Y sin embargo, existe

Y sin embargo, existe

A pesar de que mi primera lectura de Natalia Ginzburg se remonta años atrás, ahora que vuelvo a sus ensayos y que leo su autobiografía renuevo mi fascinación por la escritora y por la mujer que fue. Diría que para mí representa todo un modelo a seguir, no sólo literariamente sino existencialmente, tanto por cómo escribió que por cómo vivió. Pienso igual en su mente que en sus actitudes, pienso igual en su talento que en lo que hizo de él.

Desde que empecé a escribir me propuse encontrar a un autor al que seguir sobre todos los demás. Este autor debía ser capaz de abrirme el mundo entero de la literatura, en todos sus planos y relieves, en todos sus descubiertos y recovecos, en lo manifiesto y en lo secreto, y tenía que ser tan natural para mí que yo lo quisiera recorrer y lo pudiera recorrer sin pedir permiso si quiera, ni hacer otro mérito que el de reconocerlo, más que como mi verdadero semejante, como mi verdadero arquetipo. De entonces acá, he creído dar con esta figura una y otra vez, y me he abierto camino con estos deslumbramientos y con ellos me he enriquecido. Además, me he sentido animada y protegida por ellos, aunque también puesta en guardia y vigilada por ellos. Y la lista ha sido tan larga que llegó un momento en el que cuestioné mi criterio y, para enfocarlo, me pedí precisiones. No quiero decir delimitaciones, porque el ilimitado concepto de libertad encabeza, para mí, todo depósito de principios, del tipo que sean, más realistas o más ilusorios. Pero, hayan sido quienes hayan sido estas brújulas y estos faros en mi recorrido, lo cierto es que a ninguno lo he conocido lo íntegramente que exigen mis anhelos, anhelos por otra parte inalcanzables en sí, pues mientras viva pienso seguir descubriendo escritores a quienes seguir.

Durante décadas me negué a creer que existían escritores y escritoras; creía, y quise creer, hasta hace poco, que diferenciarlos era menospreciar a la mujer. Comoquiera que sea, cuando se trató de elegir a un escritor-hombre que seguir, saltó a la vista que no estaba en mí seguirlo de lleno, pues soy mujer. Y cuando se ha tratado de mujeres a quienes seguir, me he topado con que he podido seguirlas como escritoras pero no como mujeres, porque hasta ahora me había parecido que las mujeres que destacaban como mujeres lo lograban porque carecían de o habían descuidado o dejado atrás su ser de escritoras. Es decir, no daba con la fusión de ambas identidades en una.

Es cierto que entretanto tuve que llegar a definir lo más claramente que me fuera posible la diferencia entre “el ser escritora” y “el ser mujer” cuando me refería a una misma persona, y la verdad es que no me había sido posible enfocar o unificar esta diferenciación hasta ahora, que he leído algunos ensayos que no conocía de Natalia Ginzburg y que estoy leyendo su Léxico familiar por primera vez.

Saltan a la vista las definiciones que comúnmente se dan a la literatura femenina y la literatura escrita por mujeres, en las que yo no incluyo la literatura feminista, pues este término se define por sí sólo y, para mí, no tiene nada que ver con los otros dos, aclaración que, se sobreentiende, no intenta ser en demérito de ninguno de los tres.

La literatura escrita por mujeres que, contrastada con la literatura femenina, es, de los dos, el término más despejado de implicaciones extra literarias, ¡existe!, a pesar de que durante un buen tiempo yo pensé que no. Y añadiría que lo admito y que lo admito sin ninguna agitación emotiva, o con toda ecuanimidad, pues no veo la diferencia en la calidad de la literatura de unos y otras, ni tampoco la veo en la temática ni en la sensibilidad, intuición, imaginación ni conocimiento. La veo, sí; pero ¡no sé en dónde o en qué!

Tanto un escritor como una escritora es capaz de abordar literariamente cualquier tema que se lo atraiga, y tan bien (tan profundamente, tan interesantemente) o tan mal (tan superficialmente, tan insustancialmente) como el otro.

Y quiero decir que Natalia Ginzburg es ejemplar para mí, ya que es una escritora que, sin dejar de cultivar su arte literario, pudo interesarse en causas sociales (Serena Cruz o la verdadera justicia) y llegar a ser diputada, pero, insisto, sin dejar tampoco de declarar en ningún momento que ella era incapaz de pensar políticamente y que estaba negada para expresarse en términos políticos.

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