Rayuela: primer medio siglo

Rayuela: primer medio siglo

Este año se cumple medio siglo de la publicación de tres novelas impares, cada una en su idioma y en su género: The Spy Who Came in from the Cold, de John Le Carré,Opiniones de un clown, de Heinrich Böll, y Rayuela. Es de esta última de la que quiero platicar acá, y sobre todo de su gestación, para lo cual disponemos de unos testimonios precisos y preciosos, la correspondencia de Julio Cortázar, en la magna edición en cinco tomos (Alfaguara, Buenos Aires 2012) preparada con un esmero pulquérrimo por la viuda del autor, Aurora Bernárdez, y Carles Álvarez Garriga.

Debo decir, eso sí, antes de continuar, que nunca en mi vida me he sentido tan feliz escribiendo un artículo, porque para pergeñarlo he contado con la colaboración de nada menos que el Gran Cronopio en persona (ya sé, Julio, ha sido una colaboración involuntaria, che, pero igual te la agradezco, y además, qué querés, rastrearte las huellas durante cinco años, no me digás que eso no es laburo, viejo…)

Y entremos en harina. La primera referencia escrita sobre Rayuela aparece en una carta a su amigo Jean Barnabé, el 17/XII/58: “Quiero escribir otra [novela], más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. Pero todavía no veo con suficiente precisión el punto de ataque, el momento de arranque; siempre es lo más difícil, al menos para mí.” Y medio año después, el 27/VI/59, al mismo amigo: “Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género […] Las herramientas con las que he escrito mis cuentos ya no me sirven para esto que quisiera hacer antes de morirme.” [sic, ¡en 1959!] A lo que añade: “Y por eso –es justo que usted lo sepa desde ahora–, muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión si alguna vez termino y publico esto en que estoy metido.”

A Eduardo Jonquière desde “Buenos (cum grano salis) Aires, 4/XII/1959” le habla de “seguir adelante una novela” en el Río Belgrano, buque mixto de pasaje y carga con el que regresará a Europa. Y a su agente estadunidense Paul Blackburn, 27/III/1960, al final de una carta bastante larga: “Seguiría escribiéndote tonterías toda la noche. Pero tengo que seguir con una novela que creo que me va a salir bien… algún día.”

Una vez más a Barnabé, con fecha 30/V/60: “Escribo mucho, pero revuelto. No sé lo que va a salir de una larga aventura a la que creo aludí en alguna otra carta. No es una novela, pero sí un relato muy largo que en definitiva terminará siendo la crónica de una locura. Lo he empezado por varias partes a la vez, y soy a la vez lector y autor de lo que va saliendo. […] La cosa es terriblemente complicada, porque me ocurre escribir dos veces un mismo episodio, en un caso con ciertos personajes, y en otro con personajes diferentes, o los mismos pero cambiados por circunstancias correspondientes a un tercer episodio. Pienso dejar los dos relatosde esos episodios, porque cada vez me convenzo más de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Esto, que cualquier buen novelista sabe, ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio ‘visto’ por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos, porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio… y sale distinto. […] Como el lector se aburriría si tuviera que leer dos veces seguidas un mismo relato, en el que los cambios serían siempre pocos con relación al total, he fabricado una serie de procedimientos más o menos astutos, que sería un poco largo contarle ahora. Baste decirle que el libro ocurre mitad en B.A. y mitad en París, […] pero que con frecuencia los episodios se cumplen en un no man’s land que la sensibilidad del lector deberá situar, si puede. En realidad me propongo empezar por el final, y mandar al lector a que busque en diferentes partes del libro, como en la guía del teléfono, mediante un sistema de remisiones que será la tortura del pobre imprentero… si semejante libro encuentra editor, cosa que dudo.”

El 19/VIII/60 le escribe a Francisco Porrúa, editor de Sudamericana, Buenos Aires: “Un día le pediré que lea lo que estoy haciendo ahora, y que es imposible de explicar por carta, aparte de que yo mismo no lo entiendo. Ignoro cómo y cuándo lo terminaré; hay cerca de cuatrocientas páginas, que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero que quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que ‘baúl de turco… ’). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo de que me atreva a mostrarlo a alguien, y otras veces tan puro, tan poco literario… Qué sé yo lo que va a salir. Hay una sola cosa cierta, y es que ya no sé escribir cuentos” [sic, en 1960, cuando aún no había escrito, ni quizás pensado escribir, los cuarenta y cinco que componen Todos los fuegos el fuego, Octaedro, Alguien que anda por ahí, Queremos tanto a Glenda y Deshoras].

Diez meses más tarde, 22/V/61, de nuevo a Porrúa: “Aproveché Viena para terminar la primera versión de La rayuela [sic], y al volver de mis vacaciones la trabajaré a fondo para que esté lista, si es posible, antes de fin de año. Lo que usted me diga de ella será muy importante para mí; ojalá encuentre la manera de hacerla copiar a máquina para mandarle un texto en noviembre o diciembre. Prepárese, son unas 700 páginas. Pero creo que ahí adentro hay tanta materia explosiva que tal vez no se haga tan largo leerla. De ilusiones así va uno viviendo.” Y al mismo Porrúa con fecha 14/VIII/61: “¿La rayuela? Pero si estoy apenas en la casilla tres, y a cada rato tiro la piedrita afuera. No habrá libro hasta fin de año, pero entonces sí se lo mandaré y veremos. (No me la imagino a la Sudamericana publicando eso. Se van a decepcionar terriblemente, este Cortázar que iba-tan-bien…) Terminé la obra gruesa del libro, y lo estoy poniendo en orden, es decir, que lo estoy desordenando de acuerdo con unas leyes especiales cuya eficacia se verá luego, cuando tenga el coraje de releer de un tirón las 600 páginas.”

