Nueva República | El diablo está en los detalles

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Si hiciéramos una encuesta rápida en México sobre cuál es el problema más urgente a resolver en este momento, definitivamente la respuesta más frecuente sería: la inseguridad. Hemos visto cómo, durante los últimos 14 años, el descontrolado ascenso de la narco violencia ha recrudecido y afectado cada aspecto de la vida cotidiana de los mexicanos.

El poder que ha adquirido este tipo de crimen es añejo, se habla de que incluso tuvo su origen en el Maximato, particularmente en el periodo de Abelardo L. Rodríguez. Para los fines de este texto es más útil un antecedente más reciente de la historia de las organizaciones criminales, Miguel Ángel Félix Gallardo del cartel de Guadalajara, el primer capo del México moderno, quién en aquel momento (cómo sucede ahora), operaba con la complicidad de los tres órdenes de gobierno. Pero el hecho que nos llevó a la actual situación de violencia, según los análisis de un considerable número de respetados analistas, fué la guerra que el Gobierno de Felipe Calderón declaró en contra de la mayoría de los Cárteles de la Droga, a la vez que de forma oculta pactada con el resto.

La guerra frontal contra el narcotráfico, que se configuró del todo en la segunda administración panista, es el testigo histórico inalterable que nos demuestra que un ataque sin estrategia, proveniente de las vísceras no es más que la antesala de una carnicería.

A pesar de estar de acuerdo con el curso de acción tomado, dados los acontecimientos (como bien diría Keynes “Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión, ¿qué hace usted?), no podemos cerrar los ojos ante una realidad innegable: Tenemos que repensar nuestra estrategia contra el narco. La narcoviolencia es un grave problema de raíces multifactoriales: la impunidad, la corrupción, la desigualdad social, incluso. Frente a tal espectro de factores sería infantil no suponer que necesitamos preservar el Estado de Derecho, ya que las policías locales son insuficientes para este propósito, es importante proponer un saque gradual de tropas de las calles.

Es pertinente evaluar que el ejército desarrolle acciones de seguridad pública debido al riesgo que representaría dejarla solamente en manos de las policías estatales y municipales, de las cuales una cantidad considerable actualmente se encuentran infiltradas por el narco, sólo por un plazo predeterminado y que gradualmente vaya regresando a los cuarteles.

A pesar que soy un firme convencido de las estrategias no violentas, y que el consumo de drogas debe enfrentarse como un problema de salud y no como uno de seguridad, sería negligente de mi parte negar la situación específica que vivimos. Pensemos en casos de magnitud similar: Cuando Obama asume la presidencia, para complacer a su base votante demócrata saca todas las tropas de Irak de forma inmediata. Ese abrupto vacío de poder (aunque ilegitimo y colonialista) al menos daba un poco de estructura al gobierno iraquí, la falta del mismo permitió la proliferación de células yihadistas que terminaron convirtiéndose en ISIS. El tejido social en México se ha desgarrado tanto a lo largo de los años (por el narco pero también por los saqueos neoliberales) que me preocupa que un cambio arbitrario de estrategia, sin un gradual viraje, podría ocasionar una crisis social grave, que agudice el problema más que solucionarlo.

Los programas sociales implementados por la 4T tienen la intención de acortar la brecha de desigualdad que orilla a miles de jóvenes a engrosar las filas de los carteles. Debemos recuperar la promesa del futuro para que nuestros jóvenes nunca consideren como opción convertirse en heraldos de la muerte. Creo en estos programas como estrategia preventiva, pero también es fundamental congelar los activos y cuentas sospechosas de lavado de dinero, así como rastrear, auditar y castigar duramente a todos esos candidatos que aceptaron financiamiento ilícito en sus campañas. Eventualmente, creo que hacia allá irá la estrategia, y aunque el panorama indica que tardará, al menos ahora tenemos una fecha más clara.

Como sociedad debemos pugnar siempre por las opciones menos violentas, porque exigir más fuerza, más violencia, más guerra, abre puertas peligrosas. Pero esto no implica que deban tomarse decisiones producto del contexto, siempre hemos aspirado a la paz y la desmilitarización. Lo posible no siempre es deseable, pero con algo se tiene que empezar. Antes de apresurar juicios, hay que entender las complejidades del contexto, porque al final, el diablo está en los detalles.

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