Chinoy: el Kurt Cobain chileno

Chinoy: el Kurt Cobain chileno

Te espera una sorpresa. Así lo deberían anunciar. Con todo y que la palabra “sorpresa” esté tan gastada. Es como cuando llega el cumpleañero y todos gritan sorpresa. El cumpleañero se encoge de hombros. Pero esa palabra. No obstante, recurro a una sorpresa como el mejor anuncio que se podría hacer de este hombre. De Valparaíso. Chileno para mayores señas. Si lo ves a la distancia no creerías lo que estás a punto de ver en uno de los tres conciertos que dio en sus últimas presentaciones en la Ciudad de México.

Y es que hombres con guitarras al hombro han perdido lo simbólico que en algún momento los representó durante la década de los sesenta. Cuando una guitarra al hombro de un hombre representaba algo más que una guitarra. Había huecos estruendosos de protesta. En cada una de las letras. Y quizás ni siquiera era tan indispensable que el hombre trajera guitarra. Lo que ponía frente a cientos de hombres era su palabra. Pero estamos en México y las situaciones han cambiado desde entonces. Si se mira a un hombre con una guitarra pensamos en un hombre que canta boleros de estación de Metro en estación. He ahí el sustento para su familia o lo que se le venga en gana. Alcohol. Drogas. ¡Qué importa! A fuerza de consentirlo hemos aceptado que la imagen de un hombre con una guitarra al hombro sea sustituida por hombres con metralletas al hombro. Y lo que es peor: sin palabras. O con ellas pero anidadas por el odio que sólo puede cargar un hombre que lleva al hombro una metralleta. Aquí las cosas son distintas. Por eso insisto en lo de la sorpresa. Yo me la traje conmigo.

Dani y Chinoy. La primera una mujer de abundante cabellera castaña y rizada. Ella se encarga de la caja de ritmos. Se monta sobre ella, toca con las palmas de sus manos, en ningún momento pierde el ritmo de la guitarra y de la voz. Nuestro hombre que lleva la guitarra al hombro se llama Chinoy. Parecerá exagerado: el Kurt Cobain chileno de los cantautores. No es una exageración. Procuraré explicarme.

Dani y Chinoy forman una pareja que se comunica mediante sonidos. Ni siquiera necesitan verse para saber lo que viene a continuación. Cuando aparece Chinoy tengo mi primera impresión: intensidad. Pero una intensidad que consigue destazar todas las notas musicales que ustedes se imaginen. Agreguen una particularidad: su timbre de voz es tal que en realidad no sabes si escuchas a un hombre o a una mujer. Una voz de tesitura aguda y andrógina. Eso sólo si no lo ves arriba del escenario. Porque entonces las cosas cambian. De la misma manera que Kurt Cobain podía hacer trizas cualquier escenario, Chinoy lo consigue. Claro que los dos llegan por distintas vías. En el caso de Cobain lo ayuda su voz tan particular y su manera de tocar la guitarra eléctrica. En el caso de Chinoy la guitarra es electroacústica, pero su voz tiene la misma intensidad que si tocase con una guitarra eléctrica. Primer verso que atrapé en la libreta: “el marxismo y el fascismo de la trova sanguinaria”. Sin querer hemos vuelto a la década de los sesenta. Y a propósito Chinoy confronta una época que quizás conozca sólo de oídas pues aún es muy joven.

Es como si las cuerdas de la guitarra se encontrasen conectadas con el sistema nervioso de su cuerpo. Toca la guitarra lo mismo que un guitarrista de rock y todo él tiembla, se sacude, despilfarra frente a su público una energía que le alcanza hasta el final del concierto. Tendrían que verlo en vivo. Tal vez estén de acuerdo o no con mis palabras. Pero vibra. Chinoy vibra. Agreguen ustedes que cada una de sus canciones son de larga duración, y catárticas. Algo nos queda claro: Chinoy no está hecho para baladas de dos o tres notas. De esas que se dedican al novio o a la novia. Si lo medimos en poesía chilena, diré que Chinoy es a la música de cantautor lo que Nicanor Parra a la poesía chilena. Una bien puesta patada en el trasero del gordito de Neruda.

Fue un concierto que disfruté mucho. Pero hay que agregar otras características de Chinoy: sus letras son igual de veloces que su guitarra. En algún momento durante el concierto me pregunté cómo es que las cuerdas de una guitarra soportan tanto. Y cómo es que Chinoy canta y canta casi sin tomarse un respiro entre verso y verso. Debe existir una clave. No la sabemos.

Lo mejor de conciertos así es que son lo bastante íntimos como para que Chinoy baje del escenario, te dé un abrazo y te agradezca por asistir. Por supuesto que si ustedes lo escuchan en algunos de sus tantos videos que hay en YouTube o en Spotify me dirán que le hacen falta muchas cosas, entre las que yo pondría una mejor dicción. A mi juicio, sin embargo, Chinoy está en el camino correcto y conseguirá perfeccionar lo que se tenga que perfeccionar. Supongo que eso se ve durante el camino, te detienes, haces una pausa, te preguntas acerca de tu trabajo y comienzan a surgir destellos que te conducen a otra etapa. Lo mejor es que Chinoy está en constante movimiento, que su voz es tan especial que te la llevas, la guardas, esperas que vuelva para aceptar que los versos de Chinoy son de mejor manufactura que los de Cobain. Claro que hay que guardar distancias. Sólo un idiota compararía el todo por el todo, y seguramente me reclamaría por el título de esta entrega. Así que lo primero que hay que hacer es escucharlo. Atentamente. Y vibrar junto con su escuálido cuerpo, junto con las cuerdas de la guitarra (que no se rompen), junto con cada uno de sus versos, porque en ocasiones los grandes están entre nosotros, tan sólo a punto de despegar, y estoy seguro que Chinoy dará mucho de qué hablar. Que así sea. ■

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