El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

María R. Murillo y el martirio en el lado “hereje” (parte 1 de 3)

El amanecer se colaba entre nubes constipadas, oscuras, sobre el municipio zacatecano Villa García de la Cadena, llamado todavía en ese 1935 Santa María de Mecatabasco, por parte de piadosos hombres y mujeres que se resistían a las ordenanzas del gobierno federal cardenista. La otra María, la profesora, vio el cielo de Huiscolco al despertar dentro de ese cuartito de adobe, pegado al otro que servía como aula. La figura de un gallo se recortaba contra la oscuridad que se disipaba. Su canto dio un nuevo aliento a la “perdedora de almas”, como ahora daba por llamarla desde el púlpito el viejo cura Cabral, en la cabecera municipal.

La profesora rezó un Paternoster frente al crucifijo fijado en barro que pendía de la pared de adobe. Masticó varias veces el “sicut et nos dimitimus debitoribus nostris”, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. La situación no era tersa: siete años habían pasado desde el final de la Cristiada, volvió a pensar ella mientras se aseaba. Siete años y sin embargo en los cerros todavía se escondían resentimientos vivos, “los de la segunda oleada”, cristeros que buscaban venganza por las muertes de los suyos. En Jalpa, por no ir más lejos, Jovita Valdovinos había jurado acabar con quienes mataron a su padre Teófilo. La mujer bajaba a los ranchos, robaba lo que podía y regresaba a esconderse. Y así otros tantos, mientras los curas los alentaban en secreto, quizá también por el coraje contra el ex presidente Calles y ahora contra el general Lázaro Cárdenas. El presidente Cárdenas y su modificación al artículo tercero constitucional.

María se alisó el cabello y cerró los ojos por un momento. Se sabía parte de una cruzada difícil. En esa región los sacerdotes seguían monopolizando la tarea educativa a través de la escuela de párvulos y sus catecismos que debían ser memorizados a rajatabla. Por otro lado estaban los hacendados. Allá en El Plateado, cerca de su rancho natal San Antonio, María tuvo que lidiar con el cacique Antonio, quien día tras día encaraba a la profesora para exigirle que dejara de enseñar a los labriegos. “Esa gente está para trabajarme, no para leer y escribir”. Casi lo mismo sucedía en las haciendas cercanas: Cosalima, San Francisco, Santiago, Agua Blanca, San Luis, La Luz, San Andrés, San Pedro… Ahora, quién lo dijera, el mismo don Antonio le calentaba más la cabeza al cura Cabral.

-Es insoportable- lamentaba don Antonio desde la sala de su casa grande, “que esta vieja… ¡una vieja! esté diciéndoles a todos que debe ser bienvenido eso del reparto agrario. ¡Despojo es lo que se llama eso, señor cura, y usted bien lo sabe! Los ignorantes hacen una revolución para la rapiña, y ahora vienen por las tierras que mi padre, mi abuelo y mis demás ancestros han cultivado con tanto trabajo. Y además olvidan todo lo que los hemos cuidado a esos zarrapastrosos”.

-Hijo, ya repetí en mi sermón que quien acepte tierras del gobierno automáticamente entrará a las llamas del infierno in aeternum, per saecula saeculorum. Ya les advertí también sobre esa mujer que en Huiscolco lleva a los niños por los caminos de Satán.

-Pero hay que hacer algo más, señor cura. ¡Acuérdese que las viejas deben estar como los rifles: cargadas y en un rincón!

La semana pasada, María había desatado más ira del viejo cura. “Han de saber que los niños no vienen de ninguna cigüeña, sino de sus madres. Ese abultamiento que le ven antes es el propio bebé, alimentado por su mamá mediante un cordón al que llamamos umbilical. Lo que ustedes conocen como ombligo no es más que la cicatriz que a todos nos queda tras el corte del cordón”.

-Por eso no vemos a la cigüeña, maestra…

– ¿Cuándo has visto cigüeñas en Huiscolco, Juvenal?

-Oiga, maestra. Mis tatas no me hablan de cigüeñas. A mí y a mis hermanos nos dicen que el niño Dios nos deja a los hermanitos afuera de la puerta, en una canasta.

-A ver, Lauro: en primer lugar se dice “a mis hermanos y a mí”. En segundo lugar, tampoco es cierto eso de la canasta. Los hombres y las mujeres tienen distintos órganos reproductores y con ellos puede darse la vida…

Niñas y niños seguían mirando a la profesora María Rodríguez con bastante extrañeza.

-Sé que es difícil que lo entiendan, y hasta peligroso para mí. Pero quizá alguno de ustedes podrá explicarlo mejor cuando tengan alumnos… A ver, ¿quiénes de ustedes quisieran ser maestros?

Varios de los chiquillos levantaron sus manos.

-Qué bien… De ti ya lo imaginaba, Rafael: lo compruebo en tu empeño diario.

El aludido levantaba el mentón, como si intentara ocultar su sonrisa. La profesora continuó hablándoles.

-Les aconsejo que difundan el conocimiento. Enséñenlo a todos sus conocidos. Enséñenles por lo menos a escribir el nombre de ellos. Juntos podemos acabar con la ignorancia en nuestros pueblos.

(Continuará el próximo lunes…)

 

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