La Toma de Zacatecas

La Toma de Zacatecas

“Espero que esta pelea la ganen sus cañones” –dijo Pancho Villa a Felipe Ángeles–…

Hace cien años, desobedeciendo las órdenes de Venustiano Carranza, Villa llegó a Zacatecas con toda la División del Norte. La vieja ciudad colonial era el último bastión del ejército federal y su caída significaba, ni más ni menos, que la “vía libre” la ciudad de México. Francisco Villa y Felipe Ángeles deseaban –por encima de cualquier otra cosa– darle el tiro de gracia al régimen del usurpador Victoriano Huerta.

Zacatecas era una importante plaza de México gracias a que sus minas y ricos yacimientos de plata, la convertían en una de las principales productoras de ese metal. El 23 de junio de 1914, la ciudad estaba resguardada por 12, 500 federales huertistas blindados con once piezas de artillería pesada y noventa ametralladoras. La División del Norte, por su parte, contaba con 25, 000 efectivos que, días antes de la batalla, había llegado a Calera bajo el mando de Felipe Ángeles. Las unidades de infantería y de caballería tomaron posiciones en el lugar, en tanto que las baterías principales de artillería fueron colocadas en Fresnillo.

Las brigadas de Maclovio Herrera, de Chao, Urbina y Pánfilo Natera entre otras, se encontraban ya en Zacatecas cuando Villa arribó el 22 de junio. Pronto el General recorrió posiciones e imaginó lo que sería su ofensiva militar. Al día siguiente, el disparo de un cañón anunció el inicio de la batalla. Para las cuatro de la tarde, habían caído el cerro de El Grillo y el de La Bufa. Hacia las 5:40, el triunfo de la División del Norte estaba cerca mientras que el enemigo abandonaba sus posiciones huyendo de manera desorganizada. “La batalla podía ya darse por terminada, aunque faltaran muchos tiros por dispararse”, diría Felipe Ángeles.

Después de tomar La Bufa y el Grillo, las tropas de Villa avanzaron sobre la ciudad acabando con todos los soldados federales que encontraron a su paso. Los siete kilómetros que mediaban entre Zacatecas y la población de Guadalupe, terminaron tapizados de cadáveres. Al caer la noche, la batalla estaba totalmente perdida para las fuerzas federales.

Carranza –que en todo momento se mantuvo atento al desenlace de los acontecimientos– pretendió siempre que la ofensiva hacia el sur con las tres grandes divisiones constitucionalistas a su mando, se hiciera sin Villa. Pero el llamado “Jefe Máximo” del Ejército Constitucionalista, solo pudo retrasar la llegada del “Centauro” a la capital del país al suspender (nuevamente) el envío de carbón para las locomotoras de la División del Norte. Antes de La Toma de Zacatecas, Carranza había hecho lo mismo negando carbón por lo que los trenes de Villa hubieron de llegar a su destino en Zacatecas, “en medio de una espesa nube negra producto de la quema de leña verde”.

Después de la victoria, Villa hizo entrega de la plaza y del estado de Zacatecas a Pánfilo Natera y le mandó el parte de operaciones a Carranza como si nada hubiese pasado. Además de “las Tres Pelonas” en medio del triunfo militar, los villistas salieron de aquella batalla con una nueva pieza musical que pronto se incorporó a su repertorio: La marcha de Zacatecas. Esta obra musical, había sido compuesta (originalmente con otro nombre) por Genaro Codina en 1891 en claro homenaje al gobernador porfirista Jesús Aréchiga. Con el triunfo villista, la pieza musical dejó atrás el nombre de “Marcha Aréchiga”, para ser rebautizada con el nombre que conocemos hoy, convirtiéndose en el himno de los norteños y de la gesta heroica que aquí celebramos.

La Toma de Zacatecas y la entrada triunfal (el 6 de diciembre de 1914) a la Ciudad de México de los ejércitos Libertador del Sur y División del Norte, fueron acaso los momentos más gloriosos de la Revolución Mexicana. Villa y Zapata, simbolizaron –con su arribo al Zócalo capitalino y el pintoresco hecho de sentarse en “la silla presidencial” de Palacio Nacional– el momento culminante de una revolución en la que sus protagonistas toman el poder.

Pero no fue así, aquel fue un poder efímero. Las limitaciones históricas y la falta de visión política consiguieron que los ideales de la Revolución Mexicana –la primera revolución del siglo 20— fueran, en los años que siguieron, traicionados una y otra vez por autoridades y gobiernos toda vez que sus líderes habían sido eliminados. El 10 de abril de 1919 sería asesinado en Chinameca, Morelos, el Caudillo de la Revolución del Sur, general Emiliano Zapata. Años más tarde, el 20 de julio de 1923, sería igualmente asesinado el general Francisco Villa en Hidalgo del Parral, Chihuahua.

Los “gobiernos emanados de la revolución” mejor conocidos como gobiernos del PRI son, por ascendencia genética, herederos directos de esos y otros crímenes que llenan de vergüenza las páginas de la historia mexicana. Por eso, el pueblo de Zacatecas, tendrá que reclamar cuanto antes a sus muertos y recuperar a sus héroes. ■

 

Fuente informativa: Paco Ignacio Taibo II

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