Ignoro quién fue el responsable en Malpaso Ediciones de conseguir los derechos de la traducción. Pero sin duda se trata de uno de esos locos a los que les debemos que a nuestras manos lleguen grandes obras literarias. Quiero decir que Eduardo Lago es un autor que no es conocido en México, y que muchos de los que lean lo que aquí se escribe quizás me tachen de barato publicista cuando se den a la tarea de leer Llámame Brooklyn. Y tal vez tengan razón. Las mejores propuestas literarias ocurren en ocasiones entre disparates.
Llámame Brooklyn llegó a mis manos tras una larga espera. No les voy a mentir: quizás no puse mayor atención para tratar de conseguir la versión en inglés. Sin embargo, en cuanto comencé a leerla comprendí que me iba a enfrentar a un monstruo literario. Pongan ustedes un monstruo cojo. O uno tuerto. Pero monstruo a fin de cuentas. Llámame Brooklyn llega hasta nuestras manos precedida de tres premios. Premio Nadal 2006. Premio Ciudad de Barcelona 2006. Y Premio de la Crítica 2006. Ahora bien, sabemos que en ocasiones (en la mayoría de las ocasiones), los premios no nos dicen nada de la obra literaria. Sabemos que en ocasiones es cuestión de suerte, como cuando compras un billete de lotería y al menos sacas reintegro. Sabemos, y está ampliamente documentado desde la década de los sesenta, setenta en la literatura mexicana, que aún existen compadrazgos que se pasan la papa caliente sin ninguna ética ni moral, que se reparten premios y becas como si de en Familia con Chabelo de tratara, y que se han presentado casos donde no obtiene la beca, curiosamente, toda la familia, como si de regalo de despensas en elecciones se tratara. Creo que el caso de Eduardo Lago no es así.
La obra tiene momentos realmente memorables y personajes tan bien construidos que nos resultan entrañables. Sí, tiene un poco de lo mejor de Paul Auster. Sí, tiene un poco de lo mejor de Cortázar (hagan ustedes un paralelo con Rayuela), y aun así lo que Eduardo Lago nos entrega es una novela original.
Para los estudiosos de la literatura es que Eduardo Lago presenta esta edición corregida diez años después. Mucho de lo que el autor nos dice al principio tiene que ver con la gestación de la obra literaria, información valiosa si se desea escribir un ensayo acerca del autor. No obstante, ahí darán ustedes con datos que hoy en día ya no se encuentran. Por ejemplo: “Me escuchó con paciencia (se refiere a un agente editorial) y cuando terminé me dijo que sólo podría ayudarme si yo le daba una novela. Tengo una, le dije, y le hablé del Cuaderno de Brooklyn, la novela que llevaba más de diez años escribiendo (…) con instinto certero, Antonia me dijo: ‘si llevas tantos años escribiéndola será algo muy irregular. Ahí tiene que haber todo tipo de voces y estilos. Lo mejor sería que empezarás algo nuevo’”. ¿Algo nuevo tras dedicarte por completo a una novela que ya te ha llevado escribir diez años?, ¿no se les hace una locura? Para bien de los lectores aquella mujer tenía toda la razón: Llámame Brooklyn tiene todo tipo de voces y de estilos, pero, ¿acaso no ocurre lo mismo con una novela tan importante para la literatura latinoamericana como lo es Rayuela?, ¿acaso no es la frescura en la mezcla de las voces narrativas lo que hace de Historia de Mayta de Mario Vargas Llosa una importante aportación a la literatura latinoamericana de lo que sólo se venía haciendo en Europa o en Estados Unidos? He aquí una de las valiosas aportaciones de Eduardo Lago.
Quien lea Llámame Brooklyn quedará encantado con la locura y la cordura de Gal Ackerman, cuya muerte desencadena un viaje en el tiempo donde con una maestría ejemplar Eduardo Lago recurre tanto a la técnica del flashback como del flashforward. Cualquier joven narrador puede aprender mucho en esta novela de tales técnicas narrativas, ya que en ocasiones creemos que las trabajamos bien, que hacemos buen uso de ellas, que son sencillas, que terminamos dando a entender un carajo y confundiendo al lector, quien aburrido deja la lectura.
En las últimas semanas le he puesto mucha atención a las series que se transmiten en Netflix. He seguido recomendaciones al pie de la letra y he tenido el tiempo suficiente para aventarme las temporadas completas (bueno, en ocasiones dormía un poco luego de algún capítulo). Mi primera impresión fue que las series terminarían por desplazar a la literatura. Cualquier historia que pueda contar un escritor medianamente bueno nunca será igual a lo que se nos presenta en la pantalla. Hagamos una distinción de recursos porque sería absurdo pensar que se encuentran en igualdad de condiciones.
Sin embargo, me he encontrado con lecturas (libros) que en su calidad narrativa realmente son sorprendentes (cuentos, novelas), que te permiten afirmar que Netflix jamás terminará por desplazar a la literatura; por el contrario, si existe Netflix es gracias a la literatura, porque, trátese de la serie que se trate, sea del género que sea, primero existió una historia, y antes de esa historia los hombres inventaron la literatura, y creo que a muchos autores aún les falta aprender esto, hacerse de nuevas técnicas, dejar las anticuadas, pensar en el lector como un espectador de cualquier serie, tal y como lo hace Eduardo Lago en Llámame Brooklyn, una de las imperdibles del año que empieza. ■

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