Pesimismo y consumismo

Pesimismo y consumismo

El problema de la globalización tiene su corazón en el sistema capitalista que lo mueve, pues las razones son económicas y tienen como fin el engrosar el bolsillo de las grandes empresas, por lo que se dan casos tan absurdos como el que el cultivo del maíz y el chile sean más prolíficos en países externos a México, o que el mejor tequila sea exportado y no se sirva en las cantinas locales.

Por otro lado, tiene sus ventajas, y un ejemplo de ello es el Festival Cultural de Zacatecas, pues en sus inicios que tenía mucho de cultural y menos de Festival OTI de la Canción o de Siempre en Domingo; provocó grandes cambios en la mentalidad de la sociedad zacatecana, sobre todo en los jóvenes, quienes poco a poco fueron abriendo su mente y convirtiéndose a su vez en artistas o seres con propuesta en varios aspectos de la cultura.

Se podría aprovechar esta ventana al mundo y el contacto con otras culturas para atraer un poco más de ideas novedosas y una calidad de vida interior más plena, pues mediante la red se pueden obtener algunos productos culturales interesantes como música, libros y películas, además de la infinita información de la que se puede echar mano, pero la apuesta no va por ese rumbo.

Difícilmente hay una cura, pues la comodidad de la vida moderna exige esas condiciones, que la carne sea exportada y que tenga meses congelada, que las verduras de los supermercados estén saturadas de químicos para verse de buen aspecto aun después de semanas de haber sido cosechadas, que los peces tengan cáncer en el estómago y que la comida chatarra sea la alimentación de los burócratas y los jóvenes.

Pero el colmo de los colmos es cuando este asunto de la globalización se mezcla con la vida cultural, pues ahora resulta que los medios masivos definen qué es lo que es bueno para leer, para escuchar o para asistir como espectador, de tal modo que las tiendas de discos están invadidas en su mayoría de música enlatada que se vende como pan caliente gracias a los medios, los cines sólo ofrecen películas comerciales que explotan la acción, el sexo y los efectos especiales mientras que la radio sólo saca al aire lo que las disqueras les permiten y les exigen y, el peor de todos los males, la televisión, incluso con más de cien canales, ofrece poco al espectador exigente.

Inclusive la actividad política se ha vuelto una burla, pues no hay ideales de crecimiento o desarrollo que impulsen el crecimiento de un país, sino una negociación de los recursos para sacar dinero, y cada uno de los partidos políticos no busca más que el beneficio de sus integrantes, los líderes y no todos, así que si hay alguien que aun crea en la democracia y en la efectividad de sus sindicatos, es un romántico de nuestro siglo que no entiende ni una pizca del rumbo que lleva el mundo, y que tal vez merezca un aplauso por ser una especie en extinción.

¿Qué nos queda? Un individualismo brutal que tarde un temprano se va a traducir en un conflicto social, donde el más resentido atacará al más o menos favorecido creyendo que no hay ninguna manera de tocar al privilegiado por el terror que se ha impuesto, por el amor al consumismo implícito en cada uno de nosotros y por la carencia de esperanza.

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