Cambios de camiseta en Zacatecas: desde el “pin… traidores” hasta el “es de sabios cambiar de opinión”

Cambios de camiseta en Zacatecas: desde el “pin… traidores” hasta el “es de sabios cambiar de opinión”

El canto del Fénix

—Quiere decir —sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura— que sólo estamos luchando por el poder.

—Son reformas tácticas —replicó uno de los delegados—. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Después veremos.

Cap. IX, Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

Expertos en campañas electorales coinciden en que ellas comprenden al menos cinco etapas, llamadas generalmente presentación, propuestas, ataque-defensa, petición de voto y sistematización electoral o día cero. Percibo ahora que entre tercera y cuarta etapas comienza a tener mayor plenitud el fenómeno reciente del chapulineo, chaqueteo o cambios de camiseta. Parece que la publicación de encuestas y la celebración de debates, grandes piedras de toque en campañas anteriores, comienzan a ser minimizadas o relegadas en aras de publicitar los reclutamientos de quienes abandonan la campaña de un candidato para integrarse a la de otro.

Quise titular a este artículo “Cambios de militancia en Zacatecas” pero, ante movimientos de personas que van de partido en partido (o más bien de preferencia en preferencia) sólo en tiempos electorales, no veo cambios de militancia. La militancia, del verbo “militar”, debe ser entendida como profesión de fe o lealtad, no como mera adhesión temporal y recursiva. El concepto está reñido con frases tan estúpidas como “Yo sigo siendo del (ponga aquí el nombre de un partido), pero con este desmadre debí negociar mi apoyo al otro partido”.

También pensé que el título de esto debe ser “Cambios de partido en Zacatecas”, pero volvemos: en algunos casos no hay formalmente un cambio de partido y ni siquiera una declinación “completa” de los candidatos que se mueven entre la promoción al voto diferenciado porque apoyan para la gubernatura al abanderado de otro partido pero sin abandonar su propia candidatura a diputado o presidente municipal y los acuerdos secretos o por lo menos tácitos de ceder estructuras y operadores en un cambalache que recuerda al célebre y amargo tango que bien puede resumirse en otra frase común en estos tiempos: Ya nadie es lo que debe ser.

Esto se trata de cambios de camiseta porque en realidad en campañas anteriores el gesto central de la conferencia de prensa en la que se consumaba el cambio de bando era que, después de las alocuciones del candidato del partido “anfitrión” y de los nuevos incorporantes, éstos recibían las camisetas de la campaña y el partido al que llegaban y entonces frente a las cámaras fotográficas y de televisión se las ponían sobre su ropa. Inmediatamente después tomaban las manos del candidato anfitrión y las alzaban junto con las suyas en señal de triunfo. El objetivo no era tanto aumentar el censo del partido como propinar el golpe mediático: desanimar a los de enfrente, hacerlos ver como menguantes frente al electorado, provocar la sorna del “ya se les fue éste con toda su gente, ya se vinieron con nosotros, acá sí los valoramos, ya valió chetos con ustedes”.

Ahora vemos, por ejemplo, cómo en uno de los partidos políticos ya no se da el cambio de camiseta sino de chaleco. Ya no son camiseteros sino chalequeros. Si el cambio fuera de chaqueta serían chaqueteros, lo que redondea el sentido original de la palabra con que se designa a estos cambiantes de “convicciones”. Las comillas que asiento quedan justificadas por aquella frase ácida del comediante Groucho Marx: “Éstas son mis convicciones, señor. Pero, si no le gustan, acá traigo otras”.

En el diccionario de la Real Academia, “chaquetear” tiene seis acepciones y la que más encaja con lo que describo es la tercera: “Cambiar de bando o partido por conveniencia personal”. Las tres últimas palabras son las más reveladoras; al grado de que casualmente el discurso del que pasa del azul al verde es idéntico al de aquél que pasa del verde al azul: “Hay corrupción en el partido que abandono y llego a apoyar a un partido que sí es democrático”. ¿No se trata, más bien, de que “allá hay corrupción” significa “allá no me dieron allá la posición, el cargo o la cuota que yo exigía”?

Periodistas hay que insisten en que esto puede equipararse a un draft deportivo, un “mercado de piernas” donde el gran cerebro u operador mayor de un partido y candidato juega al Turista o Monopoly y antes de tomar la decisión calcula cuánto dinero o poder está dispuesto a ceder. Me acerco al partido de enfrente, veo cuáles tornillos están más flojos, considero cuánto me cuesta traerlos, cuánto puedo desgastar al otro al hacerlo, cuántos votos puedo decir que me trae cada reclutado y cuántos votos me representa cada uno de ellos en realidad. Este ejercicio político es más de mañas y falta de ética, guiados por el precepto de que en la guerra y el amor todo se vale.

En este contexto imperante, los partidos políticos quedaron reducidos a meras plataformas, ya no espacio de coincidencia de convicciones ni familias ideológicas. Lo urgente ahora es salvaguardar la franquicia: sostenerla en virtud del presupuesto anual del partido y las dos o tres posiciones plurinominales, en el caso de los partidos pequeños, o potenciar su influencia y preservar el poder, en el caso de los grandes.

Esto ya no se trata de los gobernados ni de un proyecto de nación. Hablamos del poder por el poder. El objetivo es sólo cosechar las posiciones en el gobierno al precio que sea y con la gente que sea. El objetivo es hacerse del poder, ganar la elección sin importar lo que quede en el camino. Una vez que se llegue al poder se verá cómo pagar (o marear, o de plano no pagar) a los reclutados y su gente.

Los cambios de camiseta conducen también al morbo. Reporteros buscan al candidato “abandonado” para preguntarle sobre su parecer. En esos casos, generalmente, el que se fue o es un traidor o un ingrato o pensándolo bien ni siquiera era un elemento valioso ni trae tantos seguidores como proclamó en la conferencia de prensa. A pájaro ido, pedradas al matorral. Muchos militantes agraviados sueltan el “pin… traidores”, “que les aproveche, hambreados”, “lo que hace el hambre” o frases similares para los que se fueron al otro partido, mientras que acá en la recepción los celebran con frases del tipo “es que es de sabios cambiar de opinión”, “es que ya se dieron cuenta que lo que Zacatecas necesita es nuestro candidato”. Tan vigente sigue la cuarteta de Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Con todo, lo que no se entiende muy bien es cómo un partido proclama que va contra lacras y corruptos de otros partidos, y en su lucha por el poder recluta a… lacras y corruptos de otros partidos.

Hay incluso quien dice que tampoco existen ya partidos políticos dentro de los llamados partidos políticos, debido sobre todo a la falta de apegos a los principios e identidades que les dieron nacimiento. Por estos fallos ya no hay obligación de serles leales, dicen otros, y eso también está sujeto a debate. En suma, si caducó la ideología de partido como la entendía don Jesús Reyes Heroles, esto se debe también a que ya no hay en los partidos nuevos Reyes Heroles. Ya no se forman líderes, debido a que en muchos de los casos las instancias de capacitación y formación política dentro de los partidos terminaron reducidas a meras oficinas acreditadoras y reguladoras de candados a la hora de asignar candidaturas.

Los partidos políticos viven una crisis muy fuerte de la que, para variar, ellos mismos se aprovechan de manera mutua. Se penetra por los entresijos de cada grieta, se termina por sacar raja de cada fallo ajeno. El contrabando de chapulines y votos, este truculento cambio de camisetas, es la muestra más palpable. n

 

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