La belleza pasajera de Daniel Medina*

La belleza pasajera de Daniel Medina*
Daniel Medina. Fotografía de Mariana Pacho de la Vega

La Gualdra 317 / Poesía

 

En esta segunda entrega leeremos a Daniel Medina (Mérida, 1996), una de las voces jóvenes que ha despuntado en la península yucateca, y por supuesto, entre los escritores de su generación. No creo en el término “poesía joven”; las poéticas en su asimilación generan distintos trayectos personales de aprendizaje como lo expresa César Coll, y la edad no es una categoría que determina, al contrario, la suma de múltiples experiencias hace de la escritura poética un campo flexible y siempre en evolución. La generación de experiencias es multifactorial, y poetas como Arthur Rimbaud o Silvia Plath lo averiguaron a temprana edad, por lo que definir un camino único siempre será un error. Ante esto, Daniel Medina es a mi gusto un joven con experiencia, ávido lector y ante todo dispuesto al aprendizaje.

 

Armando Salgado: Daniel, naciste en los 90, en el sureste mexicano. Nuestro país es un mosaico donde cada Estado tiene una cultura propia, que absorbe además otras culturas. Un joven como tú, con oficio y constancia en el trabajo académico y en la labor profesional que desempeñas como poeta, ¿qué podrías compartir de esa latitud a la que perteneces?, ¿qué leen los poetas de tu rumbo, qué escritores son el paso obligado cuando se aspira a la escritura?, ¿cómo vives y cómo se vive la poesía en Yucatán?

Daniel Medina: Quiero empezar diciendo que amo inmensamente la ciudad en la que vivo. No siento la necesidad de irme sino de permanecer hasta que un motivo poderoso me haga cambiar esto. Siendo así, creo que la zona sur de México tiene cierta magia, como que por ejemplo Chiapas es prácticamente parte de Centroamérica, o que la península es casi otra pequeñísima nación. De alguna forma, como sociedad, nos sentimos apartados o independientes a voluntad. Siguiendo esto, me parece que quienes escribimos en Yucatán (no digamos todo el sureste) poco tenemos en común. Descreo totalmente de los escritores que se sienten capaces de decir “aquí escribimos sobre esto”, me parece ridículo y ése es un ejercicio muy dado por algunos autores yucatecos. Ahora, desde mi visión, el paso obligado es sobre todo la gran poesía en lengua española: Neruda, Vallejo Darío y Paz, por mencionar algunos, para luego ir atrás o adelante, tomar partido.

Yo vivo la poesía como quien necesita de algo realmente. No hay mucho más. También puedo decir que la poesía, aquí, no se vive como se tiene que vivir: como un oficio común y por extensión un goce. Existen foros que van cambiando eso, revistas, pequeños grupos. Anteriormente los poetas y el gobierno eran uno solo. Poesía apenas tuvimos. Me parece que ahora hay una independencia del terruño y los grupúsculos. Seguramente pronto, muy pronto, podamos decir que en Yucatán se vive de tal o cual manera, cuando la mayoría haya abandonado las lamentables prácticas de escritores anteriores.

 

AS: En tu trayecto personal de aprendizaje, ¿qué elementos consideras clave para escribir como ahora escribes, para pensar como ahora piensas? ¿Qué hay en tu obra escrita y publicada, qué elementos son tu columna escritural que debamos conocer antes de leerte?

DM: Hay dos tipos de elementos clave: los externos y los internos. Los primeros tienen que ver con lo que leemos, con lo que hemos aprendido de los otros. Le debo todo lo que he aprendido a ciertos profesores de la preparatoria y la universidad; a los amigos que escriben y a los que no escriben; a mi familia y gente cercana. Aprender de la vida y de la poesía es de cierta forma la misma cosa. Luego están los elementos internos, que son la interpretación de esas enseñanzas: ahí le doy crédito a mi perseverancia, a que he trabajado hasta no poder, como quienes de verdad aman la escritura. Más allá de la juventud, creo en eso de dejar cuerpo y alma en el poema.

Y en lo que he escrito y publicado hay, sobre todo, variables. Siempre me comentan que escribo distinto en cada serie de poemas, que no tengo una voz. Con riesgo a equivocarme digo que sí, que no la tengo y que sigo buscando una cosa que no me interesa encontrar. En cuanto a temas, hay en mis poemas asuntos de la naturaleza humana: el amor, la muerte, el lenguaje y, sobre todo, el desasosiego de la duda, la no certeza del mundo. “Lo de siempre”, dirían por allá. No sé qué hace a mi obra ser mi obra. Quizá lo sea porque surgió de mis dudas internas que, como dije antes, son una canalización de todo lo que vemos.

 

AS: Como escritor joven, ¿qué dificultades has hallado en la escritura de poesía?, ¿qué le recomendarías a los lectores que aún no dan ese salto hacia el vacío y que desean escribir?

DM: Siempre es complicado dar el primer paso, el primero de muchos, para luego lanzarse al vacío. Y me parece que hay infinidad de complicaciones, aunque todas superables. Puedo hablar de dos consejos que son, a su vez, las grandes complicaciones. Primero, me parece que se necesita ser sincero, y no hablo de verosimilitud sino de aquello de Nervo: Mas al decir amor, dolores, muerte, digámoslo en verdad, con amor, con dolores y con muerte. Hablo también de la necesidad de escribir, de comunicar ciertas cosas. En segundo lugar, dicen que escribir es un oficio imposible porque nunca alcanzamos nada. Ser poeta es saberse atrapado en la medida imperfecta del mundo. Y en ese sentido, nos toca trabajar mucho y tomar la lectura como una parte vital de la existencia, entregarse totalmente a la pregunta. Ser escritor es comprometerse con la eterna búsqueda del otro en el vehículo de las palabras.

