Tres sexenios de “ismos” zacatecanos

Tres sexenios de “ismos” zacatecanos

■ Agenda Política

En pleno conflicto interno, dentro del Partido Revolucionario Institucional en Zacatecas, las elecciones de 1998 parecieran tener un denominador común con las de 2013: la tensión en que se encontraba la militancia priísta llevó a una ruptura de proporciones coyunturales. Dicho elemento permitió lo que en la actualidad se ha nombrado como “monrealazo”.

Ricardo Monreal llegaría a la candidatura por la gubernatura estatal con un beneplácito apenas fingido de Amalia García Medina, quien se perfilaba como candidata natural del PRD para las elecciones en ese 1998. La problemática no era para nada menor.

El ex diputado federal del PRI, en aquellos años uno de los puentes de comunicación con la Secretaría de Gobernación, en manos de Emilio Chuayffet –hoy secretario de Educación- se declaraba en abierta indisciplina (cosa rara en el político de aquella década) frente al Comité Ejecutivo Nacional priísta, y en conflicto abierto con el ex presidente Ernesto Zedillo, al desconocer al candidato del PRI a gobernador: José Olvera Acevedo.

La siguiente parte de la historia es ya conocida. Sin embargo resultó de novedad que la indisciplina mencionada, inaugurara el lenguaje político distintivo de los gobiernos de Zacatecas. A partir de esa elección donde abundó el abandono del PRI, y el desplazamiento de sus figuras hacia partidos marcadamente opositores, la política local no ha logrado superar del todo la figura del ex gobernador: fenómeno al que se le acompaña normalmente con conceptos como “monrealismo”, y derivado de éste, “monrealistas”.

El paradigma de la indisciplina (y sus “ismos” resultantes), iniciada con Ricardo Monreal en un PRI que era conocido precisamente por su obediencia a las “líneas”, y seguido posteriormente por quien fuera su secretario particular -hoy gobernador- Miguel Alonso, y su distanciamiento del PRD de Amalia García, tiene en estos capítulos recientes de la historia local una serie de elementos que permiten identificar su vigencia.

Entre “monrealismo” y “alonsismo” se tiende un terreno de lucha política que ha marcado las condiciones en que las relaciones de poder se dan desde hace ya tres sexenios. El “alonsismo” como cociente de la correlación de fuerza entre el equipo y la tradición de gobierno de Ricardo Monreal, que aun se encuentra impregnado en el imaginario político y social de la ciudadanía y la clase política.

Del “amalismo” se puede rescatar poco, ya que la ex gobernadora armonizó su imagen con la particular manera nepotista de gobernar. Su madre, hermanas e hija, fueron la cúpula política más cercana, y en sus últimos años la más endeble, con quien Amalia se afianzó para desarrollar el ejercicio del poder.

¿Qué pasa entonces cuando la lucha por el poder se convierte en la lucha en contra del perfil tipo “caudillo” o “cacique” que Monreal dibujó? Sucede que la imaginación política se encuentra en condiciones de sequía, y no existe propuesta, sino un conflicto moribundo.

La carencia de proyectos en los últimos 15 años se debe a que la correlación de fuerzas encontró en la indisciplina una forma de allanar el camino al poder, como se comentaba anteriormente. Para derrotar al caudillo es precisa la traición en su círculo más cercano. Esto es, que las mismas fuerzas que le permitieron el usufructo del poder cambien su ruta de avance, más no el mecanismo que le permite la dominación institucional y de la clase política.

¿Por qué Amalia no logró derrotar a Ricardo Monreal? Debido a que la ex gobernadora no asimiló este ejercicio local de poder, y con ayuda del consenso nacional en el PRD, se alejó de toda posibilidad de entrar al espacio de lucha con el caudillo. Respuesta lógica: el caudillo seguía utilizando sus brazos políticos para mover una buena parte de la estructura burocrática, que se supone debía obedecer a Amalia.
La ex gobernadora no representaba fuerza tal que pudiera compararse, y menos aun, eclipsar al “monrealismo” vertiginoso. Fueron seis años de un cogobierno entre el grupo encumbrado por el ex gobernador, y la lucha tenue que le ofrecía el PRD a aquél movimiento iniciado en la indisciplina a un modelo rígido.

Debido a este lapso de tiempo donde no se ofreció resistencia efectiva al “monrealismo”, lo que presenciamos actualmente, en forma de un proceso electoral para reafirmar el gobierno “alonsista”, es precisamente el conflicto inacabado para derrocar la sombra del ex gobernador, apadrinado por quienes fueran un día su círculo rojo.

Esta lucha es un movimiento político habitual, donde una estructura de gobierno busca depurarse de un esquema anterior, fuertemente identificado en una persona. Desde el primer año de gobierno, y una vez que Miguel Alonso lograra menguar la imagen de su predecesora, la meta del gobierno tuvo nombre: Fresnillo. La elección 2013 parece ofrecerle oxígeno al “alonsismo”. Deberá de utilizarlo en 2015 y 2016… ya que otro mérito no tiene. ■

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