La espiral del miedo

La espiral del miedo

Probablemente no haya nada en el mundo que mate más de lo que mata el miedo. Es esto lo que provoca estampidas en peregrinaciones multitudinarias, lo que hace al policía disparar al civil que se mueve fuera de su control y autoridad, lo que motiva a la gente a armarse, lo que convence a sacrificar libertad y privacidad.

En la emergencia sanitaria que enfrentamos, ese miedo ha sacado lo mejor de nosotros, pero también en muchos sentidos lo peor:

En Juchipila un grupo de ciudadanos cerró los caminos para evitar el ingreso de personas provenientes de su vecino Jalisco, una de las entidades con más casos de Covid-19.

Al anuncio de la suspensión de vuelos de Aeroméxico a Zacatecas (probablemente por razones económicas), la gente respondió congratulándose y pidió que también se cancelen las corridas de autobuses de pasajeros en especial las que van a Estados Unidos.

Vivir cerca de un hospital era un privilegio o una comodidad, pero hoy es motivo para tener miedo. En el estado de Morelos un grupo de vecinos se manifestó amenazando con prenderle fuego a un hospital si en éste se recibía a pacientes con covid-19.

El miedo se hace odio, cuando además se le puede poner nombre y apellido. El paciente diagnosticado con covid-19 en el municipio de Sombrerete tuvo que salir de ese lugar por el rechazo que encontró en la comunidad que lo rodeaba.

Esto no es novedad, le pasa a casi cualquiera que padezca una enfermedad contagiosa: a quien tiene hepatitis, VIH, y en otros tiempos lepra, o la peste.

Lo curiosos es que no se queda allí. El miedo alcanza hasta a quienes combaten la enfermedad. Todos los días a las 8, los españoles salen a los balcones a dedicarle un minuto de aplausos a su personal de salud, mientras que en México se les ataca.

A diario se reportan historias de enfermeras rociadas con cloro en la calle, otras a las que se les impidió usar el transporte público, una a quien unos niños aventaron café caliente, y otras a quienes se les niega un servicio, por el temor a su cercanía.

Es la mezcla de la ignorancia y el miedo de la que a veces no se libran ni siquiera ellos, el personal médico que se niega a atender a los pacientes, que exige pruebas cuando no hay razones para hacerla, o que exige equipo protector que no corresponde a su trabajo según los indicados por la Organización Mundial de la salud.

Al natural y comprensible miedo y a la ignorancia que bien sabe alimentarlo, se suma también el interés político y el económico y genera más miedo.

Uno y otro gobernante adelanta medidas y exagera la “mano dura” para poder decir que hizo todo cuanto estaba en sus manos, aunque en ello se vayan la disciplina social, y los recursos económicos que luego se requerirán para esto que nos han avisado será una larga pandemia.

Corren a comprar todo traje nuevo que le ofrezcan al emperador. Cubrebocas, medicamentos, equipo de protección, pruebas, todo lo que digan que ha funcionado en otros países, todo lo que pueda dar sensación de estar haciéndose hasta lo imposible por mantenernos vivos.

El miedo todo lo empeora. En Ecuador, por miedo a que sus muertos contagien a los vivos, abandonan los cuerpos en las calles generando que el problema sanitario se complique.

Los que temen que los productos básicos se acaben, llenan las tiendas, obligan a la cercanía, compran con pánico, por el temor a las compras de pánico, y autocumplen su profecía: todo se agota, todo escasea.

El miedo hace esperar lo peor, y ahoga en pesimismo hasta a los datos científicos. Nunca hay suficientes contagios para el que teme, siempre hubo más muertos de los que le dijeron, no alcanzarán las camas o los ventiladores no importa cuántos se habiliten; nunca será suficiente el equipo, los médicos, los científicos, los protocolos.

El miedo no descansa hasta tener la razón, si el migrante no contagió sigue buscando, si el extranjero no dañó sigue buscando, si no hay médico contagiado, sigue buscando. Si no encuentra, le están mintiendo.

El miedo quema brujas, olvida causas y busca culpables; si lo dejamos lleva hasta el “sálvese quien pueda” y como casi nadie puede, entonces gana.
Se cumple la profecía y nuestros temores se hacen realidad.

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