El deber de la calma

El deber de la calma

La tensión de estos tiempos tiene al mundo en la latencia del conflicto en todos los niveles. Desde la intimidad de las parejas y las familias donde se sobrelleva la cuarentena, hasta los diferentes países, pasando por los municipios, los estados, las relaciones laborales, etcétera.

El origen de está tensión, lo hemos dicho ya, es el miedo, que mal encaminado no nos deja pensar, nubla nuestras decisiones, cierra nuestros oídos a razones, y nos apresura a intentar apagar el fuego con el líquido que tengamos cerca, así sea gasolina.

Con el ascenso acelerado de los casos, y el natural efecto que da la cercanía de quienes han sido diagnosticados, viene la ansiedad desesperada por hacer lo que antes no se hizo, y quizá mucho más; lo que sea necesario no ya para frenar los contagios, sino para que quede en el ánimo social que se hizo hasta lo imposible por intentarlo.

En los últimos días autoridades de todos los colores y de todos los niveles se apresuran unos y otros a mostrar radicalidad en las medidas que se toman para disminuir los contagios del nuevo Coronavirus.

Unos cierran calles, plazas y jardines, otros limitan la movilidad, y algunos más hacen pequeños intentos de toques de queda.

La respuesta popular es variopinta: unos pocos reparan en la ilegalidad, otros tantos lo consideran prudente pero inoportuno, unos más las aplauden sin reservas, y otro sector, quizá mayoritario, desconfía de su efectividad y oportunidad, pero les conceden el beneficio de la duda asumiendo que hacer eso, es mejor que nada.

Probablemente estos últimos tengan razón, siempre y cuando el costo social y económico de su implementación lo valgan.

Las autoridades en la materia son conscientes de que todo tiene un costo, y que se debe ponderar con ciencia y con verdad si la efectividad de cada medida vale sus consecuencias.

Hoy podemos entender mejor que nunca el valor de determinar la Jornada Nacional de Sana Distancia oportunamente, y no con la anticipación que se les exigia, pues pese a que llevamos dos semanas menos de las que tendríamos de haber hecho caso a los acelerados, el hartazgo en ciertos sectores empieza a sentirse.

Esto ocurre no solo aquí, sino en otros países del mundo como Estados Unidos, Alemania o Canadá, dónde de forma minoritaria ya se dan congregaciones públicas en exigencia del fin del aislamiento.

En México, cuando apenas empieza a subir el número de contagios eso sería suicida, por ello es necesario apretar pero sin que la disciplina se reviente.

Por otro lado, en el ánimo de tomar medidas efectistas, se están dejando de lado las efectivas, las que nos han dicho los especialistas reiteradamente que de verdad frenan los contagios.
Se cierran los espacios públicos como si en ellos anduviera el virus, pero no se explica con suficiente claridad que igual o mayor riesgo se corre si se visita familiares o amigos, si llevamos a los niños con los abuelos, o si no respetamos la distancia con quienes están en la tercera edad.

Se exige cada vez con más frecuencia el uso de cubrebocas pese a que día con día nos dicen que su efectividad es discutible, sobre todo en una población que no sabe usarlos. Lo mismo sucede con los guantes y en menor medida con las caretas.

En contraste, casa vez se habla menos del lavado de manos y de la necesidad de limpiar superficies.

El efecto de todo esto oarece ser el de suponer que son los extraños los que pueden contagiarnos, los que no conocemos, los que topamos en las calles, en los camiones, en los supermercados, y al mismo tiempo subestimar el riesgo de nuestros cercanos, los que conocemos, a los que abrazamos, con los que compartimos vasos, los que tocan objetos que no desinfectamos.

Se trata por supuesto de mantener el equilibrio. No se debe asumir como campo minado hasta la propia casa pero tampoco tiene sentido asumir así el exterior.

En realidad de lo que se trata es de ocuparse sin preocuparse, en la medida de lo posible, al menos.

En ello juega papel fundamental la información, y en este mundo donde en cada celular hay un megáfono, se vuelve obligado que ésta venga de fuentes serias y confiables. Las autoridades están obligadas hoy a serlo, y a no dejarse arrastrar por el pánico como los simples mortales tendrían derecho a hacerlo. ■

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