Bergoglio en México

Bergoglio en México

México logró lo que ningún otro país del mundo había conseguido, provocar que las cámaras captaran la cara adusta y enojada de Jorge Bergoglio, luego de que un joven lo estrujara y casi lo tumbara sobre una persona discapacitada.

El incidente rompió con la imagen cálida, agradable y carismática que ha construido el pontífice a lo largo de su papado, gracias a gestos como su vestir más sencillo que el de sus antecesores, el papamovil sin blindaje, y un discurso más acorde con los tiempos actuales que el de Benedicto XVI y sobre todo que el de Juan Pablo II.

El cambio no es casual. Es evidente que el decrecimiento del catolicismo en la población, y el cuestionamiento internacional a la protección institucional de la pederastia, obligaron a la iglesia católica a dar un giro en sus discursos, y matizar sus ideas más discriminatorias. Y parece que han actuado en consecuencia.

México no fue la excepción. En Palacio Nacional, y frente a Enrique Peña Nieto, Bergoglio criticó los privilegios de las minorías, que derivan en narcotráfico, exclusión, y violencia, y llamó a construir una sociedad en la que nadie sea víctima de la cultura del descarte.

Frente a los obispos, arzobispos y cardenales, llamó a no subestimar la amenaza del narcotráfico, frente a lo cual, los jerarcas eclesiásticos tendrían que tener habilidad y arrojo para guiar a las comunidades y ayudar a reconstruir el tejido social. Los llamó también a la transparencia y a no ser como príncipes, sino a fortalecer su labor pastoral, cosa que fue bien recibida por obispos como Felipe Arismendi y Raúl Vera, según se deduce de sus comentarios para La Jornada.

También escuchó a los jóvenes hablar de la falta de empleos, de la constante solicitud de que brindara algo de esperanza, de la violencia que los azota. Les llamó a alejarse del narcotráfico, les reiteró que ese no era el camino. Y los exhortó a encontrar la felicidad lejos de las ilusiones del materialismo y el individualismo.

Los llamó la riqueza de México, pero reconoció que es difícil que se sientan como tal cuando no se tienen oportunidades de trabajo digno, posibilidades de estudio y capacitación; cuando no se sienten reconocidos los derechos que terminan impulsándolos a situaciones límites.

Pero quizá su más memorable discurso en tierras mexicanas fue el que pronunció en Chiapas, donde dijo que había mucho que aprender de los pueblos indígenas, a quienes también debería pedírseles perdón por tanta explotación y exclusión. Asimismo, en San Cristobal de las Casas, Chiapas, autorizó a que las ceremonias litúrgicas se realizaran en lenguas indígenas.

Reconoció que los pueblos indígenas han sido excluidos y despojados de sus tierras, y llamó a que se reconozca la dignidad de sus culturas.

Entre todos estos actos, quizá el más interesante fue la reivindicación que hizo Bergoglio de don Samuel Ruíz, al orar en la tumba del tatic que luchó por los más pobres, lo cual le costó el despreciado de la iglesia católica en tiempos de Juan Pablo II, quien trató siempre con dureza a quienes elegían ese lado, y con tanta misericordia a quienes le conseguía patrocinadores, como Marcial Maciel.

Finalmente, frente a los empresarios, dijo que Dios pediría cuenta a los esclavistas de hoy, y criticó la mentalidad reinante en la que se busca la mayor cantidad de ganancias posibles a cualquier costo, incluido el del sufrimiento humano.

Por todo esto, la visita de Bergoglio dejó un buen sabor de boca incluso en sectores lejanos y críticos de la iglesia católica. Frente a los gobernantes habló de corrupción, con los jerarcas clericales llamó a hacer labor pastoral, con los jóvenes les reconoció la falta de oportunidades, y a los indígenas les pidió perdón.

La notoria simpatía popular que dejó Bergoglio se basó en sus discursos, gestos y acciones, y no en su carisma personal y el culto a su persona como hacía Juan Pablo II. Por ello, su arrebato en Morelia cuando iba a tropezar, quedó como mera anécdota y no como la decepción de quien se le piensa infalible.

Es comprensible que no todos queden satisfechos. Se le reclama por ejemplo que no recibiera en privado a los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y  que no se reuniera con las víctimas de la pederastia.

Desde mi perspectiva, tienen razón quienes eso reprochan, sin embargo, no puede olvidarse que Roma no se hizo en un día, y por tanto cambiarla, llevará su tiempo. ■

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