Coronavirus: el lejano futuro

Coronavirus: el lejano futuro

Extraño a la humanidad
Así, desde esa abstracción.
Mariana Arteaga

Me pregunto por eso: por el futuro. Uno cuarteado. Primero si conseguiremos escapar de esta espiral. Estas escaleras en descenso donde rodamos. Abrir las puertas del barco una vez que finalice el naufragio. ¿Alguien ya consiguió ver hacia dónde nos lleva ahora mismo la marea? Quizás y hasta besar el piso como dicen que solo lo besan los sobrevivientes de las catástrofes. Los que alcanzan a salvarse de las llamas. De los escombros. Sobre todo: los que sobreviven a sí mismos.

Ahora mismo lo hago: me pongo de rodillas. Jamás pensé que besaría el piso de esta manera. Quiero decir, como un sobreviviente. Y me detengo. Observo por la ventana el atardecer y sé que aún lo soy: el futuro aún se encuentra muy lejano hoy. Demasiado lejos. Todavía.

Pienso en las esperanzas que nos volverán a cobijar una vez que salgamos a las calles de nuevo. Y otra vez me detengo. Me pregunto si seremos capaces de encender nuevamente el fuego de las esperanzas. La sola palabra se tendría que inventar de nuevo una vez que el futuro llegue: esperanzas. Ahora mismo no significa nada. Quizás si la pronuncias en un laboratorio chino. Sí, la esperanza en estos momentos es la única lámpara de aceite que funciona en los apagones de los hospitales de la mayoría de los hospitales de la Ciudad de México. La esperanza y la sobrevivencia. Nos queda claro donde está el naufragio en estos momentos.

No me imagino contándole a mi sobrina la historia del Coronavirus porque me parece una historia sin estructura ósea. De esas estructuras que llegan huecas a la sala de rayos X. Vacías. Luego de que se cuentan, las historias sin huesos, quisieras guardarlas en un cajón y olvidarte que alguna maldita vez existieron. Porque no es posible tanta fragilidad humana. Ni es justo tantos muertos sin encontrar a los culpables. Y los que sobreviven al naufragio ya no buscan castigar a los culpables. Llevan siglos cansándose de ello. Besan el suelo y agradecen. Ellos también son sobrevivientes. Y en ese acto tan sencillo, el de la sobrevivencia, tal vez esté la estructura ósea de la esperanza. El primer hueso. Insisto: hay que cambiar las palabras, deshacernos de unas, un antes y un después.

Ayer por la noche pensé que si no sobrevivía al Coronavirus al menos tenía que redactar mi testamento. Y me puse de pie. Me paré frente a la ventana. Lo primero que escribí en mi testamento es que nuestra relación con las ventanas ha cambiado tanto. Ahora son las ventanas las que hablan con nosotros. Las que nos narran los amaneceres. Las que nos cuentan los atardeceres. Y las que bostezan cuando cae la noche y estiran sus brazos para arrullarnos con una incesante canción de cuna. Qué chismosas se han vuelto las ventanas desde nuestro naufragio insolente de sobrevivientes. Fue lo que escribí en el primer apartado del testamento.

Frente a la ventana escuché risas. Ni siquiera supe de dónde provenían. Risas. De esas que te caen en la cabeza como un chorro de confeti cuando alguien te prepara una fiesta sorpresa y acabas de abrir la puerta. Risas. Cuando el capitán ordene descender del barco, los pasajeros que sobrevivan a la catástrofe de este naufragio lo harán entre risas. Lo sé. Algunas tímidas. Otras escandalosas. Festejarán chocando las copas de risas. Bailarán. Un buen testamento debe contener risas.

Hay elementos del mundo que teníamos antes del Coronavirus y que conservaremos con todas nuestras fuerzas. Por lo tanto, un buen testamento debería dejar abrazos. Pero abrazos significativos. De esos que se adhieren a la memoria y que ya nadie consigue arrancarte. Parecidos a las olas marítimas donde ahora nuestra embarcación casi se hunde. Abrazos que se arrastran hasta la arena y, en su sonido de furia y gloria, y en su luz y su majestuosidad, tienen la insolencia del escupitajo, y la belleza de las despedidas para volver e incorporarse a sus orígenes, porque saben que la tristeza también es parte de los abrazos, porque hay abrazos que se dan una vez y jamás se vuelven a dar, y por eso también hay abrazos que prefieren sumarse a las olas, arrastrarse con ellas, y demostrar que si hay abrazos que se dan una vez y jamás se vuelven a dar, también hay abrazos que siempre, siempre te esperan en alguna parte, en una costa, tras de cualquier naufragio, una vez que salgas de casa, cuando todo esto termine, cuando haya pasado la tormenta: un abrazo para cada uno de los sobrevivientes, una tormenta de abrazos.

Las miradas. Me aseguro de dejar bien asentado esto en la última parte del testamento. Uno debe asegurarse bien de lo que deja en un documento tan importante. Y si lo haces frente a la ventana, mucho mejor. No sé si las miradas tendrán otro significado, pero sí creo que jamás en la historia de la humanidad nos volveremos a ver de la misma manera. No nos tocaremos de la misma manera.

Tras de una pandemia, los sobrevivientes llegaremos al futuro con una gran lección de muerte sobre nuestros hombros, sobre nuestros pensamiento, y qué inmenso trabajo nos costará arrancarnos sus oscuras cicatrices, sus apesadumbradas edificaciones mortuorias, y qué difícil caminar cargando tantos cadáveres de gente inocente (¿quién se va a acordar de ellos todos los 2 de noviembre?), pero a la parte también llegaremos con una gigantesca lección de vida. Y no nos tendremos que esforzar demasiado para aprenderla. Ni tendremos que esperar a que lleguen los listillos de siempre con su filosofía de postín. Bastará poner atención en las miradas. Y hacerlo como cuando se interpreta un concierto para piano y admiras cómo el pianista prepara sus dedos. Mejor aún: hacerlo como si descendiéramos de un barco que ha naufragado durante algunos meses y al fin viésemos frente a frente al primer hombre o mujer que consigue acercarse a la embarcación. Y primero tomamos sus manos, y lo hacemos con los mismos dedos del pianista, y luego subimos nuestra mirada, y nos encontramos con la otra.

Tocarnos. Reconocernos nuevamente. Aprendernos en una nueva significación. Los sobrevivientes tendremos un enorme futuro por delante. Porque quizás no se encuentra tan lejano. Ese futuro. Pienso que si sobrevivimos nos pertenece. Y las calles también. Y los abrazos también. Así los besos. Y las miradas. Y los hoteles de paso. Y las palabras. Porque solo con estas herramientas conseguiremos lo que ningún país poderoso ni ningún presidente charlatán ni cien mil pandemias lograrán quitarnos: el espíritu, la libertad, nuestra esencia. ■

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