Los vinilos y su hermoso ruido blanco

Los vinilos y su hermoso ruido blanco

La Gualdra 286 / Música

Crecí entre libros y discos. Las paredes de mi casa cuando era niño estaban tapizadas de libreros. Así que el escenario para mis juegos pueriles eran las pastas de Marx, Hegel, Nietzsche, Joyce, Kundera y muchos otros más. A veces, cuando me cansaba de jugar, tomaba un libro y leía algunas páginas. No entendía, pero yo imaginaba que sí. Había también un buen bonche de revistas de El viejo Topo. Las ilustraciones eran alucinantes. Más tarde llegó a mi casa un estéreo gradiente con unas bocinas inmensas y un amplificador metálico de alto poder junto con un tornamesa de madera que hacía juego con las bocinas.

Mi casa se abrió ante todo un panorama de sonidos nuevos para mí, y creo que también para el vecindario, pues la vecina de al lado sólo conocía la cumbia y a los Yonic´s y grupos por el estilo. No fue necesario conocer las herramientas de la sicodelia para disfrutar el excelente Dark side of the moon. Era un disco alucinante y eso que yo no sabía que existía Pink Floyd. Mi casa se vio invadida, por supuesto, por The Beatles, The Rolling Stones, The Byrds, Yes, pero tampoco le hizo el feo a las influencias de mi hermano, por lo que Kiss, Iron Maiden, Dokken y Judas Priest hicieron temblar las ventanas. En algún momento tuve que combatir con estas armonías metaleras contra otro de mis vecinos, quien desde muy temprana hora ponía la radio o una cinta, o no sé qué diablos (valga la paradoja) una letanía cristiana que vociferaba sobre un dios amoroso pero castigador que nos amaba y que nos quería alejar del pecado. Como respuesta, tocaba metal a amplios decibeles con los autoparlantes dirigidos a su pared.

Otra ventaja de los discos de vinilo era el compartir con los amigos, quienes acudían a mi casa con su casete virgen, y a veces no tanto, para que les grabara un capirucho de buenas rolas. Mientras llenábamos los sesenta, a veces noventa, minutos de música con canciones selectas, escuchábamos completas las excelentes ejecuciones de Hendrix, Page, Gilmour, The Edge y muchos otros, siempre bajo el ruido blanco de la aguja sobre el vinilo.

Años más tarde aparecieron los Cd´s, y con ellos la valiosa y enorme colección de acetatos de mi padre desapareció de casa y con ellos una gran parte de mí. Decían que el audio digital era mejor y que pareciera que uno escuchaba a los grupos como si estuvieran tocando frente a quien escuchara. No fue una experiencia del todo mala, con el disco compacto llegó The Cure, New Order, The Smiths, The Church y otro gran número de joyas auditivas llenaban los rincones de mi casa. Los amigos no se preocuparon tanto por la desaparición de los acetatos, seguían viniendo con sus cintas.

El mp3 acabó con los amigos y esas horas de grabación, pero sobre todo, de escuchar y compartir buena música. Aún y cuando vienen a casa y pasamos el tiempo viendo videos no parece ser lo mismo. Nos quedamos viendo la pantalla y no platicamos gran cosa. Creo que es momento de sacar los vinilos del cajón, los pocos que me quedaron, e invitar a los camaradas a escuchar, como antaño, música en el tocadiscos, para volver a sentir la grandiosa paz del ruido blanco de la aguja sobre el vinil.

 

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