Caminamos sobre metáforas que dicen lo que somos: ¡Viva la poesía!

Caminamos sobre metáforas que dicen lo que somos: ¡Viva la poesía!

El acto poético es mirar con palabras las experiencias fundantes de la vida. El mundo de los valores o lo que estimamos importante para orientar nuestros actos, la idea que tenemos de la naturaleza, los fines de la civilización, la forma del cuerpo que queremos, los sentimientos y emociones con las cuales aprehendemos el mundo, todo eso junto lo afrontamos y expresamos con un lenguaje originario: las metáforas esenciales. Antes que los conceptos, están las metáforas. La metáfora es la raíz de todo el pensamiento. Y eso justamente se hace en la poesía. Si decimos que la verdad “es una roca” que funda nuestras búsquedas, entonces concebimos esas verdades como fijas e inmutables, como es la forma de ser de las rocas. La cosa cambia si afirmamos a la verdad “como una raíz”, que es profunda pero no es fija ni inmutable. Así, los conceptos que usamos en la ciencia provienen de la metáfora, de un acto poético originario.

Hacer poesía, por ello, significa pensar de forma radical: cavilar en las raíces. Un poeta es como un artesano de metáforas que originan sentido. Es una actividad esencialmente contemplativa pero vital. Es una contemplación activa, porque no sólo capta, sino produce sentido. Todas las culturas hacen poesía. No hay pueblo sin poesía, porque si lo hubiera fuera un pueblo sin cultura. Algo imposible. Un indicador de la decadencia de una civilización es el abandono de la poesía. Los textos sagrados son, al mismo tiempo poéticos, y esto no es casual. La experiencia de lo sagrado no puede ser expresada en conceptos a la manera de las ciencias, sino a través de las formas más paradójicas del lenguaje. Es la forma de hablar de lo que está más allá del lenguaje. Es lo que nos hace chamanes y místicos y suicidas y monstruos: humanos.

El cultivo de la poesía es una manera de forjar la libertad. De construirnos en la novedad de los nuevos sentidos que creamos. Por ello, somos quimeras y dioses: nos creamos y resultamos ángeles y bestias al mismo tiempo. Somos dioses muy particulares, bastante torpes y estúpidos. Pero dioses. Esto ocurre porque (todos) somos poetas de sí mismos. La mejor manera de crearnos de buena manera es asomarnos a los actos poéticos de aquellos que logran comunicarlo, ponerlo en palabras. Y vernos ahí. Resonar con ellos. La creación de sí se hace resonando con los otros. Leer poesía es un acto de resonancia. No es casual que toda poesía tiene música, ritmo y vibración. La poesía debe leerse en voz alta, para sacar las vibraciones de los sentidos ahí contenidos. La escucha poética nos lleva a los mundos que habitan nuestro mundo: a los materiales de lo que somos. Nunca debemos prescindir de la poesía, sería un suicidio cultural. La poesía es (re)fundar (continuamente) la vida. Caminamos sobre metáforas.

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