Deliberación, el lenguaje de la política

Deliberación, el lenguaje de la política

Cada semana al colocarme frente al teclado, hay un reto permanente en mente: cómo hacer uso serio y responsable de las palabras que compartiré con todos ustedes. No es sencillo, luego de haber repasado notas y notas en el que el simplismo y una franca irresponsabilidad rodean el muy complejo momento de la vida pública que pasa el mundo. Tratando de ser lo más objetivo posible, me debato entre ello y la parcialidad. Como lo dijo Orwell: la escritura neutral suele ser mala escritura. Yo no soy neutral, como todo actor público tengo filias (el liberalismo igualitario, la que más) y fobias (el populismo y el conservadurismo, sobresalen), que incluso quizá suman más que otros. En la reflexión constante uno va tomando partido a cada paso. Coincide, se opone, afirma y niega, al paso de los textos e ideas. Sin embargo el esfuerzo permanente es no dañar más el lenguaje, no enlistarme entre quienes utilizan las palabras para decir verdades a medias o mentiras que parecen ciertas. Me alisto eso sí, entre quiénes pretendemos formar ciudadanía, comparto notas que buscan motivar la deliberación, el uso de derechos como herramientas y la obligación de garantías como demanda al Estado.

Confío en las instituciones, cual liberal de formación y supongo el mejor cambio por la vía del reformismo, aunque durante mi adolescencia y primera juventud simpaticé con casi todas las revoluciones, deslumbrado por la apología que hacía de ellas la izquierda nacionalista con la que compartí mis primeros pasos públicos.

Estos renglones obedecen a una reflexión que creo necesaria en el arranque de un proceso electoral inédito para México, que a su vez pondrá a prueba de sintetizar, analizar y comprender caudales de información contrapuesta y propuestas controvertidas para una ciudadanía que aún carece de muchos elementos cívicos para la toma de decisiones y una clase política acostumbrada ya a ese campo, sin más interés que el de hacerse del favor del elector, y luego mantener, en lo posible, una simpatía que le dé legitimidad.

Mark Thompson, en un libro que ya he citado en estas páginas, (Sin palabras ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política?) sostiene que “la crisis de nuestra política es una crisis de lenguaje político”. Y explica: Nuestras estructuras cívicas compartidas, nuestras instituciones y organizaciones son, en buena medida, cuerpos vivientes de lenguaje público, de modo que cuando cambia la retórica, también varían ellas. En el 2018 viviremos, sin duda, una crisis de lenguaje, medio por el que hemos siempre comunicado (obviedad), transformado, convencido, persuadido, violentado. Y de todo ello se tratará, sin mayor empacho en franco uso del engaño, vicios de interpretación y supuestos silogismos en contra de toda lógica.

En este sentido, no está demás sumarse a la iniciativa por más debates en el próximo proceso electoral, y aún más extremo: en el actual contexto, deberíamos impedir los eventos masivos, que por demás solo sirven de autoengaño melancólico para los propios candidatos, y obligar a que todo acto de campaña sea deliberativo, un debate por cada distrito federal electoral y eventos individuales solo con estructuras de partido, y/o a petición de quién los organice. Idóneo sería que estos debates fueran moderados por analistas con un alto rango de credibilidad, pero de forma colegiada, mínimamente tres. Pero no solo para la campaña definitoria del Ejecutivo Federal, deberían hacerlo así todos, más aun tratándose de municipios, en elecciones para Ayuntamientos. Debemos volver ahí a la idea original de la junta de vecinos, y dejar al lado la de los mini-gobernadores.

De otra forma continuaremos profundizando la brecha que divide a los actores políticos de los ciudadanos electores.

No puedo evitarme compartir una última nota de Thompson, para culminar: (el discurso político contemporáneo) Consigue su impacto rechazando toda complejidad, condicionalidad o incertidumbre. Exagera hasta el extremo para expresar su idea. Se basa en la presunción de una mala fe incorregible por parte de su blanco político. No acepta la responsabilidad de explicarle nada a nadie, y en lugar de eso trata los hechos como materia opinable. Rechaza la posibilidad siquiera de un debate racional entre las partes. Con un lenguaje así, no es de extrañar que tantos ciudadanos asqueados den la espalda a la política. ■

 

@CarlosETorres_

www.deliberemos.blogspot.mx

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