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jueves, 11 agosto, 2022
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El deber docente de impartir mejores clases

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Por: SIMITRIO QUEZADA • Admin •

El canto del Fénix

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La profesión educativa implica no tanto transmitir conocimiento como formar mejor conocimiento, así como mejores personas y una mejor sociedad. En 2011, el argentino Juan Carlos Tedesco declaró que la educación “ya no podrá estar dirigida a la transmisión de conocimientos y de informaciones sino a desarrollar la capacidad de producirlos y de utilizarlos”. En efecto, la labor educativa implica no tanto propiciar el conocimiento en otros como enriquecerlo, dotarle valor agregado a partir de los talentos y carácter de cada generación a nuestro cargo, de cada alumno nuestro y ver en ellos personas que ineludiblemente deben superarnos de modo considerable en esa misma labor. Sólo así podremos hacernos dignos agentes de la evolución que vivimos.

Con todo, recuerdo con algo de preocupación una frase que hace poco emitió Larry Smith, profesor de Economía en la Universidad de Waterloo, Canadá, en medio de una conferencia: “Cuando tenía cinco años yo creía que era un genio. Pero mis profesores se encargaron de arrebatarme esa idea”. Aunque la enunciación suene a broma encierra una realidad que, al menos en nuestra sociedad mexicana, puede resultarnos conocida. Sería ingenuo negar que existen profesores más abrumados por su situación laboral o personal que por una vocación de servicio, rarae aves en estos tiempos posmodernos. Como ilustra la canción más emblemática del grupo británico Pink Floyd, estos trabajadores de la educación vuelcan en los alumnos toda su frustración.

En ese contexto, para no convertirme en lo que critico, entre los desafíos que mantengo dentro de mi práctica docente destaca propiciar más y mejores actividades grupales e interactivas. Lucho contra los resabios de modelos tradicionales de enseñanza: discursivos, monologuistas, disertativos, literalmente catedráticos (de silla, trono). La educación es una actividad centrada en los alumnos, no en el profesor. Debido a mi empeño por buscar que el conocimiento quede entre ellos odio sentarme cuando imparto clase y por ello después de la jornada mis piernas resienten la consecuencia física de mi convicción.

Lamento también otro vicio que veo en algunos profesores, incluso universitarios e incluso en la última Escuela Normal donde he laborado: el formar equipos de cuatro o cinco personas para repartir entre todos las exposiciones del contenido íntegro del temario del curso. El problema se hace más grande cuando el docente asume como “trabajo” suyo asistir a las clases como un alumno más que pide que pase el siguiente equipo a exponer y entonces él se limita a mirar a través de la ventana o aburrirse junto con los alumnos que no exponen.

El reto es encontrar ese equilibrio entre la cátedra, que debe convertirse en diálogo, y la actividad, que debe ser compartida entre alumnos y profesor, y donde éste actúa como un monitor y “rectificador” permanente.

Advierto que los conflictos del profesor actual se mueven entre la falta de hábitos de lectura, con su consecuente falta de hábitos de reflexión, planeación y evaluación; el perder de vista que se debe provocar y mantener el debate en el aula y ser él ejemplar moderador; sus insuficientes competencias de verbalización oral y escrita (desconfío de un profesor que no lucha contra las muletillas, desconfío de un profesor que no se preocupa por su ortografía y redacción, desconfío de un profesor que no lee ni redacta, odio la falta de preparación de clase y el replanteamiento de qué aprendizajes y objetivos deben tenerse al final de la misma) y su limitación ante el manejo de las nuevas tecnologías.

¿Cómo han resuelto estos conflictos? Algunos sí buscan apoyo de quienes somos identificados como docentes promotores de la lectura, y nos piden asesorías e incluso conferencias en sus escuelas. Sin embargo, sin querer pecar de pesimismo, una conferencia es una semilla sembrada en el océano y tampoco es de mayor utilidad una asesoría sin un compromiso que vaya más allá de la emoción de un momento determinado.

El deber de todo docente es el de impartir mejores clases. Profesor que aburre es profesor inútil, por más certificaciones y bases y dobles plazas y capacitaciones tenga. Profesor que se estanca es profesor que se pierde. Profesor que no se obliga a mejorar su formación permanente está retrasando a la educación que este país exige y necesita. ■

 

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Twitter: @MaestroSimitrio

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