El penúltimo libro que leí

El penúltimo libro que leí

La llamada parecía importante, era mi hermano, le notaba preocupado, tal vez demasiado: viajaríamos de regreso a Zacatecas, para estar con nuestros padres. Estaba en Puebla, laborando en mis asuntos concernientes a mi formación académica, el doctorado y un seminario sobre cultura letrada novohispana, al que fui invitado como asistente por el profesor Alexis Helmer. Hay mucho miedo, incluso para quienes padecemos ansiedad y cualquier situación así nos hace perder la cabeza: estoy consciente que entre los males el peor para los ansiosos es la incertidumbre. Estos tiempos, en efecto, ofrecen mucha de ella, lo cual, lejos de volvernos más conscientes de nuestro presente, vemos más allá de las narices y los caminos tienden a irse a lo negativo.

Recién terminaba el primer bloque de actividades cuando él llamó: solía ejercitarme en el gimnasio, correr unas cuantas vueltas, luego nadar y terminaba con un baño, aunque a veces iba al vapor —esto último casi no lo disfrutaba, pues siempre sentía un vaguido molesto. Por fortuna, ese día no había asignaturas por tomar, lo cual me permitía un “descanso”, pero no era así: habían detectado el primer caso en Zacatecas y ya era el cuarto o el quinto, no estoy seguro, en Puebla. Pensé que se vendría la paranoia estacionaria. Me tiré sobre la cama y miré todo el desorden de libros y papeles, parecía que un huracán hubo pasado en la habitación. Recordé a mi profesor italiano de literatura contemporánea, ¿sería prudente preguntarle sobre su familia?, y no quise decirle nada al respecto: sentimos la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para culparle de hechos circunstanciales, aunque preferiría morir en las calles de Roma que en las de Tepito —más si se trataba de un virus. Tal vez resulté exagerado lo último, pero pareciera que el miedo mezclado con la ignorancia produce acciones deleznables.

Esa mañana leí sobre el paciente cero, un médico, y mi mente se posó en mis padres: lo primero que uno piensa en circunstancias así es en su familia inmediata, tal vez sea la razón por la cual mi hermano me llamó. En días anteriores, me informé sobre ello, aunque también hice memoria de las clases de biología en la preparatoria: no tengo formación en el área de Ciencias de la Salud y mis conocimientos, si bien vagos e imprecisos, son cuestionables. Quise informarme, sabía de algún modo que mi propia ignorancia provocaría que episodios de ansiedad: se trataba de mi salud emocional.

Tanto Puebla como Zacatecas padecieron epidemias que diezmaron sus respectivas poblaciones. Por ejemplo, el matlazahuatl afectó a los poblanos en los años 1737 y 1738 y el tifo y la viruela a los zacatecanos en 1893. Con esto, no quiero minimizar el impacto de esta pandemia —hay diferencia entre ambos conceptos— y tampoco tomar una actitud megalómana, sino darle el peso que le corresponde a nuestro presente y mirar al pasado para aprender de él. En ambos casos, los índices fueron altos debido a muchas carencias, desde deficiencias en los hospitales hasta los hábitos de limpieza de los pobladores. Incluso, en esos tiempos, el conocimiento relativo a la salud no estaba lo suficientemente desarrollado, como en estos tiempos, lo cual, en cierta manera, está a nuestro favor. Entonces, de primera cuenta, informarse ofrece un conocimiento con una ventaja doble, tranquilidad y creación de estrategias para prevenir y evitar ser parte de la población contagiada. Por supuesto, lo anterior es ya de por sí una obviedad, pero no está de más señalarlo.

La virtud de las redes sociales es la divulgación de la información, aunque también qué tipo de datos circulan en ellas. He leído notas de expertos y virólogos con trayectoria reconocible y, a toda costa, evito leer aquella dicha por comentaristas de ocasión, que en la mayoría de las veces ni siquiera saben diferenciar entre un virus y una bacteria. La información venida de ellos es la más peligrosa, pues hacen pasar falacias por argumentos y datos comprobables.

Ahora bien, me pregunté qué tan factible es movernos a un estado en donde el nivel de contagio, en ese momento, era menor al de otros estados. Mi primera preocupación, como dije, eran mis padres: empatía a terceros. Esto último me ha causado conflicto, desde que inició esta contingencia: más por los comentarios de varios usuarios de redes sociales, en donde contaban, entre molestos y asustados, que vecinos suyos hacían fiestas o reuniones, estando activo el programa de sana distancia, que su fin no es sino el resguardo, la prevención y la protección a distintos grupos sociales.

Luego, mi hermano colgó, llamé a mis padres para saber de ellos y los noté tranquilos y me informaron que, si bien había miedo y cierta angustia, esperaban lo mejor, sí, que todo fuera un ciclo y terminara pronto. Todos queremos que pase, ya que sabemos que no todos estaremos, terminado esta contingencia, aunque quisiéramos que estuviéramos todo. Que todo termine, como si fuera la penúltima novela que leí. ■

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