Reformas impuestas y autismo de la clase política

Reformas impuestas y autismo de la clase política

Apartir de 1992, con la reforma del artículo 27 en materia agraria, inicia un periodo de cambios del texto constitucional que van desmontando a pedazos los textos que llegaron a plasmar las grandes aspiraciones del pueblo del México postrevolucionario: propiedad social de la tierra, propiedad nacional de los recursos naturales, derecho universal a la educación básica, celosa autonomía nacional, seguridad social de los trabajadores mexicanos, e igualdad social.

Pues bien, la tierra se reconvirtió en mercancía, la renta petrolera se podrá compartir, legalización de las relaciones laborales precarias y el gobierno real cayó en manos de los poderes fácticos.

Cada uno de los pilares del proyecto del constituyente de 1917 ha sido deconstruido. Pero aún hay más, el ideal democrático también está ausente: todas las reformas se diseñaron en una muy pequeña y selecta élite política; después se impulsaron en el llamado “Pacto por México” donde únicamente las dirigencias formales de los tres partidos más grandes hicieron los acuerdos, excluyendo a partidos más pequeños y a la totalidad de sus militantes; pero lo más grave es que los partidos políticos se convirtieron en cápsulas de separación con la población: la separación de la clase política respecto a la sociedad provoca que los políticos, sobre todo los que tienen el mando, padezcan un autismo que les impide voltear a ver lo que piensa la población.

Una muestra son las encuestas que preguntan la opinión de la gente sobre las reformas, y el resultado es que porcentajes altísimos de los consultados las rechazan. Entonces, se concluye que son modificaciones constitucionales impuestas por una pequeña élite de políticos del PAN, PRI y PRD, quienes en los últimos días volvieron a juntar amarras, para seguir impulsando “los cambios que el país necesita”. Los efectos de las reformas verán su mayor virulencia en pocos años, y estas consecuencias en el nivel de vida de los mexicanos y la profundización de la desigualdad, vendrán a poner de manifiesto la profunda ilegitimidad de las reformas.

Y entonces vendrá la exigencia de recuperar el poder (popular) perdido. Si no hay recuperación de la soberanía, entonces México se convertirá en un mero territorio de saqueo; pero si la recuperación ocurre, entonces, la pregunta es, ¿cómo será dicha reposición del poder? Ahora se manifiesta como desacuerdo en encuestas, el hartazgo acumulado se exhibe también a través de la indiferencia política; pero si llega a tomar voz, se articula y estalla el hartazgo (abonado por el exceso de la violencia) las consecuencias pueden ser impredecibles.

NO vemos que la clase política haga algo para evitar ninguno de los escenarios expuestos (la depredación o el estallido), se les ve en su mundo cerrado sobre sí mismo, y completamente autorreferencial. Y en el autismo político no nacen estadistas visionarios, sino brota el oportunismo cortoplacista guiado por la codicia.

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