Ema, de Pablo Larraín: un incendiario baile de liberación

Ema, de Pablo Larraín: un incendiario baile de liberación
Cartel de Ema, de Pablo Larraín.

La Gualdra 425 / Cine

 

Ema (Mariana Di Girolamo) es una mujer que vive con un constante sentimiento de culpa por haber abandonado a su hijo adoptivo, Polo, después de que este fuera protagonista en una trágica situación de piromanía que terminó de la peor manera. Ella vive el día a día con un resentimiento hacia sí misma y hacia Gastón (Gael García Bernal), su esposo, quien también es el director de la compañía de baile a la que Ema pertenece. Viviendo en una creciente amargura por su situación actual, y víctima de una obsesión por la vida que tuvo con Polo, Ema se va debatiendo entre una existencia cada vez más irreverente en contraparte a la imagen de su pequeño hijo, siempre presente en su cabeza y que se convierte en el principal motor de sus acciones. En medio de todo, Ema es absorbida por la energía de su ciudad, donde los márgenes sociales marcados en el puerto de Valparaíso desaparecen a través de bailes callejeros de reguetón, cuya carga sexual desinhibida atrapa a Ema y a sus compañeras de baile.

De enorme relevancia, Ema (2019) es una fábula que nace a partir de la curiosidad de su director, el chileno Pablo Larraín (No, Jackie, El Club), por retratar a una generación de cambio y que, poco a poco, se ha ido adueñando del mundo. Sin apropiaciones ni correcciones, Larraín encara al género del reguetón como una reafirmación del deseo femenino y la piromanía como una forma de arte performativo, ambos representados dentro de un incendiario baile de liberación. Estos ideales son encarnados en la homónima protagonista del filme, una cautivadora heroína interpretada con gran intensidad por Mariana Di Girolamo, cuya naturaleza anárquica y combativa es sumada a una emotividad y a un deseo maternal desmedido.

Al ritmo que dicta la música y que sigue su cuerpo, Ema va redefiniendo las reglas del mundo que la rodea haciendo uso de dinámicas de poder con una alta carga sexual, y que son alimentadas por la potencia visceral del fuego que ella misma provocó en un inicio. Larraín utiliza el drama íntimo de Ema como una alegoría indirecta pero jamás distorsionada sobre las contradicciones de una estructura social engañosa, que continúa haciendo a un lado a las minorías, tanto políticas como sexuales y étnicas, y que mira con desdén el talento de cualquier producción artística proveniente de esos lugares.

En un Chile contemporáneo no tan reprimido, pero aún con el recuerdo de su pasado oscuro, el director confecciona enérgicas coreografías de baile, cuyas composiciones corren a cargo de Nicolas Jaar. Estos bailes son filmados con gran dinamismo al estilo de un videoclip para representar un contexto subterráneo donde sus habitantes buscan salir a flote haciendo uso de su cuerpo como principal herramienta. Dichas expresiones artísticas son utilizadas por su protagonista para extinguir ideas convencionales sobre la vida en pareja, la familia tradicional, así como sobre ser madre. Al mismo tiempo que avanza y detrás de sí el viejo sistema se va destruyendo, Ema también hace uso de dicho cambio no solo como una vía de liberación, también como un método para aprender a aceptarse.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_425

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