El 27/IX/1961 le anuncia a Blackburn, desde Viena y en inglés, que la semana anterior había terminado La rayuela: “Es, creo humildemente, una cosa muy bella”; y el 8/X/1961, desde París y asimismo en inglés, seguramente en respuesta a una pregunta de Blackburn: “La rayuela es una novela, Sr. Agente. De unas 650 páginas.” Sólo que ocho meses después debe confesarle tácitamente al mismo corresponsal que el libro todavía no estaba pronto: “Casi he terminado Rayuela, la larga novela de la que te he hablado varias veces. Como es una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez más y enviaré el condenado artefacto a mi editor. Si te interesa saber lo que pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana.”

Pero sólo cuatro fechas más tarde, 19/V/1962, le comunica a Porrúa después de regresar a Europa en barco, desde Buenos Aires: “En los 28 días de maravilloso mar azul rematé Rayuela. […] La relectura de Rayuela y las largas charlas en el camarote con Aurora, primera y única lectora del mamotreto, me confirman en lo que te dije allá; de ninguna manera hay que relegar este libro a segundo término.Final del juego [la 2ª edición, que en 1964 aparecería con nueve relatos más que la de 1956] puede esperar perfectamente bien otro año. Ojalá Urgoiti acepte este punto de vista (suponiendo que, después de leer el libro, te sumes a mi parecer).” Y al cabo de un par de días, 25/V/1962, a su amigo Eduardo Hugo Castagnino: “En estos días mandaré al editor mi última novela, que les va a sacar canas verdes por lo larga y por otras cosas. Pero creo que la publicarán lo mismo.”

La fecha definitiva del envío del manuscrito es el 30/V/1962, amén de estas letras para Porrúa:

Junto con esta carta te mando una página con el orden de las remisiones que determinan la forma en que hay que leer Rayuela. Por supuesto, verás que al pie de cada capítulo figura la indicación correspondiente, pero el problema es el siguiente: si un lector distraído se confunde y emboca un número equivocado, se produce de inmediato una de dos: a) un lío padre y la pérdida de todo sentido del libro; b) un hueco o salto en el orden de lectura que a lo mejor beneficia al libro. Por supuesto, yo prefiero que se lea de acuerdo al orden sugerido, y por eso, una vez que conozcas el libro, te pido que me digas lo siguiente: ¿no sería conveniente incorporar esa página con la enumeración completa, al final de la novela? Realmente no sé si vale o no la pena. Te la mando suelta, porque prefiero que vos me aconsejes y, en caso afirmativo, la agregues a los originales. […] Del libro en sí no te digo nada. Dejémoslo hablar a él, y si salió mudo, paciencia. Pero necesito tu crítica, y sé que será como sos vos.

Meses antes, a Emma Susana Speratti Piñero, su amiga en México, pero nacida en Buenos Aires (“la Negra de Flores”, la llamaba Cortázar, por lo morocha y por su barrio porteño), le había escrito con fecha 27/X/1961: “Mi próxima novela le probará, si su bondad la induce a leerla, que me hacía falta el puente de Los premios para pisar tierra firme en este nuevo territorio en el que creo que me voy a quedar para siempre.”

Y puesto que he mencionado a México, interesante para los lectores de La Jornada Semanal es aquello que le explica el 2/VII/1962 a Joaquín Díez-Canedo, director a la sazón del ilustre sello Joaquín Mortiz: “Hace dos días envié a la editorial Sudamericana los originales de mi última novela, y estoy a la espera de su decisión. Huelga decirle que si por algún motivo esa novela no fuese aceptada por Sudamericana (pienso sobre todo en la situación política y moral de mi país en estos tiempos, que gravita pesadamente sobre los editores), nada podría serme más grato que ofrecérsela a usted.” Dicho de otro modo, si en Sudamericana hubiesen rechazado Rayuela, seguramente la primera edición se habría publicado en México. Pero en esos momentos, quien dirigía el cotarro en la editorial argentina era Porrúa, y su olfato era infalible: lo demostró con la novela de Cortázar y, cuatro años después, con Cien años de soledad.

Para terminar, citaré lo que dice al respecto Carles Álvarez Garriga, uno de los dos editores de la correspondencia: “Me gustaría apuntar que lo maravilloso de Rayuelaes que, al acabar su escritura (y las últimas semanas escribía día y noche, sólo Aurora lo rescataba un momento de su encierro para que se tomara un platito de sopa), ni el propio autor estaba muy seguro de lo que había hecho. Recordemos que cuando manda el mamotreto al editor en vísperas de su primer viaje a Cuba, o sea en vísperas de lo que después llamará su “camino de Damasco”, el libro sólo tenía un lector. Lo cuenta en una carta.”

Es en esa carta ya citada, a Porrúa, del 30/V/1962, que concluye diciendo: “El libro sólo tiene un lector: Aurora. Por consejo suyo, traduje al español largos pasajes que en un principio había decidido dejar en inglés y en francés. Su impresión del libro puedo quizá resumírtela si te digo que se echó a llorar al llegar al final. Es cierto que según Mark Twain un general del ejército norteamericano se echó también a llorar el día en que él le mostró el plano de unas fortificaciones que acababa de dibujar. Pero, modestia aparte, me parece que ese llanto (el de Aurora) quería decir otra cosa.”

Y tanto que lo quería decir.

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