Todo padre en algún momento llega a decir a sus hijos alguna “mentira piadosa”: Enrique

Todo padre en algún momento llega a decir  a sus hijos alguna “mentira piadosa”: Enrique

Todo padre, en algún momento de su vida llega a decir a sus hijos alguna “mentira piadosa”, la mayoría de ellas es la promesa de obsequiarles un dulce, de un regalo, a cambio de una buena conducta o saquen buenas calificaciones en la escuela. Se hacen tal vez por salir del paso o para aligerar el capricho de un niño.

Es probable que en unos días los menores las olviden, pero la mentira piadosa que Enrique le dice a Eduardo, su segundo hijo, de 7 años de edad, no se olvida: le ha prometido llevarlo a jugar a La Encantada, jugar al caballito con él, promesa que tiene haciéndole desde hace seis años, y que no ha podido cumplirle.

Enrique es uno de los tantos padres que se encuentra recluido en el Centro de Readaptación Social (Cereso) de Cieneguillas, purgando una pena de 30 años, pero su amor de padre hace que le diga esa mentira a su hijo, quien en comparación con otros niños, no conoce lo que es disfrutar de fines de semana llenos de juegos en compañía de toda su familia, no alcanza a comprender por qué visita a su padre justo en ese lugar, por qué no puede salir con él a jugar.
Desde su ingreso a prisión, celebra el Día del Padre compitiendo en un torneo de carrera atlética que se organiza dentro del penal, en el que participan varios internos. Explica que él compite en la categoría de veteranos, y sus hijos esa fecha lo festejan echándole porras, animándolo.
“Esos días son muy significativos para mí, ya hablé con ellos y me dijeron que sí van a venir a echarme porras. ‘Vas a correr con tus viejitos’ me dice mi hijo; claro para que vengas aquí te disparo un chesco y una hamburguesa, le contesto”, menciona entre risas Enrique.

Se encuentra separado de su esposa, pero ella procura que sus hijos lo visiten. En los primeros años lo hacían jueves, viernes, sábado y domingo. Al pasar el tiempo lo hacían cada 15 días, actualmente una vez al mes, él los justifica, “la familia también se cansa”, dice.
“Cada que viene mi hijo me recuerda: ‘dijiste que nomás eran dos días, que ya ibas a salir, y ya pasó más de un año, ¿nos estás engañando o qué?’; pero siento que sería muy duro decirles que me falta todavía un buen rato y me duele no decirles la verdad, el más chico es quien más me pregunta, mi hija Blanca de 15 años ya comprende la situación”, asevera.
“Ya les he pedido perdón, cada vez que vienen les digo que no los valoré y que los hice a un lado, les digo que me perdonen por haberlos dejado abandonados, y que voy a cambiar. Lo que más extraño de ellos es cuando se me subían a caballito (ríe), era bien pesado para mí, me ponía a gatas y se me subían, y hasta me jalaban del short, los llevaba a tomar licuados; tengo momentos muy gratos de mi familia, eso es lo que añoro…y cuando corría y gozaba el frío de la mañana, respirar el aire puro”, platica Enrique.
Antes de caer en prisión, trabajaba como albañil, por lo que tenía poco tiempo para compartirlo con sus hijos, pero recuerda con la voz quebrada que lo que más extraña era jugar “al caballito” con ellos.
Enrique acepta su condena, reconoce su error y el daño que hizo a la sociedad, aunque han sido sus hijos los más afectados por la situación. Eduardo y Blanca, dice orgulloso, estudian el primero de primaria y la secundaria, respectivamente.

Teme que como él, sus hijos estén ausentes de su padre, quien ejerció violencia intrafamiliar contra su madre, además de que los abandonó, Enrique se volvió a reencontrar con él después de casi 30 años, cuando pretendía volver con su madre.
Si cumple toda su sentencia, su hijo Eduardo también podría convivir con él cuando esté por cumplir 30 años.
Sus hijos son su motivación para seguir adelante y para que no decaiga su ánimo, aunque en la cárcel ha aprendido una valiosa lección acerca de que todo lo que haga debe ser en beneficio de él mismo, no de los demás.
“Ellos me motivan, pero aquí he aprendido que las cosas que yo haga las hago para mí, todos los día me levanto y hago oración, y sé que cada día que vivo es el mejor para mí, esto va acabar pronto”, dice Enrique.
Con su ex esposa lleva una relación de amistad, ella rehízo su vida y tiene una nueva pareja, algo que sueña Enrique, quien quiere salir, iniciar una nueva vida, encontrar una nueva pareja sentimental y si la vida le permite, tener más hijos.

También le gustaría ingresar a la escuela de Derecho de la universidad. Cuando ingresó a prisión no sabía leer ni escribir, ahí aprendió y ya concluyó su preparatoria. Le gusta leer y uno de sus libros favoritos es El monje que vendió su Ferrari, de Robert S. Sharma.
Extraña su trabajo, pero aún más el ejercitarse al aire libre, respirar aire libre, afirma.

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