Volver a empezar: la política del sentido común

Volver a empezar: la política del sentido común

John Lewis Gaddis, comienza su texto, Grandes Estrategias, con una advertencia contra las expectativas, potencialmente generadas por el propio título del libro. No olvidemos, apunta, claro que en este programa tratamos de enseñar sentido común. No tarda mucho en anunciar, sin embargo, que el sentido común es poco común entre los grandes líderes. En su definición, sentido común es “la facilidad con la que la mayoría nos manejamos la mayor parte del tiempo. En general, sabemos hacia dónde nos dirigimos, pero estamos constantemente ajustando el rumbo para evitar lo inesperado. Entre los imprevistos debemos incluir los obstáculos que otros nos colocan en el camino, mientras se dirigen hacia donde su camino los lleva”. Siendo así, no pareciese complejo aplicar tal criterio rector a una decisión que, más allá de ser personal, lo es pública en el caso de quiénes interactúan en el ámbito de lo que conocemos como política. Sin embargo, el grado de complejidad es proporcionalmente equiparable entre el grado de amplitud de una decisión y los actores que en ella intervienen. Ello por supuesto hace aparecer en la brújula, más de un “sentido común” (que en ese preciso momento, deja de ser común y muchas veces pierde sentido). Para ello diversas ciencias, desde las políticas, hasta la psicología y psiquiatría han estudiado los muchos factores que pueden intervenir a la hora de la toma de decisiones. Éstas, cada vez, conforme avanzan los logros en democracia y comunicación, entre otros, se vuelven más complejas. Como apuntan también Bruno Dente y Joan Subirats en su texto Decisiones públicas, “hoy día, quiere decir complejidad, pluralidad de visiones, heterogeneidad de intereses y debate y deliberación pública para la búsqueda de soluciones posibles. No hay soluciones simples para situaciones complejas”. Empero, debemos aceptar que cada vez, conforme la definición de políticas (sean acciones, omisiones o decisiones) se vuelven más complicadas, también el diseño de éstas, parecen alejarse del sentido común que todos gozamos y ello, las vuelven más incomprensibles para el público al que van dirigidas, y por ello mismo, imposibles de comunicar con la eficacia que las medidas lo requieren. La lucha política, cada día más equitativa y la democracia de masas, a su vez, ha permitido que cada día, más y más candidatos sin la preparación previa, ni la formación o experiencia que exigen las posiciones que ocuparán, lleguen a puestos de decisión y, aunque cabría esperar que esto los condujera a la sencilla fórmula cuasi-infalible de utilizar el sentido común, esto no es así. Quizá porque, como bien apunta también Lewis Gaddis: el sentido común es como el oxígeno: cuanto más asciendes, más se diluye. El poder abre la puerta a cometer grandes idioteces. Fin de la cita.

No obstante sostengo (por supuesto en la dirección de Lewis), que sí el criterio del cuál partieran las decisiones públicas más complejas, estuviera sustentado en los sencillos principios del sentido común, el camino de éstas sería menos escabroso, más claro, no solo para quiénes lo andarán.

Pero esto, cada vez, parece más inusual. Leer El arte de la guerra, es una recomendación muy escuchada cuando alguien decide dedicarse a la política. Éste no es sino un repaso de siglos de experiencias concentradas en reducidos principios, que a la luz del análisis, no son sino lugares comunes. Los políticos han olvidado estas lecturas básicas y, partiendo del nivel de complejidad, han construido cada vez discursos y narrativas más complejos, menos cercanos, sin la sensibilidad ni claridad que, ciudadanos cada vez más incrédulos y confundidos, requieren para zanjar la fosa en la que ha caído la confianza y ha separado a elegidos de electores.

Volver al sentido común no significa dirigir con simpleza o conducir al populismo, sino, volviendo a Gaddis: detectar la simplicidad dentro de la complejidad, en ello se basa la idea de liderazgo en Sun Tzu.

Hoy, sumidos en un contexto de crisis del cual no tenemos precedente y cuyas circunstancias no se asemejan a ningún otro episodio de la historia, por su complejidad, no estaría de más, empezar de nuevo, saboteando nuestra soberbia y apelando con humildad, nada más y nada menos que, al sentido común. ■

@CarlosETorres_

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