El evangelio de medianoche

El evangelio de medianoche

Los servicios de streaming transformaron la forma del entretenimiento: es quizás el lugar común que he escuchado en los últimos años, aunque en sí no es tan innovador: es otro paso más a la diversificación del entretenimiento y la creación de contenido. De entre todos, el más popular continúa siendo Netflix, que en el primer trimestre del 2019 reportó ganancias por casi cinco mil millones de dólares, cuyo catálogo es diverso y, de un tiempo para acá, ha creado contenido propio —de ahí series tan interesantes como insufribles (siendo éstas las razones por las cuales he perdido el interés por ellas: ¿realmente me interesa saber cómo se repiten los estereotipos de las personas VIH+?). Por otro lado, la compañía ha apostado por la creación y adaptación de podcast, con el fin de ofrecer nuevas experiencias de consumo, produciendo así obras interesantes, lo cual ya es una ventaja si se toma en cuenta la calidad de sus nuevas series.

Una de sus apuestas es El evangelio de medianoche (o, por su título en inglés, The Midnight Gospel). Sus creadores son Pendelton Ward y Duncan Trusell, el primero ya es conocido en el mundo de la animación y el doblaje y el segundo por sus programas y podcast cómicos. El diseño de los personajes recuerda a otra de las producciones de Ward, la más reconocida y popular en estos últimos años, Hora de aventura, desde la paleta de colores hasta el humor negro, creado en su mayoría a partir de la ironía. No obstante, ambas producciones mantienen un interés por diseccionar lo humano, aunque la audiencia es distinta: Hora de aventura estuvo dirigida a un grupo más juvenil e infantil y El evangelio de medianoche a un público adulto.

En principio, si se la toma como una serie tradicional, El evangelio de medianoche se pierde ante tanto despropósito: a nivel de narración audiovisual, los elementos presentados no suelen obedecer o tener un orden aparente, más bien podría ser tomado como un enorme despropósito y caótico, con poca o nula hilación. Sin embargo, su naturaleza ambigua es, justamente, la esencia de cada episodio y el caos es también una manera de orden: cada episodio tiene un hilo, que pareciera perderse entre tanta animación colorida. Al tratarla desde la vertiente del podcast, pues su identidad no es tal: se encuentra en un estadio, que no es ni lo uno ni lo otro. Entonces, al abordarlo como adaptación de podcast permite hacerse de una visión más panorámica, aunque no está de más decir que es una obra híbrida, al fusionar aspectos la animación y el podcast.

Esta producción consta de ocho episodios, relativamente breves, en los cuales se explora varios tópicos, unos más polémicos que los otros. El primer episodio tiene dos líneas: en el plano visual, se plantea una Tierra en un apocalipsis zombi, en donde los pocos seres humanos intentan sobrevivir y buscar refugio o defenderse de la plaga; el tema de las drogas, su relación con el presente y la meditación. El tema, como se sabe, es polémico, en particular sobre sus usos, desde lo medicina hasta lo recreativo, los cuales llevan a plantearse lecturas éticas y morales: ¿para qué emplearlas?, ¿qué se evita o se quiere disfrutar y bajo qué criterios se les pueden considerar como malas? el capitulo no es una apología de las drogas ni su mitificación: su disposición permite un diálogo nutrido, cuyo fin es la confrontación de realidades y estereotipos y evitar, en lo posible, la perduración de falacias y desconocimiento. también, el capítulo no es una apología a las drogas ni su mitificación: se busca despertar la visión crítica de los espectadores para que ellos se planteen otra forma de verlas y, porqué no, crearse su propio criterio, a partir del debate y la crítica. Por supuesto, lo último es mediante el establecimiento o la identificación de argumentos y también falacias. La gran ironía es que este discurso está acompañado por uno, las drogas legales que van de la mano de la industria farmacéutica y las medicinas. Éste se observa a través de los elementos pertenecientes a la narrativa visual: enfermos (zombis) que se pierden en su condición y un grupo de científicos, que buscan satisfactoriamente una cura y la aplican a zombis, quienes vuelven a ser recontagiados una y otra vez —incluso, hay víctimas que son destrozados durante el proceso curativo y sus cuerpos ya curados evidencian otras afecciones, que de algún modo provocarían la muerte.

Claro, el primer episodio invita a extender la reflexión a otros aspectos igualmente terribles, aunque evidentes: la vida es efímera y la muerte es parte de ella, siendo cada día una paradoja sobre la existencia humana: se viven los días, siempre siendo los últimos e irrepetibles, y también se muere cada día, hay un desgaste corpóreo y espiritual, que nos recuerda la futilidad y la fragilidad de la vida; también, hay un miedo inherente del hombre a la muerte, la angustia de que el tiempo es signo de nuestro fin.
Así, pues, es el primer episodio y los restantes siete son acercamientos a lo humano.

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