Libros y diseño

Libros y  diseño

En su milenaria historia, el libro ha permanecido incólume en su arquitectura funcional. Ante los avances tecnológicos sufridos en Occidente —desde los revuelos socioeconómicos ocasionados a partir de la Revolución Industrial, pasando por el posicionamiento de la comunicación en masas en la sociedad actual y culminando con las prerrogativas de la web mundial—, el instrumento más asombroso del hombre, el libro, continúa en un estado de vigencia. La inventiva de técnicas de producción cada vez más finas ha contribuido a la experimentación con nuevos materiales, dando a la luz pública ejemplares de una pulcra belleza. Las nuevas propuestas gráficas corresponden a las tendencias vanguardistas de las escuelas de diseño y artes plásticas. Pese a esta veleidad de los manifiestos del diseño gráfico, los interiores del libro conservan una continuidad que no se ha mancillado desde aquel formato clásico, de piel de cordero o papiro, que los romanos conformaron en códices con la forma de cuadernillos de variadas medidas.

Ante la reciente incursión del ordenador en la práctica de la autoedición, a la par de los maravillosos avances en las técnicas de la imprenta y al establecimiento de un mundo globalizado, nunca antes se habían divulgado tantos títulos como ejemplares de libros —en 2008, a nivel mundial, se publicaron más de ochenta y seis mil títulos y se tiraron un promedio de ciento ochenta y tres millones de ejemplares—. En este dinamismo global de la industria editorial, el ejercicio del diseño gráfico se ha involucrado ascendentemente en los procesos innatos de esta “extensión de la memoria y de la imaginación”. Ante la ardua competencia entre editoriales y una sociedad con una mayor educación visual, las publicaciones se exigen a sí mismas ser un producto, además de funcional, estético. La existencia de propuestas plásticas en el libro conjunta una certidumbre unida al arte: los materiales inmersos en la novedad generan expectativas de compra en lectores potenciales en ejemplares que contienen, muchas veces, las peculiaridades de un libro de artista.

La evolución del diseño de libros tiene una tradición que empieza a considerarse en el Medioevo. Los monasterios fueron verdaderos centros de enseñanza y aplicación del diseño gráfico a las artes editoriales. En Occidente, la autoría de los primeros diseños de libros recae sobre los monjes del siglo 9, que transcribían e ilustraban los textos bíblicos. La inventiva de la prensa de Gutenberg tiene como referente inmediato a los copistas e ilustradores medievales y su fabricación tenía a éstos como el modelo a seguir. Jan Tschichold, diseñador alemán, que sentó las bases de la tipografía contemporánea, invirtió tiempo al estudio de los manuscritos y libros medievales y del Renacimiento. El objetivo era encontrar las constantes aplicadas en el diseño. La observación detallada del corpus de estudio derivó en reveladoras conclusiones: los diseñadores medievales y renacentistas hacían uso de la proporción 2:3:4:6 en las mediciones de los márgenes interior, superior, exterior e inferior, respectivamente. Tschichold hizo otro descubrimiento no menos seductor: la elevación de la caja de texto se debía al ancho de la página cuando la simetría entre anchura y altura de la página era 2:3. Sin duda alguna, la proporción áurea había sido bastante común en la época. Los antecedentes del “número de oro” yacen en la antigüedad griega como una correspondencia entre segmentos de rectas. Esa razón áurea está presente en la naturaleza misma: en las nervios que integran el tejido de las hojas de los árboles, en el grosor de los troncos, en el caparazón de los caracoles y otros moluscos marinos, en las galaxias lejanas que contienen billones de estrellas, en la formación de los flósculos de los girasoles y en la distribución perfecta de los cactus. No fue complicado emular esa proporción divina en la historia de la humanidad con un sentido estético: miles de obras de arte aún continúan este patrón de equilibrios visuales.

Ante estas interesantes versiones de los acontecimientos, donde las enmiendas de lo digital quedan inservibles sin las referencias históricas ocurridas en el trayecto de dos mil años, el libro debe ser valorado más allá de las correcciones técnicas que haya sufrido en su haber. El beneficio de recapitular una historia física del libro adquiere una apreciación por demás atrayente si se descubren las valoraciones que éste ha adquirido, recientemente, en las condiciones actuales de la era digital, sin olvidar el inicio de esa carrera que comenzó en la decimoquinta centuria de nuestra era, ante la intimidación constante de grandes inventos. Concebido en un trance que habría de tener repercusiones en la visión de un mundo nuevo, donde las armas de fuego sustituían la lucha hombre a hombre, cuando las premisas de Ptolomeo se hacían ciertas con el descubrimiento de otro continente en 1492, fue entonces cuando el culto del libro propició sus propios efectos. Así, el libro formó parte, y para siempre, de un cúmulo de poderosas transformaciones que se gestaron en años, conservando algo sagrado, algo divino. Entonces, ¿cómo entender lo que el libro aporta a los hombres si se ignora por completo el conjunto de las invenciones donde éste desempeñó su propio papel, incluida su actualidad en el contexto digital? ■

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