El canto del Fénix

El canto del Fénix

Hay un hombre que me ama y no me lo dice. Jamás lo hará. Frente a mí cruza los brazos, deja arrugada la camisa, inclina un poco el mentón hacia abajo y abandera silencio. Cuando cosecho algún triunfo y la gente se lo informa, él contesta “jum”. Cuando quiero saludarlo o despedirme de él, cuando me le acerco y extiendo mi derecha, contesta “jum”. Cuando quiero hablar con él refrenda el “jum”.

Fuera de hacer públicas estas líneas, nada haré al respecto. El hombre del que ahora escribo está condenado a reproducir el trato que se le dio durante su crecimiento. Así lo acepto y amo: no puede él salir de esos moldes, ni yo forzar a que lo haga. Así fue educado: con la exigencia forzada en una mano y la indiferencia fingida en la otra. Frente a él, yo me detengo y continúo. Su semblante me recuerda a la respuesta evangélica ésa de: “No hemos hecho más que lo que deberíamos hacer”.

Él me ama y quizá yo estoy peor que él, porque ni siquiera puedo imitarle el “jum” a modo de respuesta equiparada, de literal comunicación, de postura mimética. Ponerme cursi frente a él… ni pensarlo. Arrebatar escenas inadecuadas tampoco tiene mucho sentido: podría ofenderlo y eso jamás me lo perdonaría yo.

¿Para qué culpar a nuestros ancestros?, ¿no sería un recurso bastante facilón? Voy más allá. ¿Para qué quiero que las cosas sean de otro modo, a costa de cambiar a ese hombre? Yo interpreto esa respuesta que suena a gruñido no como suena sino como aquello que esconde. Acepto con mucho gusto la responsabilidad de interpretar el “jum” como tal expresión debe ser valorada.

¿Existe un amor perfecto? Por supuesto que descreo de eso, incluso en el mundo platónico. Humana condición, cuánto me haces sufrir y cuánto te amo. No me gusta aplicar en otros los estándares con los que me mido, menos en la gente que adoro. Me preocupo más bien por mis modos de transmitir afectos, no por los ajenos.

El “jum” significa mucho para mí, me basta. Lo acepto como imborrable separador de etapasen mi existencia que me hace notar que un paso se ha dado correctamente, y continúa otro que debo dejar como algo mucho mejor. Si un rosario de cuentas pasa permanentemente entre los dedos de mi madre, un rosario de desafíos para mí pasa frente a los ojos del hombre de callosas manos que ama. Bendigo al “jum” y lo guardo en mi memoria y sensibilidad. Cada uno de esos gruñidos significan todo en mi formación y consolidación. ■

 

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