La experiencia lectora

La experiencia lectora

Esta semana, próxima a terminar, ha sido bastante oscura para el mundo de las letras, debido a las muertes recientes de Rubem Fonseca y Luis Sepulveda, el primero por un ataque al corazón y el segundo por COVID-19 (siendo el primer paciente con este virus en Asturias). En ambos casos, su reconocimiento se debió por partida doble, la creación literaria (en su sentido más amplio) y el guion cinematográfico: el primero escribió O homem do ano (2003), Stelinha (1990) y A extorsão (1975), las cuales ilustran sus intereses literarios, la violencia y la sexualidad; el segundo Nowhere (2000), Corazón verde (2003) y Tierra del Fuego (2000), así como algunas de sus narraciones han sido adaptadas al cine.

Estas obras evidencian, punto a reflexionar en esta ocasión que parece una obviedad para muchos, la importancia de la literatura para el cine, cruzando de manera breve al teatro. Debido a su amplitud, tanto en el proceso creativo como la lectura académica, me concentro en la experiencia. Por supuesto, ésta es amplia: se puede hablar sobre la experiencia desde el ámbito del creador “literario” (guionista), el director, el productor, el elenco e incluso de los técnicos, así como del mismo proceso de producción. Cada uno de ellos, ciertamente, evidencia puntos interesantes: desde los costos para realizar los distintos proyectos como la creación. En esta ocasión, me referiré, a partir de reflexiones, sobre la experiencia lectora de la obra cinematográfica, claro no parto desde la academia.

Es innegable que el teatro ha sido, si no la única sí la evidente, fuente del guion cinematográfico, claro con la debida distinción entre el técnico y el literario, aunque guarden cierta distancia: ambos tienen su propio lenguaje y su propia manera de hacer. No obstante, en ambos casos, el guion es una guía para la ejecución de la obra, aunque en cada una de ellas hay procesos distintos de producción y el producto es distinto. El Museo de Cultura Pop (MoPOP) en Seattle exhiben, entre otras maravillas cinematográficas, literarias y musicales, el guion de El laberinto del fauno, con las anotaciones y cambios, realizados durante la producción de la película, de Guillermo del Toro. De acuerdo con la información mostrada por el museo, el film es distinta en muchos sentidos al guion.

Al ser invitado a un proyecto literario, LugarPoema, he podido leer diferentes propuestas literarias y pude conectarme de manera directa con la escritura de guiones teatrales, comúnmente llamados libretos.

El teatro una expresión inestable, en su sentido de ausencia de movimiento, pues cada representación es diferente y la experiencia como auditorio varía y la distinción, en cierto modo, depende del o los actores en escena. El segundo es estable, debido a que su fin es ofrecer un producto grabado, y ofrece una sola representación, relacionada tanto con la narrativa visual como los aspectos técnicos, aunque es posible tener experiencias diversas y, como en todo, depende de las relaciones entre la obra y el auditorio. Si bien la cercanía entre uno y otro no es negable, por tanto, el cine y el teatro ofrecen experiencias distintas y éstas son consecuencias de las relaciones establecidas entre el producto y el lector, aunque también depende de cómo uno sea recibido por el otro. En cualquier caso, lo anterior es una obviedad: el lector o auditorio recibe el producto, a partir de las relaciones que establezca con la obra. Por ejemplo, el cine de Marvel pocas veces me entusiasma, por no decir que cada película es infumable, puesto que hay toda una maquinaria de producción y el producto obedece a una fórmula, desde los momentos melodramáticos hasta los alivio cómicos, cuyos chistes son tan bobos como Disney lo permite. Con esto, no niego la existencia de películas buenas y atractivas, fenómenos raros, sino que no me interesa ver la misma fórmula aplicada en distintas filmes, me resulta engañoso y poco asertivo y carente de creatividad. Por el contrario, me entusiasma más las películas animadas de DC, pues se arriesgan más, aprovechan cada elemento de la animación, para ofrecer piezas con mayor madurez y uno de ellos, solo para ilustrar, es Batman: La broma mortal (Dir. Sam Liu, 2016), aunque ha recibido críticas negativas por la interpretación que se hace de Batgirl.

Claro, en estos casos, el interés depende de mi gusto, siendo éste un elemento relevante para recibir la obra: tómese la siguiente anécdota: en el 2000, se presentó Todos eran mis hijos (Arthur Miller, 1947) y no pude evitar fijarme que varios espectadores, entre ellos figuras políticas, dormían en sus asientos. En su momento, la obra, de acuerdo con varias notas periodísticas de la época, informaban que tuvo una gran aceptación, claro detrás de ella había un montaje y un elenco espectaculares. Al leer el libreto, otro tipo de experiencia se activó: no era un ejercicio nmemotécnico, sino una construida a partir de la imaginación lectora. ■

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