Efervescencia epistolar contra censura corporativa

Efervescencia epistolar contra censura corporativa

El más famoso de entre los literatos que trabajaban como agentes privados de las monarquías del siglo 16, fue quizá John Chamberlain, quien con la literatura contenida en sus cartas al embajador del rey Jacobo I, nos permite tener noticia clara de la situación de vida de los londinenses de su tiempo. Algunos consideramos a John Chamberlain y a sus cartas, un importante símbolo precursor de los periodistas ingleses, en esos años cuando el periodismo no se valía aún ni de imprenta, ni la potestad de su información era pública. Sin embargo ya desde los albores del siglo 13, fueron las efervescencias epistolares, suscitadas por eventos sociales trascendentales como guerras, epidemias y crisis, los verdaderos precursores de la captación y manejo de la información de carácter público, y pese a las limitadas estructuras postales que hacían el trabajo de la difusión, las noticias, tengo entendido, viajaban con relativa eficiencia.

Los mexicanos estamos conectados en varios sentidos, y sería absurdo no estarlo si consideramos la cantidad de tecnologías puestas al servicio del público en general, cuya finalidad es reducir las distancias ideológicas y materiales entre las personas y las sociedades que ellas conforman. De entre esas tecnologías quisiera destacar aquellas basadas eminentemente en el llamado espectro radio eléctrico, el cual está considerado como otro recurso natural de nuestra nación, y es administrado en teoría por el Estado, aunque en la realidad como es patente, se encuentra enajenado por algunas empresas que moldean la información según determinados intereses, y han demostrado ser capaces, al controlar el contexto en el que se presenta las noticias, de comprimir la capacidad crítica de grandes conjuntos de personas. Por otro lado, y pese a que estamos en la era de la comunicación, alrededor de dos tercios de los individuos que habitan México tienen dificultad para acceder a los nuevos modelos de cómo se difunde la información, con lo que siguen siendo los periódicos que cosechan en muchos casos el llamado chayote, la radio sin juicio ni contenido, y la televisión fábrica de neurosis, las hábiles manos que tejen el intrincado velo de distorsión para los ojos de la conciencia colectiva, lo que en síntesis significa que el poder de la información sigue concentrado en pocas manos, y en toda oligarquía florecen, además de los pétalos enfermos de la injusticia, siempre las censuras.

Cambiando de tema, quiero decir que desconozco el actual estado del sistema postal nacional, y que fuera de algunos despliegues propios de cursi romanticismo, he usado fundamentalmente de él para comunicar irrelevancias a mis seres queridos, pues pese a todas las otras novedosas opciones de comunicación que tengo para contactar con ellos, decidí ejercitar mi opción de enviar cartas debido al disgusto de pensar que los carteros transportan eminentemente en sus sacos todavía de cuero, información bancaria, recibos del servicio público y notificaciones fiscales o legales, pero nada más. En cada ocasión que envié y recibí cartas en los pasados meses, lo he hecho con bastante eficiencia –y emoción, debo decir que recibir un manuscrito por correo postal es siempre conmovedor-. En suma, creo que el servicio postal nacional actual, pese a toda la boga que le han arrebatado otros medios de comunicación interpersonal, es con todo muy superior al servicio postal medieval de cualquier lugar.

Por su parte también me conmueven los partideros de cabeza que pasan los actuales movimientos sociales, en su búsqueda de un cambio en la situación política del país, promoviendo sus discursos eminentemente por Internet y las redes sociales, y tratando de difundir información real y pertinente entre la población por eso mismos medios, sin considerar la parquedad de su alcance en porcentajes, y percatándose cada vez con más desencanto, que la gente y su noción de las cosas está construida por la avasalladora capacidad de las empresas dueñas del espectro radio eléctrico.

La propuesta de esta nueva divagación consiste en invitar a esos movimientos a revitalizar el sistema postal nacional, infundirle nuevos bríos con grandes cargas de trabajo útil, y devolverle al correo su posición histórica de trinchera contra la censura que promueven las versiones oficiales de la información sobre los hechos cotidianos. Ahí está la red postal nacional, ¿dónde estarán las voluntades que la aprovecharán para difundir, en el personal discurso de un individuo a otro, a través del manuscrito epistolar, la verdadera situación de nuestro lugar? El gran cúmulo de los mexicanos sangramos por las mismas heridas, pero ninguna voz puede encontrar resonancia en las otras, porque los menos consideran a la Internet el universo, y el enorme resto es silenciado por el enajenante ruido de las enormes corporaciones que difunden las noticias. Considero que los hombres se salvan en la intimidad y de a uno en uno, no en la plaza pública ni expuestos al escarnio de las mentes enajenadas por la información presentada sin contexto. Considero que sería conveniente intentar una efervescencia epistolar en este tiempo, donde apuesto que la caligrafía debe andar muy enferma por culpa de los teclados, pero toda letra nacida de un puño con un destinatario personalizado, creo que vale más que un tiraje de mil panfletos impersonales y distribuidos por las esquinas a los transeúntes de cualquier ciudad. ■

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