1917 de Sam Mendes: las virtudes del artificio fílmico

1917 de Sam Mendes: las virtudes del artificio fílmico
1917, de Sam Mendes.

La Gualdra 417 / Cine

 

 

Corre el año de 1917 en el norte de Francia, cuando los soldados británicos Blake (Dean Charles Chapman) y Schofield (George MacKay) son llamados al campamento del general Erinmore (Colin Firth). El militar les informa a los dos cabos de primera clase que hay una trampa alemana para emboscar a un batallón de 1,600 hombres, entre los cuales se encuentra el hermano de Blake, y no hay ninguna manera de advertirles de la muerte inminente que les aguarda. Las órdenes de ambos soldados son salir del frente británico y viajar hacia tierra de nadie para entregar el mensaje de advertencia en menos de un día. Así pues, entre trincheras miserables, túneles llenos de explosivos y ciudades destruidas, Blake y Schofield emprenden una misión donde el peligro y la presencia de las tropas enemigas se encuentra en cada lugar por el que caminan.

Después de haber hurgado en la condición humana en cintas como American Beauty (1999) y Road to Perdition (2002), así como renovar la mitología del Agente 007 en Skyfall (2012) y Spectre (2015), en su más reciente filme el director británico Sam Mendes cambia por completo de género y confecciona una épica de guerra repleta de adrenalina y de una tensión insostenible que se mantiene desde que la película inicia y hasta que los créditos corren. De una concentración y maestría técnica notable, 1917 (2019) sigue, paso por paso, la odisea de dos soldados británicos que cruzan parajes desolados y terrenos peligrosos durante la Primera Guerra Mundial.

Montada como si fuera una sola toma larga sin cortes en tiempo real, el principal objetivo de la cinta es provocar en el espectador un sentido de inmersión constante que emule a la realidad, mientras seguimos a ambos personajes en su travesía, la cual sirve como excusa para hacer uso de elegantes tomas y hábiles juegos de cámara que nos hacen adentrarnos en la carrera contra el tiempo y el conflicto interno de ambos soldados. El verdadero protagonista del filme es Roger Deakins quien, con un titánico trabajo de fotografía, juega con la luz natural en exteriores, así como con las siluetas, las sombras y las luces, y termina por crear un evento visual hipnótico y onírico, que junto con la música de Thomas Newman, nos otorga momentos impactantes como aquel en el que, en medio de una ciudad francesa derruida, uno de los soldados huye de los enemigos entre la penumbra, los tiros y las luces de bengala que iluminan su camino.

Aunque limitada en el desarrollo argumental y de personajes, es claro que otro de los puntos focales de la película es representar los horrores de la guerra de primera mano de sus protagonistas. En lugar de hacer una reflexión condenatoria, el discurso antibélico está escondido en la escenografía, en los incontables cadáveres podridos que los dos soldados encuentran en su camino y que ya se han integrado al paisaje, así como en el hastío que las tropas británicas viven entre trincheras, cuarteles y que con el correr de los días les ha hecho perder la noción del tiempo y de lo que los rodea. En medio de las trincheras lodosas, el desgaste y la claustrofobia de una guerra que no tuvo nada de glorioso, el director señala el sinsentido de esta, así como de cualquier otro conflicto bélico. Entregándose por completo a los trucos del artificio fílmico, Mendes comprende las reglas del cine a gran escala y deslumbra con una película hecha para verse en la pantalla más grande que se encuentre, y con una historia donde todo acto de odio irracional tiene que ser erradicado con una enorme valentía como primer y último recurso.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_417

 

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