De doctores y rectores

De doctores y rectores

La semana pasada se presentó en el Congreso del estado, una iniciativa para reformar la ley orgánica de la Universidad Autónoma de Zacatecas Francisco García Salinas, que entre sus principales modificaciones, plantea que para ser rector sea requisito tener grado académico de doctorado, ser miembro del Sistema Nacional de Investigadores desde hace cuando menos cuatro años, además de tener publicaciones y ponencias.

Al respecto, los comentarios en redes sociales giraron principalmente en cuestionar la preparación académica de los políticos, y particularmente de los diputados locales que proponían esta iniciativa.

Echemos un ojo a las estadísticas nacionales: en el actual Congreso de la Unión, 56 legisladores (8.9 por ciento), carecen de título universitario. Doce de ellos estudiaron una carrera técnica, 17 más estudiaron una licenciatura pero la dejaron trunca o no obtuvieron título, 21 solamente estudiaron preparatoria, cinco de ellos terminaron la secundaria, y uno más, finalizó únicamente la primaria. Probablemente sean más, pues 23 legisladores federales, al menos en las fuentes consultadas, no informaban en sus páginas su último grado de estudios. (Información de ADN político http://www.adnpolitico.com/congreso/2013/01/09/los-legisladores-que-no-cuentan-con-un-titulo-universitario)

Armando Neyra Chávez, senador por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), tiene como último grado de estudio la primaria, aunque ha participado en seminarios en Bruselas y República Dominicana. Ha sido regidor y diputado local, también diputado federal en cinco ocasiones. En la página Atlas político se le ubica en el lugar 107, de 127 puestos. Su calificación global es de 1.17 en una escala de 0 a 5.

¿Son las calificaciones de Neyra consecuencia de su escasa preparación académica? No necesariamente, su historia parece más bien, reflejar el clásico cuadro saúrico de charrismo sindical.

En el otro lado de la moneda, 27 legisladores tienen título de doctorado, 18 de ellos diputados, y 9 senadores, lo que significa un porcentaje de 3.6 por ciento en la Cámara baja, y 7 por ciento la alta. Proporcionalmente, el Partido del trabajo es el partido con más legisladores con ese grado de estudio, con una cifra de 20 por ciento.

¿Es relevante el grado académico para el desempeño de un buen legislador? No, o no demasiado. Para bien o para mal, en los congresos hay cuantiosos presupuestos para pagar la asesoría de especialistas, además de contar con instituciones de investigación que prestan servicios a los diputados y senadores.

Algunos legisladores menosprecian estos canales, y lamentan que requieren contratar servicios particulares de especialistas para poder tener mayor información de algún tema. Apurados por esa situación, algunos hasta tienen que recurrir a sus cónyuges y meterlos a la nómina para poder contar con información a la altura de sus iniciativas y participaciones.

Herramientas hay, por ello académicos y especialistas coinciden en que no necesariamente un grado académico hace un buen legislador.

¿Será distinto en el caso de los rectores? Es poco probable. Las labores propias de un rector, no necesariamente se desarrollan mejor gracias a contar con un grado académico, o con ser parte del Sistema Nacional de Investigadores, y menos aún, si pensamos que la baraja de disciplinas es tan amplia, que se puede ser un experto científico en un área del conocimiento determinada sin tener siquiera nociones de los problemas que aquejan a los estudiantes de la Universidad, o de las problemáticas del estado, en cuya resolución podrían y deberían participar los universitarios.

Hace unos años, el atraso cultural de Vicente Fox caía en gracia y hasta era motivo de orgullo para algunos. Él mismo felicitó a una señora por no leer periódicos. Hoy, en día el chiste favorito del sexenio es la impresionante y evidente ignorancia de Enrique Peña Nieto. Pero el primero había estudiado en la Universidad Iberoamericana, y Peña es licenciado en Derecho por la Universidad Panamericana y tiene una maestría en Administración por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM).

Sus limitaciones no son pues, producto de la carencia de un grado académico. Tampoco podría atribuirse, al menos totalmente, su pobre desempeño a su ignorancia literaria. Lo que sí debería ponderarse es la influencia de su imagen, para llegar a la presidencia de la República. Imagen, en ambos casos, basado en superficialidades como un lenguaje florido, una imagen de supuesto poder y virilidad producto de hacerlos ver exitoso con las mujeres. Productos chatarra con discursos huecos y poses ensayadas.

Quizá es en respuesta a esta sobrevaloración de la imagen, que se pretende garantizar mejor preparación de quienes ocupan puestos políticos –finalmente la rectoría de una universidad lo es- pensando en que los grados académicos ayudan a ello. Sin embargo, habría que escuchar la sabiduría popular que reza que lo doctor, no quita lo… y habríamos de agregar, que ser doctor, tampoco da honradez, espíritu de servicio o autoridad moral. ■

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