 

AS: Con respecto a la cultura generacional, hay propuestas que detonan estéticas en la escritura, ¿te identificas con jóvenes de tu generación?, ¿qué otros poetas de los 90 debemos de leer? Además, si pudieras hacer tu línea del tiempo personal, ¿qué poetas mexicanos, independientemente de una generación, son claves para ti?, ¿a quiénes recomendarías?

DM: No creo demasiado en las generaciones. Siendo así, no me siento parte de una, pero diría que sí, la afinidad estética e ideológica existe. Me identifico con algunas propuestas de escritura y sobre todo me interesan las búsquedas que no se dejan llevar por las tendencias. Podría decir, por ejemplo, que me interesa el trabajo de Irma Torregrosa y de César Bringas, por decir nombres; también el de Xel-Ha López Méndez y Ángeles Dimas. Omito, claro, muchos nombres, aunque se puede partir de estos cuatro que no son precisamente lo que “me gusta” sino lo que me interesa en materia de lectura (más allá de lo recreativo). Todos ellos muy buenos poetas, y todos ellos muy distintos.

En cuanto a la gran tradición mexicana, hombre, diría que es importante leer a Paz, Gorostiza, Cuesta, Bonifaz Nuño, Chumacero, José Emilio Pacheco, Bohórquez, Owen, Velarde… Esos clásicos nuestros a los que se debe regresar siempre. También otros más recientes como Elsa Cross, Max Rojas y Francisco Hernández. Tenemos mucha, pero mucha poesía brillante y para todos los gustos.

Recomiendo, también, leer poetas más cercanos a nosotros en cuanto a carne y hueso, poetas que están activos ahora mismo y en momentos de lucidez impresionante, en plena creación. Hay que aspirar a leerlo todo (esa empresa imposible pero necesaria).

 

AS: Leí tu libro Una música extraña, publicado por The Ofi Press, en su colección mexicana donde aparecen poetas como Ingrid Valencia, Julia Santibáñez e Ingrid Bringas. En él hallo esa bella —y abismal— manera de sintetizar lo extraño en este mundo volátil. Háblanos sobre él. ¿Qué hay detrás de sus cortinas?, ¿qué ingredientes guarda entre sus páginas?, ¿cuánto tiempo invertiste, ¿cuántas lecturas hay en su cocción?, ¿qué representa para ti obtener este certamen literario a tan corta edad?

DM: Este libro del que hablas es, precisamente, extraño para mí: por su proceso, por su construcción y por lo pequeño del volumen. Inicié con él gracias a la obsesión que tengo con el idioma esperanto como lenguaje total. Tardé unos ocho meses en escribir cuarenta textos para luego revisar y corregir otro par de meses hasta llegar a su mínima expresión: doce breves poemas. Creo en eso, en las condicionantes que pone el libro, el poema, y que no podemos mediar. En ese proceso me dediqué a otros proyectos sin descuidar Una extraña música, y para cada trabajo busqué ciertas lecturas; hubo entonces una mezcla de temas y registros que sin embargo conectaban perfectamente con las ideas del esperanto y de mi libro. Entre esas tantas lecturas hay regresos y encuentros con diversos autores: Paz, López Velarde, Jeremías Marquínes, Heaney, Bonifaz o Luis Armenta Malpica. Comencé a trazar esos textos finales con paráfrasis de estos poetas, con intertextos que dieron como resultado una serie de poemas en los que no sólo pretendo hablar del lenguaje (parte de la naturaleza humana en tanto comunicación) sino dialogar con estos y otros poetas.

Al terminar el brevísimo libro decidí enviarlo al Premio de Poesía José Díaz Bolio. Pasaron los meses y sorpresa: obtuve el premio, por tercer año consecutivo participé, siendo esta la ocasión en que menos lo esperaba. Así son las cosas. Ya lo decía el enorme Nicanor Parra: “Los premios son como las dulcineas del Toboso, mientras más pensamos en ellos más lejanas, absortas, más enigmáticas”. Este premio me hizo el año: primero porque lo obtuvo un libro al que entregué cuerpo y alma; segundo porque tuve la fortuna de que mi libro fuera evaluado por un jurado de altos vuelos y, tercero y más importante, porque esto otorga siempre la posibilidad de continuar con el oficio, de ser leído. Siempre he pensado en los premios como pequeñas confirmaciones. Tres lectores (llamados jurados en este caso) dan el visto bueno de la obra de uno y eso siempre se agradece. Obtener un premio es, queramos o no, un ponerse en el contexto de las cosas.

 

La ciudad se hunde:
la estadística,
los cuerpos volátiles,
se hunde la ciudad imaginaria que se escribe.
Se devora el idioma
con su poética intención de piedra.
Un relámpago. El corte de los ríos.
El tono azul del cielo reflejado en la corriente.

A duras penas
Esperanto
te reconozco en la piel,
en la hoguera de sombra en que mi carne es combustible.

La breve escritura en las paredes confirma tu naturaleza,
tu imposibilidad de vivir en el presente, en el decir de ahora.

Y a duras penas
Esperanto
retrocedo sobre las huellas y la sangre.
El horizonte –dotado con la extrañeza de la música–
comienza a desaparecer y el otro lenguaje cobra fuerza.

Dibujada como la hoz al árbol,
tenemos la esperanza de que nos necesites tanto como nosotros a ti,
como nosotros al mundo.

 

*Daniel Medina es autor de los libros de poemas Mímesis para gusanos, Casa de las flores y Una extraña música. Obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 Años de Letras Mexicanas 2014, el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Mención Honorífica en el Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015 y el Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, albanés e italiano.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_20gualdra-317

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