¿Qué es eso de La Revelación? (pesquisas teológicas desde el Mesón)

¿Qué es eso de La Revelación? (pesquisas teológicas desde el Mesón)

En el discurso cristiano tenemos a un hombre que revela a Dios. Y no sólo se llegó a la audacia de pensar que ese mismo hombre era también Dios. Si observamos con detenimiento lo que eso significa, comprenderemos por qué costó tanto que esa afirmación se aceptara aun entre los mismos cristianos antes del siglo IV. Aceptaban que fuera ‘hijo de Dios’ y mesías, pero que él mismo fuera Dios les parecía demasiado. Eso de “increado y de la misma naturaleza del Padre”, fue motivo de luchas que se definieron hasta que entró directamente el emperador a concretar el dogma. Así, no sólo revelaba como mediador, sino él mismo era revelación de Dios.

La idea tradicional de la revelación estaba atada a la idea de ‘palabra’. La llamada revelación verbal. Sin embargo en la noción de ‘palabra’ hay dos ideas mezcladas. Una que tiene su origen en la acción creadora de Dios: al crear el universo (según la mística judía) lo hizo a través de ‘la sabiduría’, que permitió darle forma a lo creado. Por ello, los cristianos de habla griega lo tradujeron como ‘logos’, ya que se parecía a esa potencia que da forma a cada cosa que existe. Y logos se tradujo también como ‘palabra’. Así apareció el inicio del evangelio de Juan: en el principio era el verbo, la palabra o el logos. Sólo que para los griegos no hay creación, sino que el universo es eterno, siempre ha existido.

La revelación como ‘palabra de Dios’ que manifiesta a este mismo, señala una manera de hacer las cosas de acuerdo a un plan de creación divino. Por ello, la revelación judía y cristiana no es un acto de adivinación, ni de visión del futuro, o producto de instrucciones extáticas durante algún culto mistérico. Sino que, como la creación es la realidad que existe, lo que se revela es el núcleo mismo de la realidad en la historia humana. Expliquemos: en los textos sagrados (la Biblia) no tenemos un listado de instrucciones que Dios haya dicho por medio de un mediador extático, sino que tenemos narraciones históricas. Y a través de dichas narraciones de la vida del pueblo aparece el obrar de Dios. La manifestación de Dios en la historia de la humanidad, interpretada a muchos niveles es lo que conocemos como “revelación”. Es decir, la revelación es un acto de ‘caer en la cuenta’ de la presencia divina en nuestros actos concretos y cotidianos, a través de una interpretación o discernimiento colectivo. No una instrucción verbal directa. Los que sostienen esto último (la revelación verbal) constituyen eso que conocemos como Fundamentalismo. El más conocido es el Árabe, que afirma que el Corán fue dictado en árabe a Mahoma, así que lo escrito en los Suras es la palabra directa de Alá. O los judíos que afirman que los mandamientos del Sinaí fueron esculpidos por Yahvé en una instrucción inmediata a Moisés. O los cristianos que aseveran que la inspiración evangélica es un dictado. Eso no es más que imaginación fantástica.

Por el contrario, al ver los textos sagrados observamos a la palabra profética anclada en la realidad histórica: personajes que observan a sus reyes y la manera en que ejercen el poder sobre el pueblo, y las exigencias del plan de Dios de abundancia, justicia y libertad para la historia humana. El significado revelado es algo que sale de dentro de los acontecimientos, no algo que viene de fuera de ellos. Y está dirigido a devolver al ser humano su más radical autenticidad. Por ello, un texto central es el Éxodo, el camino a la libertad, porque esta última realiza lo que el ser humano es. Esto es, la revelación divina acontece en la realización humana. Es muy importante entender esto de ‘devolver’ la autenticidad: se parte del supuesto de que el hombre debe convertirse en lo que (realmente) es. El hombre está roto o escindido de sí mismo. Para conquistar su realidad el hombre debe pasar por conciliarse con su humanidad. Y la manera de lograrlo es atenerse a la guía de aquel que lo creó. La manera de ser libre es obedecer la voluntad de Dios. Y esta última se pone de manifiesto: se revela a los hombres.

El problema grave es saber, ¿cómo la presencia de Dios se hace consciente? ¿Cómo ‘caer en la cuenta’ de las señales? Es una combinación de experiencia y discernimiento. Personal y colectivo. De experiencias de soledad, silencio, angustia y proximidad de la muerte (detonadoras del discernimiento), al mismo tiempo de la experiencia intensa en-el-hacer-la-historia. Es muy útil atender la interpretación de la revelación en los textos sagrados, porque es una pedagogía para atender los llamados actuales o la revelación que sigue ocurriendo. Dios actúa en la realidad y no es pura fantasía de la imaginación humana.■

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