Sol

Sol
Eduardo Kingman. Abrazo. 1981.

La Gualdra 426 / Río de palabras

 

 

Apenas salí, la luz del sol me encandiló. Sentí, además, náuseas, vértigo y ardor en la piel. Me volví, entré a casa y miré por la ventana. Habían pasado 120 días desde la última vez que nos habían permitido salir a la calle. Todos deseábamos caminar sobre las aceras y escuchar los cláxones del tráfico. Yo extrañaba el transporte público, la mugre, la impertinencia de la gente; añoraba la prisa y el estrés. Tenía pensado que en cuanto pudiera salir, me dirigiría a casa de mi exmujer y le pediría disculpas por todo lo imbécil que me porté cuando estuvimos juntos. Mientras estuve encerrado, no hice otra cosa que imaginarme en el futuro. No volvería a quedarme en casa más de un día; no iba a trabajar en una oficina o fábrica; de ser posible me volvería un sintecho. Las paredes no eran para mí, las jaulas no iban con mi deseo de libertad. Pero ahora simplemente no soportaba el sol, el viento, la humedad de la intemperie. Quise saber si alguien más tenía esa sensación, esa alergia. Pregunté por chats, redes sociales, mensajería instantánea: todo mundo estaba impedido para volver a la realidad, nadie podía abandonar su celda casera. Pensé que el sistema nos había vencido y convencido sin usar un solo disparo. Teníamos miedo, tuvimos miedo y eso había sido suficiente. Me pasé así toda la tarde hasta que anocheció, pensando en lo inocentes que nos habíamos comportado. Me asomé un poco para mirar la luna, puse un pie fuera de casa y me percaté de que podía hacerlo. Y en ese momento una idea cruzó mi cabeza. Me dirigí a la puerta del vecino, toqué. Este se asomó por la ventana, sorprendido. Me dijo a través del cristal que no podía salir, que lo intentó y que casi se quema. Le dije que lo sabía, que yo estaba en una situación similar, pero que al parecer la noche nos permitía deambular por la calle. Antes de que me entendiera y abriera la puerta, me tenté la dentadura, intenté sentir mi nueva naturaleza, pensé que existía la posibilidad de que no fuera el único transformado. Finalmente cuando el vato se salió, lo abracé, necesitaba tanto el contacto humano, y lo mordí. No sé cómo supe succionar hasta dejarlo seco. Tampoco supe cómo supe que me había convertido. Tenía sed, así que me dirigí a la siguiente casa.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_426

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