“En busca de la política”…

“En busca de la política”…

Escribir, en plena jornada electoral, después de la desembocadura de los procesos donde se teje la historia en curso, puede ser una ocasión para explorar, anudando una parte de los hilos de la trama, la crisis del Sistema Político Representativo, cuyas costuras han reventado, sin que ello, signifique, ni mucho menos, su fin, o su derrumbe. Se puede seguir funcionando, mientras continuamos –y eso nos incluye a todos: ¿por qué: quiénes son “ellos” y quiénes “nosotros”?- destruyendo -por activa o por pasiva- nuestro mundo común.

Las derivas a nivel local, con experiencias que despiertan nuestro asombro, o nuestro rechazo, han sido analizadas, ya, por muy diversas voces. En una parte de ellas, se podría leer, a mi juicio, además del “diagnóstico” (la crisis es mucho más compleja), también, y sobre todo, un mismo horizonte compartido que podemos designar utilizando como referente, el título del libro del sociólogo Zigmunt Bauman: “En busca de la política”.

Pero, ello supone, clarificar y tematizar diversas coordenadas. En efecto, retomando a Castoriadis, puede ser útil, la distinción entre lo político, el reino de la intriga, de la lucha del poder por el poder mismo, y, en distinto registro, la política, que implica (si aceptamos esa distinción) moverse en otro orden de sentido. Construir en éste un mundo unitario y desgarrado, un proyecto antinómico al ahora hegemónico, lo que supone, al margen de las discusiones y excomuniones recíprocas, la reinvención de un régimen democrático, es decir, (re)emprender la creación de otra cultura, de otras formas de vida, de un proyecto social-histórico, del que seríamos mediadores -fundamentales- , sin por ello perder de vista lo que escribía ese autor…”el hecho de que yo luche es lo que tiene sentido, no el hecho de que de aquí a dos siglos exista una sociedad perfecta”.

Exponemos estas ideas a modo de invitación a una reflexión compartida que puede ir alimentándose a la manera del “software libre”, programas de “fuente abierta”. Cada quién lo retoma, lo mejora, le quita o le agrega, distintos elementos.
Un recorrido posible, es justamente el reconocimiento de ese abismo abierto entre representantes y representados, o, para decirlo de otra manera, la constatación -que ya J. J. Rosseau, y otros, apuntaron con sus criticas hace más de dos siglos – de que existe un foso, que hoy se ensancha como nunca antes, entre las elites y las mayorías sociales. Sin olvidar nunca, dos cosas.

La primera, que uno de los segmentos, pero no el único, de esas elites, es la clase política. Y la segunda, que se trata, de elites enfrascadas en una lucha diferencial por el poder a escala global y local, con la complicidad, y/o, con la oposición, explícita y/o implícita, de las “mayorías demográficas” en virtud de que sus imaginarios sociales pueden estar “ocupados” (o “capturados”) en los procesos de subjetivación por un coctel heteróclito de significaciones, donde se mezclan elementos emancipadores, por un lado, quizás eclipsados, o brotando -en germen-, o también, más robustos, siempre dependiendo de la situación social histórica a que estemos refiriéndonos. Junto con,- por otro lado-, modos de enajenación -pura y dura- que pueden mantenernos “encadenados” a valores y formas de vida dominadas por los componentes imaginarios, consideradas, no obstante, como más reales que la realidad: el consumo por el consumo, la producción por la producción, el dinero por el dinero, el poder por el poder mismo, etc., que a estas alturas del partido, han desembocado en una situación irracional -e insostenible- que podemos sintetizar en la frase… “nadie podrá salvar a la humanidad de la locura o del suicidio” (Castoriadis). Se trata de una cuestión de interés mayor, aunque también, por tratarse de una “puesta en abismo” de la condición humana (nuestra, de cada día), tal vez por ello, nos parezca –siempre- una frase enigmática, pero si la pensamos más a fondo, quizás, podemos construir -sus/nuestras- verdades latentes, contenidas en esas palabras , sobre todo ahora en pleno siglo 21, a pesar de la espesa niebla ideológica que todo lo recubre y envizca, rompiendo así la clausura.

A contravía. Para decirlo con Nicos Iliopoulos: La democracia es la deliberación en común, su diferencia esencial, con los regímenes políticos liberal-representativos, (impropiamente llamados democráticos) es: ¿quién decide? Si los ciudadanos o los representantes. No se encuentra en… cómo se decide: se puede decidir por votación en asamblea, o por consulta general, después de un amplio debate. Y no es de recibo decir que “los ciudadanos no pueden”, o “los ciudadanos no quieren”.

La crisis civilizatoria, tiene a nivel local, su propia, singular forma. Ante su decurso, y sus más que posibles escenarios distópicos, posiblemente coincidamos en que la transformación radical de la sociedad, implica ante todo, la transformación de nosotros mismos, y, concomitantemente, el ir asumiendo, que es necesario… actuar ahora. ■

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