19 poemas al oído del perro, de Javier Acosta y una Acrópolis de fondo

19 poemas al oído del perro, de Javier Acosta y una Acrópolis de fondo
Javier Acosta. Foto del archivo de La Jornada Zacatecas.

La Gualdra 229/Libros

En un mundo donde es absurdo cerrar ojos para ver dentro, Javier Acosta escribe 19 poemas al oído del perro. Es un libro de poesía para ver el otoño adentro de la oreja e intuir (a la manera de Charles Simic) el temblor del árbol aunque no haya huella del viento. Porque sacude. Porque cimbra. Porque taladra. Con imágenes de Gabriela Itzagueri Mendoza vemos cruzar las plantas rodadoras en la superficie del libro además de la trágica naturaleza por indagar la relación rupestre de los hombres-perros con Dios. Es círculo cromático y reflejo de la piedra que Sísifo hace rodar una y otra vez en el envés del espejo para preguntar por qué escuchamos lo que oímos o mejor aún, por qué creemos el ruido del árbol al caer cuando aún no existe. Abismo verbal y metafórico, el desplome vertiginoso que este libro ocasiona está al lado contrario del lengüetazo de su “mejor amigo” quien comprende el mundo humano desde su mundo animal. Pero no sólo nos reconforta el lengüetazo, también su nervioso ladrido y su silencio, su relamer de pulgas, su orina en las encrucijadas del vecindario, su olor a perro cuando está mojado. Este manual de soledad despliega la multifacética heredad del hombre en rededor de la fogata y del mutismo. Dispersa alrededor del corazón una danza ciega de ausencia y posesión. Porque a veces perdidos. Porque a veces creemos. Y la falta de algo nos permite poseer una verdad absoluta: estamos solos. Bitácora de lucha de contrarios, Javier Acosta prefiere oír a su perro y develar cada mentira que otros dioses escupen. Y duda. Por eso le sienta mal hablar —y quedarse callado. Le sienta mal la existencia de Dios, también su inexistencia. Y huye. Al establo de Augías frente a la penosa tarea de recoger las heces del mundo. Emprende su labor mítica, la silenciosa recolección de la mierda. Las palabras a veces son excremento esparcido pero en realidad son verdad pulverizada, ahí el origen primigenio de la ceniza, en la palabra hecha carbón, en el verbo hecho mierda. Y se necesita que alguien venga al oído y diga el verdadero olor de las cosas para comprender que el oro —o mejor dicho, la mierda— nunca sustituirá ningún molar ni el más mínimo lamido. Javier Acosta llega a la orilla de la sangre y cada uno de estos 19 poemas lo cruzan al morir y al vivir. Junto al lector, estará en la misma cazuela donde el amo invisible probará un buen retorcijón de tripas. Provecho.

Portada del libro
Portada del libro

http://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-229

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