Confesiones de una feminista no ortodoxa

Confesiones de una feminista no ortodoxa

Por años, me he esmerado en explicar a quien he podido, que cuando alguien dice que no es feminista porque esa persona cree en la equidad entre hombres y mujeres, en realidad está siendo feminista.
He desmentido las acusaciones de radicalismo, explicando que no se sabe de grupos de mujeres que anden por ahí, castrando machos, mientras en el siglo XXI se sigue peleando por prohibir la ablación de clítoris.
He luchado –incluso en terrenos personales- contra el prejuicio de quienes piensan que el feminismo es el autoconsuelo de mujeres feas, lesbianas o solas que encuentran en ello su bandera autojustificativa por su incapacidad de vivir como la mujer ejemplar, abnegada y maternal que nos enseñaron a ser.
Todos los contra-argumentos que he recibido, las lecciones morales, los dedos escrutadores, los murmullos a mis espaldas, nada de eso me ha hecho dudar de considerarme feminista. Sí lo han hecho sin embargo, otras mujeres con las que se supone tendría que sentirme identificada.
Me han hecho dudar de considerarme feminista, las mujeres que enarbolan esa bandera para evitar cuestionamiento, las diputadas que rehúyen de los reclamos ciudadanos –con los que incluso puedo estar en desacuerdo- escudándose en su condición de mujer. Las mujeres corruptas que establecen relaciones de complicidad encubriéndolas de sororidad. Las que aprovechan su relación de cónyuges para hacer uso del poder, y luego acusan de machismo el rechazo a sus desplantes monárquicos.
Me han hecho dudar algunas feministas neoconversas que con lengua desenvainada condenan a los hombres en general, sin distingos ni matices, sin contextos ni explicaciones, como una defensa psicológica ante su incapacidad de confrontar el yugo al que se someten en su vida privada.
Pero en ese andar he aprendido también a convencer y no vencer, y me esfuerzo por comprender y no condenar.
He entendido que si bien yo no podría ser la mujer que fue mi abuela o es mi madre, no podría culparlas por aceptar lo que a mí me parecería inadmisible, y tampoco podría esperar que los hombres que las rodearon fueran distintos, porque todos, ellos y ellas, son producto de su tiempo y su espacio, y por tanto de una cultura que afortunadamente ya no es como era, pero por desgracia tampoco ha llegado a lo que quisiera.
Son tiempos complejos, en los que por un lado vemos que se duda del testimonio de una mujer violada en Pamplona porque no se ve suficientemente triste, y por el otro lado la revista Rolling Stone se ve obligada a retractarse porque la megalomanía de una entrevistada la hizo inventarse una violación que no ocurrió, y la reportera consideró que sería falto de ética presionar más para verificar la historia.
Son tiempos en los que se toma por igual una violación, una invitación a un trío o una insinuación sexual. Tiempos en los que se dan por ciertas sin poner en duda los decires anónimos y las acusaciones sin pruebas porque preferimos correr el riesgo de linchar a un inocente a ser negligente con una víctima.
Son estos tiempos en los que se produce la interesante discusión entre el hollywoodense movimiento #MeToo que fomenta que las mujeres denuncien los acosos que han vivido, y el manifiesto firmado por intelectuales francesas llamando a “dejar de pensar que la mujer siempre es una víctima” (Ver entrevista a Catherine Millet https://elpais.com/cultura/2018/01/12/actualidad/1515761428_968192.html) y en defensa del “derecho a importunar” con toda un debate lingüístico sobre qué quiere decir ese verbo.
Es el momento de cuestionar legítimamente esa cultura que ha enseñado a los hombres que está bien eso de que “cuando pierde, arrebata”, que alguien es “suya”, o que su hombría depende de logar que alguien lo sea. Pero no podemos olvidar que si ellos no han entendido “que no es no”, es porque también a ellos, como a nosotras, les fue enseñado que los “no” son sólo sí es postergados.
Porque tienen madres, y amigas, hermanas y abuelas que les han explicado, como nos aleccionaron a muchas de nosotras, que dijéramos dos veces que no, antes de dar un sí, que no fuéramos “fáciles”, que “nos diéramos a desear” sin importar cual fuera nuestra voluntad.
Esos hombres a quienes reclamamos su insistencia, fueron educados para ello, para insistir, de la misma manera que nosotras fuimos educadas para negarnos porque el ejercicio de la sexualidad los hace a ellos más hombres, en la misma medida en la que nosotras somos menos dignas si no podemos justificar vivir nuestra sexualidad en que el otro “se lo ha ganado”.
En un mundo donde las mujeres que los hombres quieren ya no existen, pero los hombres que las mujeres queremos todavía no nacen, puedo entender la incertidumbre y desazón que causa que Plaqueta, la bloguera, presuma que el dueño de un bar le dijo “guapa” a su pasada, y llamara a la policía cuando un taxista le gritó lo mismo.
El debate no puede ser más interesante en estos momentos. Y siento decepcionar si se llegó hasta aquí en la lectura esperando encontrar una posición determinada en uno u otro sentido, pero 700 palabras son muy pocas para explicarla sin correr el riesgo de ser malinterpretada, sobre todo porque percibo que si no se trata con cuidado, el debate termina en una maniqueísmo que se resume en frases como “seguramente los hombres (o las mujeres, según quien lo diga) van a apoyar esto”.

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