Una lectura de la furia en la marcha feminista

Una lectura de la furia en la marcha feminista

Cuando vi a las feministas golpeando la estación del tren ligero y pintando al ángel de la independencia pensé en Lucrecio, y pregunté: ¿qué están golpeando, que intentan destruir y qué (realmente) están haciendo al Ángel? Alguien podía responder: ‘pues destruyen la infraestructura urbana y pintan una obra civil’. Y pues no. Pongamos un ejemplo para luego regresar al caso de observación. Un joven compra un Ferrari rojo, y la pregunta es, ¿qué ha comprado? Una respuesta es ‘un carro’; y pues no: el vehículo como objeto utilitario de transporte es incidental, lo que realmente está comprando es ‘estatus’. Está haciendo una compra para atraer la mirada del otro con cierta intencionalidad. La cosa ‘carro’ se convierte en el objeto ‘estatus’. En el caso de la manifestación feminista hay rabia y múltiples expresiones de ira. Son presas de la manía furiosa, de eso no hay duda; la cosa es saber, ¿qué realmente están haciendo al hacer lo que hicieron?

Me parece que hay dos cosas en la acción furiosa de las jóvenes que tumbaban letreros, rompían cristales o agredían periodistas. Una es ‘el manotazo’ al ascenso de la violencia. Cuando somos agredidos, ¿no reaccionamos violentamente? La reacción violenta ante la violencia es, creo, perfectamente normal. La violencia tiene una manera de ser resuelta, y es a través de la constitución de conflictos. Pero si no se logra constituir un conflicto, donde hay partes definidas y un mediador que resuelve; y sólo hay violencia ciega, la reacción es acorde a esa circunstancia: agresión a la representación material de la sociedad a los espacios públicos de la ciudad. Y al representante político de la sociedad: el Estado. La ya muy larga impotencia del Estado para enfrentar los problemas sociales ha terminado en convertirse en impotencia generalizada. Aquí entra la segunda cosa a la que me refería arriba. Lo que ocurrió con el Ángel fue una ‘develación de nuestra realidad’: al final de la pinta se corrió una cortina que mostró una fotografía de la realidad mexicana. En otras palabras: el Ángel pintado es la imagen de la realidad nacional. Así las cosas, la manifestación fue, entre otras cosas, un acto estético donde se nos exhibe la monstruosa situación del país. Es la foto de lo que somos: un asco. Las chicas realizaron el mural estridente del rostro de una sociedad en descomposición. Las jóvenes que gritaban en la calle pintaban en ‘el cuadro expresionista del ángel’ la absurda (y colérica) circunstancia en la que nos encontramos. Es el grito de Munch compuesto por un colectivo político sobre un edificio que representa la imagen nacional.

La ansiedad y desesperación, ¿deben ser parte de la manifestación política? Creo que sí. En México hay silencio a las manifestaciones silenciosas. A los indígenas se les tomó (temporalmente) en cuenta hasta que reventaron y se levantaron en armas. Y así vimos con horror los cadáveres del mercado de Ocosingo. Y se levantaron las voces a favor de la paz, pero se repetía hasta el cansancio en las marchas ‘con justicia y dignidad’. Esto es, la paz no consiste en callar o condenar a las mujeres hartas de un Estado impotente y una sociedad hipócrita, sino en emprender movimientos sociales desde el Estado que logren revertir la circunstancia. En otras palabras, la basura no desaparece si se esconde debajo de la alfombra. Resolvamos la descomposición social que está generando este ascenso de violencia. Pero las instituciones están en la inercia y conducidas por burocracias idiotizadas que no pueden actuar porque ‘no está en el reglamento’. La situación es extraordinaria y amerita esfuerzos extraordinarios. Es tal el problema que hay autores que hablan de ‘un proceso des-civilizatorio’. Preguntemos, ¿fue importante esa marcha llena de agresión a la ciudad? Pues (desgraciadamente) sí. Y para afirmar su importancia hagamos un ejercicio de observación mediático. Las marchas pacíficas anteriores no irradiaban más un día de prensa, y ahora el volumen de atención que hubo al caso, aun cuando mucho fue para condenarlo, ha puesto a debatir en los medios el problema de la violencia que reciben las mujeres. Y este efecto políticamente positivo de la marcha, es objeto de preocupación, porque indica que sólo las reacciones agresivas mueven a las instituciones del Estado. Pero también nos hace caer en la cuenta que la solución es extremadamente difícil. Para empezar, no depende únicamente de la voluntad o capacidad de los gobernantes, el problema los rebasa por mucho. Por ello, cuando prometen que solucionarán este tipo de problemas (si votamos por ellos) no son más que estertores demagógicos. La realidad es más oscura. No hay El Sujeto que cambie las cosas y solucione los problemas públicos. Hay una multiplicidad de actores que pueden ser enlazados o articulados en acciones conjuntas que pueden modificar algunos aspectos a mediano plazo. Pienso en lo que algunos autores llaman ‘Cadenas Equivalenciales’ de poder ciudadano, más allá de programas de gobierno y aun de políticas públicas. En suma, la cosa es que leamos con más cuidado los acontecimientos y nos ayudemos de Lucrecio para hacerlo.

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