Los congresos: salas obscuras, largas uñas y el anhelo de la claridad

Los congresos: salas obscuras, largas uñas y el anhelo de la claridad

En los tres niveles de gobierno, sus órganos de representación política, a saber, los cabildos, los congresos de los estados y el Congreso federal, ocurren un rosario de escándalos por el uso indebido de los presupuestos.

Estas estructuras se han revelado como ollas tapadas donde hierve la espesa corrupción y se evapora la confianza ciudadana. Cuando los representantes se pelean por los recursos y enseñan los dientes, dejan salir información a los medios y es cuando los ciudadanos de a pie nos enteramos de los negros manejos del dinero público. Y se deja ver el salario injustificado de los regidores y sus ya famosos bonos anuales, y la partidas de los grupos parlamentarios en los congresos estatales y el recién escándalo del grupo de senadores panistas. Pero son sólo muestras, existen ríos de dinero que no sabemos su destino, porque la olla de los congresos está tapada. Es cierto que requerimos medidas urgentes en torno a la transparencia de los recursos, y que por sí misma, la claridad constituye un ahuyentador de corrupción. Y que para ello sirve la autorización de instituciones mediadoras-transparentes que se encarguen de obtener la información, sistematizarla y ponerla a disposición de la opinión pública (porque no se espera que los congresos por sí mismos hagan dicha tarea).

En esta faena serían muy útiles las instituciones de educación superior en alianza con organismos civiles de alta estima pública, que puedan formar observatorios que hagan las veces de organismo mediador-transparente. Sin embargo, esto no es suficiente. Debemos pensar en medidas para cerrar el paso a la condición que provoca la mayoría de todos estos actos de corrupción en las cámaras parlamentarias: la capacidad legal que tienen de auto-dotarse de sus ingresos. Es decir, si un cabildo decide el presupuesto municipal, y en ese presupuesto están los ingresos de los regidores, es altamente probable que estos hagan los mayores esfuerzos para justificar la maximización de estos ingresos. Y la misma lógica en las cámaras estatales y federales: son órganos que tienen en sus manos los presupuestos y en estos últimos están contemplados sus ingresos (individuales y colectivos). Lo que debemos hacer es introducir un principio a toda la normatividad que regula el reparto de recursos: nadie puede auto-dotarse sus ingresos.

De tal manera que los regidores no puedan decidir su salario, ni los diputados las partidas de fracción o su dieta. Por ejemplo, los congresos de los estados pueden decidir el salario de los regidores en sesión obligadamente pública, y todos los ingresos propios (individuales y colectivos) para diputados estatales y federales, deberían ser propuestos por órganos consultivos ciudadanos y aprobados por las propias cámaras en sesiones expresamente abiertas.

Y la ejecución de esos gastos deberá ser vigilada y hecha pública por los órganos mediadores-transparentes arriba descritos. En suma, el supuesto de entrada es el pesimismo antropológico de Hobbes: nadie es honorable de entrada, y por tanto debemos contar con estructuras institucionales que se conviertan en cajas de cristal que todo lo ponga a la vista. Además, nadie debe ser fuente de su propio poder. Mientras no corrijamos esto, la corrupción densa y fétida de la clase política seguirá ocurriendo.

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