Otras voces y otros ecos del 68

Otras voces y otros ecos del 68

Pocas veces se ha hablado de las mujeres en el Movimiento Estudiantil de 1968 y quisiera que se me permitiera recordarlas ahora que el autor del excelente libro Otras voces y otros ecos del 68, El Pino, Salvador Martínez della Roca me da la oportunidad. “Gris es toda teoría y verde es el árbol de oro de la vida” se refiere a los jóvenes porque el color verde es el del crecimiento, el de la esperanza. Las memorables manifestaciones del Consejo Nacional de Huelga (CNH), el apoyo del ingeniero Heberto Castillo, las consignas “Prohibido prohibir”, “Prohibido prohibir la Revolución”, y otros lemas que no son órdenes ni cadenas sino llevan a descubrir que “bajo el empedrado está la playa”.

Dos mujeres la Tita y la Nacha
, Roberta Avendaño y Ana Ignacia Rodríguez, son las primeras que mencionan los sesentayocheros. La Tita, Roberta Avendaño fue la más conspicua y una líder de gran tamaño, no sólo por su peso sino por su camaradería alegre y dicharachera. Muy populares, muy queridas, siempre atrabancadas y solidarias, los estudiantes se apoyaron en ellas porque fueron esenciales como lo es la tierra que pisamos. Años después del 68, la Tita siguió representándose a sí misma en obras de teatro hasta que murió del corazón en el hospital López Mateos de la ciudad de México. Otra militante valiosa fue la abogada Adelita Castillejos, esposa de Armando Castillejos, quien al lado del abogado Carlos Fernández del Real defendió 22 sindicatos independientes (entre otros el de El Ánfora) y se enfrentó a Fidel Velázquez.

Habría que recordar también a una actriz extraordinaria, Margarita Isabel, experta en mítines relámpago en las esquinas y en los mercados, quien dio alegría al Movimiento con sus improvisaciones y logró que 10 personas de una brigada médica cupieran en un Volkswagen. Calma, calma, calma, ésta es una provocación, calma ante la alucinante rapidez de la muerte.

En agosto de 1974, en el entierro de nuestra Rosario Castellanos, bajo una lluvia que aumentaba nuestra tristeza, una mujer peinada con cola de caballo repartió hojas de papel tamaño carta con poemas de Rosario que ella había mimeografiado. Mojadas, las hojas blancas se convirtieron en sudarios. Cuando me tendió una de sus hojas, entre lágrimas, le pedí su nombre: Alcira Soust Scaffo convertida hoy en una leyenda “insensata y transparente” como la llamó José Revueltas. Cuando el Ejército tomó la Universidad el 18 de septiembre de 1968, Alcira, aterrada porque era uruguaya se escondió en el baño de “Mujeres” y permaneció allí 12 días bebiendo agua. Hoy la recordamos entre otras justas razones porque Roberto Bolaño la consagró en su novela El amuleto. Pero antes del 68, José Revueltas contó que ella le había dado un poema escrito en francés que traduzco a las volandas y lleva un epígrafe en italiano: “L’amor che move il sole e l’astre stelle (El amor que mueve al sol y a las estrellas) Alcira anunciaba que la felicidad sería para todos, cada uno cargaría un sol, una estrella tan ardiente como la sonrisa de un niño. La felicidad brillaría en un mundo tan embriagante que en el no cabrían ni el hambre ni las miradas que congelan”.

Las miradas que congelan, las del rechazo fueron frecuentes en la vida de Alcira que alarmó a Revueltas con su estado sicológico porque “todo se le había aglomerado en el alma: la guerra de Vietnam, la persecución de los negros, el vacío y el dolor de la vida”. Revueltas la rencontró en la Facultad de Filosofía, desde el inicio del Movimiento. Yo mismo fui a saludarla y lo primero que hizo fue mostrarle el poema suyo que conservaba en su agenda. “Era otra mujer, su espíritu se había hecho nuevo y combatiente”. Revueltas también recordaba el mimeógrafo del comité de huelga que giraba toda la noche y arrullaba a los compañeros que se turnaban para dormir mientras él, dentro de su cubículo, veía amanecer allá en las alturas de ese octavo piso, a donde le “llegaban todas las voces, los ruidos y los paisajes de CU”.

Todas las voces, los ruidos y los paisajes se concentran en este libro de El Pino, Salvador Martínez della Rocca. Según El Pino el amor hizo que se rompiera la estructura victoriana. Se besaban y se abrazaban pero el mayor abrazo, el más apretado, el de la protección absoluta fue el de la Universidad en cuyos pasillos muchos se quedaron a dormir arrullados por el canto del mimeógrafo. Los muchachos del Politécnico nunca tuvieron esa suerte.

Elisa Ramírez, la guerrillera hija del sicoanalista Santiago Ramírez, cargaba con sus ojos expresivos una manta del CNH, a Rosaura Ruiz, estudiante de la Prepa 4 le pusieron “Fanta” por guapa, todavía hoy sigue en la lucha la formidable María Fernanda Campa, María Alicia Martínez Medrano, quien caminaba la ciudad entera, más tarde habría de fundar el Teatro Campesino, Estrella Sámano y otras chavas aprendieron a decir “Te quiero un chingo”, Esther Ceceña, hija del abogado liberal José Luis Ceceña, vivió intensamente al lado de una familia de alcurnia, Lascurain. Laurita, nieta del único presidente de México que duró 24 horas en el poder, fue novia de El Pino y su hermana mayor lo fue de Gilberto Guevara Niebla de quien yo también quería ser novia pero amo a Raúl Álvarez Garín.

De tanto defender los seis puntos e inventar un México en el que cupieran todos, los muchachos dejaron de ser “machines” como lo explica El Pino y el “concretito” de las interminables asambleas del CNH les hizo ver que las mujeres con su sentido práctico llegaban en un tres por cinco a conclusiones que a ellos les tomaban días de discusión. El joven y bello maestro Martín Dozal, marcado de por vida, leía en su celda a Octavio Paz.

Aquí, en el libro Otras voces, otros ecos del 68 hay voces dulces y duras a la vez, lúcidas y preparadas, voces que reclaman y voces que cantan, voces de jóvenes que nacieron para amar, bailar, reír, besarse, tomarse de la mano. Libros, libros, libros pedía José Revueltas, libros, libros, libros, repetimos con él. El Pino y sus compañeros tatuaron el 68 sobre su pecho, escribieron su gesta sobre la piel de su cuerpo y ahora se han vuelto “un poco sobrenaturales” como lo pedía José Revueltas. Hoy, todos son los personajes de sus sueños y ¿por qué no? los personajes de los sueños de los chavos que los siguen, los que vienen detrás, los de las universidades y los de los Colegios de Ciencias y Humanidades, los del Movimiento #YoSoy132 y los de las Prepas que hoy demuestran que no hay en México ninguna fuerza mayor que la suya.

Texto que la escritora leerá este sábado en la FIL de Guadalajara.

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