Un pequeño virus

Un pequeño virus

La Gualdra 417 / Río de palabras

 

 

El virus era terrible, bueno no, no tanto. Lo que sucedía es que era desconocido pero no por ser un virus recién inventado sino que había estado dormido millones de siglos. Una mañana despertó, se espabiló. Salió al mundo. Un mundo que era diferentísimo a como lo recordaba. Este planeta nuevo ya no era ni tan caliente ni tan frío, la temperatura era placentera, amena, casi tierna. Oteó y vio árboles de un tamaño ridículo y animales que parecían de juguete. Se extrañó de no ser saludado por ningún saurio, pero tuvo paciencia; una paciencia que al cabo de un par de días desechó. Se dijo para sí mismo “estoy aburrido”. Parece que al virus le gustaba el jolgorio, la peligrosidad, las catástrofes; la realidad le parecía tan perfecta que no encontraba dónde encajar; incluso pensó que hubiera sido mejor permanecer dormido, inanimado, alejado del presente. No le atraía ni la flora ni la fauna ni el agua ni las piedras, pensó que tendría que lidiar con el hastío de saberse inútil. Se le ocurrió darle una vuelta al planeta, solo una, para comprobar que esa era una Tierra que ya no le interesaba. Podría luego subirse a un cometa, un meteoro, conocer otros astros. Pronto se había percatado que el mejor vehículo era aquel simio pelón que acostumbraba disfrazarse de cualquier cosa y vivir pegado a un aparato de comunicación pequeño que lo hacía reír y llorar. Pasó uno de esos monos cerca del virus y este se le trepó. Inevitablemente se comenzó a multiplicar, cosa que le pareció desagradable y que no había calculado. Le parecía desagradable porque si convivir consigo mismo le parecía insoportable, convivir con cientos, miles o millones de sí mismo, era una condena. Sin embargo, a las pocas horas se dio cuenta que podía pasar de un individuo a otro con facilidad y que podía transformarse indefinidamente. Pero lo que más le llamó la atención fue que los simios estaban aterrados con la idea de transportar un virus; un virus que por una parte desconocían y que por otra, consideraban mortal. Estuvo analizando la idea tres o cuatro horas hasta que la entendió: tenía el poder de acabar con el simio pelón y reconfigurar la vida en el planeta. Decidió que sí, que si la Tierra no era como la recordaba y añoraba, esta vez iba a ser él el factor de cambio; construiría una nueva sociedad a su antojo y expulsaría a ese bípedo sin plumas que se creía dios (con minúscula como se debe escribir siempre). El virus se expandió por el lugar llamado China y pronto arribaría a USA; ahora tenía un plan y le gustaba saberse peligroso.

 

 

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