Tortas japonesas

Tortas japonesas

No es definitivamente la actual situación favorable al sano ejercicio de la investigación periodística, y no me refiero a la tendencia de algunos informadores, reacios al espontáneo y desinteresado aplauso a los góberes preciosos, por sentimentalmente relacionarse con lumpenproletarios homicidas; sino a lo cómodo que resulta hoy día a los reporteros hacerse con “la nota”: basta hojear un boletín de la Sedena, referente al último “enfrentamiento” entre los humanitarios uniformados y los mortíferos criminales, con el resultado de varias docenas de bajas mortales en el bando de los facinerosos, y algún un militar con heridas que tardan menos de quince días en sanar en el de los defensores del Estado de Derecho; o bien practicar la pesca en aguas profundas de ese mar de historias llamado Estado de México y así publicar información que de la vuelta al mundo, active alarmas en las organizaciones por los derechos humanos, anime sesiones en los parlamentos, impacte las bolsas de valores y genere abultados ingresos a centenares de utilísimos cabilderos.

Dicho lo anterior habrá que reconocer si bien existe el riesgo de que tal situación melle el filo indagatorio de los informadores no se avizora la misma efímera o modificable en el futuro inmediato, o siquiera en el mediato; por lo que la única amenaza, para los poltrones reporteros, es que sus revelaciones resulten monótonas, e incluso predecibles.

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Para el beneplácito de unos cuantos egoístas comerciantes, amenazados apenas por una quiebra inminente, cual balde de agua helada en los ámbitos más conspicuos relacionados con las vidas terrena y ultraterrena de nuestro piadoso estado cayó la noticia de que las obras de peatonalización de la Avenida Hidalgo quedaban canceladas; las constructoras de adjudicación directa o “ganadoras” de concursos, y así mismo los cobradores del diezmo y hasta el quinto real quedarían entre los primeros damnificados; y nuestro mitrado padre espiritual, quien se aprestaba ya a la presentación de las facturas correspondientes a declarar “urgentes” las obras canceladas, entre los segundos. Empero San Jerónimo de Estridón asienta, en el prólogo de su Vulgata, un esperanzado aforismo: Sea por Dios y venga más.■

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