La rama rota

La rama rota

La rama que hasta ayer estaba pegada de nacimiento al árbol que ahí creció quien sabe cómo, quien sabe por qué pues no había agua suficiente para que bebieran las personas, amaneció en el suelo, tirada como si alguna fuerza contundente lo hubiera quebrado.

Era una rama gruesa y llena de ramitas con cientos de hojas entre amarillas y otras medio verdes. Con el sol en plena altura -por ahí del mediodía- cubrían, daban sombra a los que vivían en la casa de don Jesús. Luego de las seis el sol ya metiéndose allá por el cerro de las burras las pintaba amarillas. Hojas grandes se sacudían por el aire. Si acaso sostenían en su lomo clorofílico chicharras o a veces unas mariposas extraviadas.

Ahí se quedó la rama. Nadie la levantó. No podría hacerlo alguien, pues el rancho está silente de todo. Los que ahí viven son tres no más. Jesús hombre sesentón y soltero habita ese poblado sin gente que hable mucho. En otra construcción semidestruída hacen vida matrimonial José Guadalupe con su mujer María Auxilio, conocida como Chilo.

Tres días duro con vida la rama rota en el suelo. Seguro esperaban que se secara para convertirla en leña. Ese proceso de deshidratación se notaba porque las hojas luego de muchas horas expuestas al sol sin agua, marchitas doblaban su donaire presumido en las alturas.

Allá arriba tenían todo para ser unas futuras ramas de las cientos que tiene ese árbol raro nacido hace como 25 años.

Lo que sabe ese encino. El abuelo de los pobladores silentes lo plantó y cuidó. Lo regaba y hasta le construyó una barrera de tronquillos macizos para que las vacas desbalagadas no se lo tragaran.

Jesús a quien los ajenos y los propios le apodaban “la vaca” hace un par de años se la pasó ocho días enfermó con calenturas en su cama. El sol salió varias veces pero él no.

Nadie lo auxilió ni lo procuró para saber qué tenía o por qué no salía…o qué se le ofrecía.

Sin tomar agua ni probar alimentos. Era como una biznaga o nopal sin probar agua.
Muchos hombres de por allá así eran. Soportaban horas y horas sin probar agua ni alimentos.

Sin alientos para moverse se la pasó días echado en esa cama de sabanas, almohada y cobijas sucias.

Para orinar la poca agua que tenía en la vejiga sólo se ladeaba y desde ahí dejaba chorrear los meados.

Ni defecaba, pos cúal caca. Nada tenía en la panza ni en las tripas.

Cuando recuperó fuerzas se levantaba a orinar en una de las esquinas de esa ruinosa casa. El techo viejo dejaba caer arenilla fina de la tierra que escarbaban los gusanos que cohabitaban en tiempos frescos.

Esos animalillos con la propia erosión del tiempo y el aire por la falta de mantenimiento, pronto perforaron un hoyo que mostraba la pobreza interior de esa ruindad que por las mañanas de sol se iluminaba con una luz resplandeciente y calórica.

Esa casa fue de su papá y su mamá, pareja que jamás pudo ver a los demás habitantes de San Luis.

Por las noches, tiritando se levantaba de la cama y a tientas caminaba. Se guiaba más bien por el olor pestilente de sus orines que por ver en oscuridades frías.

En el pequeño patio habían crecido yerbas. Todo invadido por esa vegetación propia de las viviendas abandonadas.

Ahí son pocos, como árboles firmes, los que viven sin problemas. Muchos mueren de tiricia. De soledad en la soledad. Tristes sin demostrarlo. Por la costumbre se aguantan, no chillan ni que fueran viejas.

Las tripas le gruñían. Vacíos temporales de comida. Vivía ahí sin hablarse con su hermano mayor.

Su hermano José Guadalupe y Chilo no compartían alimentos ni saludos de buenos días o buenas noches con Jesús, mucho menos se preocuparía si estaba enfermo. Le importaban más sus toros, vacas, burros, caballos y los dos perros que la vida de su hermano. No se hablaban desde hace años. ■

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