La fealdad

La fealdad

Un libro que hubiera sido uno de los favoritos de Rockdrigo González. Se los aseguro. Los que conocen una canción en especial de él no me van a dejar mentir. Y, bueno, es que precisamente Rockdrigo González no era el paradigma de la belleza, pero sí podría representar el inevitable y poético encanto de la fealdad.

De entrada un libro escrito especialmente para los feos. Si usted se considera bello mejor no se acerque. Y si lo hace que sea para regalárselo a quien desde su perspectiva y cultura de belleza (esa que le imponen los estereotipos culturales y sociales) considere feo. Eso: la mera y corriente fealdad. ¿Está usted de pie frente al espejo?

Pero hay mucho más tras la fealdad. No nos quedemos en un nivel tan básico. Y es lo que este libro de la editorial Turner nos presenta. Ejemplos de hombres y mujeres que en su momento tuvieron la especial característica de ser los más feos de la época porque la misma sociedad se encargo de que tuvieran la especial característica de ser los más feos de la época. Así en buena parte del siglo XIX.

Hasta dónde la sociedad es participe de la creación de auténticos fenómenos y hasta dónde la fealdad ha sido considerada como un espectáculo a través de la historia. Circos, ¿recuerdan? De esos donde se exhibía a la mujer barbuda. Por eso también surgen los monstruos. Las deformidades. Los rostros que de manera recurrente se nos han presentado para simbolizar a la fealdad porque, contrario a la belleza, la fealdad sí se vale de símbolos. En verdad no tienen idea de la cultura de la fealdad. Y es lo que nos presenta en esta interesante historia cultural de la fealdad Gretchen E. Henderson, profesora de literatura inglesa.

Seguro ustedes no necesitan más que el título para adquirirlo. Veamos: “Fealdad. Una historia cultural” (Turner 2018). Hay que aceptar que con algunos títulos nos gana el morbo y la curiosidad. ¿A qué se refiere cuando Gretchen habla de la fealdad?, ¿será cierto que la fealdad en cuanto a concepto que se ha asociado con patrones estéticos no es sino un espejo de la sociedad que se da a la tarea de crear esos mismos patrones estéticos? Pero vamos un poco más allá: ¿realmente somos conscientes cuando señalamos y rechazamos lo que nos parece feo? Pero lleguemos un poquito más allá, casi a punto de caernos: ¿ustedes son de los que creen que no están incluidos en el coro de la canción “Que se mueran los feos” porque dentro de sus parámetros culturales y populares se sienten tan galanes como el mismísimo Mauricio Garcés, quien viene muy al caso como una representación simbólica del lado opuesto a la fealdad?

La fealdad, parece asegurarnos Henderson, no es de quien la trabaja sino de quien la representa frente al otro. Somos capaces de asegurar que alguien es feo porque poseemos un punto de comparación. Y aquí es donde entran los procesos culturales que Henderson bien señala y desarrolla con ejemplos en este libro. Todos los valores se incluyen en la fealdad: la raza (porque no es lo mismo ser güerito de ojo coqueto, que moreno pariente de Cuauhtémoc de ojito medio chueco), la clase (porque no es lo mismo un “feíto” de Iztapalapa, de Zacatecas, que un “feíto” de la Roma o la Condesa), etc.

Me divierto un poco, lo sé. Intento restarle toda la seriedad al tema porque tal y como nos la presenta Henderson comprobaremos que la fealdad es un asunto más serio que reírnos de alguien porque es chistosito (y asegurar con voz bajita lo feo que es).

Turner nos tiene acostumbrados a libros así. No son libros especializados, pero los autores los desarrollan como tal, con la única diferencia de que nos hacen más digerible la información que se nos proporciona que los libros especializados. Este es uno de ellos. Puede que se llegue a su lectura por morbo, pero una vez que se concluya con la lectura de “Fealdad. Una historia cultural” se sorprenderán de los tantos ejemplos donde la fealdad se ha hecho presente.

Pero también hay un polo opuesto: se trata de los saltos o maromas culturales que algunos fenómenos en torno a la fealdad han conseguido pasar al otro lado para dejar de ser considerados feos. Pongo dos ejemplos que el autor señala: el rock and roll y la pintura impresionista. Pongo uno más que a mí se me viene a la mente ahora mismo: 1913, Stravinski, estreno de “La consagración de la primavera”. Aciertan: muchos entre el público que asiste al estreno dice que aquello no es consagración ni primavera, sino que es lo más horroroso y feo que han escuchado. Luego se defienden de los golpes entre el público. Para la segunda parte incluso es necesaria la intervención de la policía. Stravinski asegura su intención: “mandar todo al demonio” (seguro que hay mano negra de un traductor para no poner la palabra que cualquiera pondría en lugar de “demonio”). Y hablamos de una pieza que en su momento muchos consideraron “fea” y que revolucionó la historia de la música clásica. Fin del ejemplo. Fin de este texto. Nos vemos la semana que viene, mientras tanto sean tan feos como su espejo se los permita.

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